Todd Gitlin, la prensa y las tensiones sociales: “Es peligroso romantizar un movimiento social a costa de la sobriedad y la claridad”

Crédito: Mario Téllez.

Invitado por la Escuela de Periodismo UDP y el Columbia Global Center de Santiago, el destacado intelectual estadounidense impartió conferencias en la UDP y en el CEP. Desde el activismo y “Me Too” hasta Trump y el futuro del periodismo habla en esta entrevista.


La prensa lo iluminará todo, o lo manchará todo, creará o destruirá monarquías, movilizará masas, hará revoluciones. Así discutían ciertos personajes en la cena imaginada por Honoré de Balzac en una de sus novelas -reflejando los temores de los reaccionarios y las esperanzas de los liberales- en el París de hace casi dos siglos (hacia 1840), cuando el periodismo todavía era joven. La escena la recordaba Todd Gitlin en su primer libro importante sobre medios y política, The Whole World is Watching (1980), en el que analizaba el tratamiento de la prensa sobre la “nueva izquierda” y el movimiento antibélico en los Estados Unidos.

Las tensiones sociales y su relación con los medios de comunicación ha sido uno de los mayores focos de atención de Todd Gitlin (75), sociólogo, académico, estudioso de los medios, en una fascinación que se ha traducido en una serie de libros entre los que se cuentan The Sixties (1987), Media Unlimited (2001; traducido como Enfermos de información, Paidós, 2005) y Occupy Nation (2012), en que estudiaba minuciosamente el movimiento Ocupa Wall Street.

Pero este intelectual de mente inquieta (sus títulos consideran grados en distintas universidades: matemáticas en Harvard, ciencia política en Michigan, sociología en California), también novelista y poeta, es además un veterano del activismo. Antes de publicar The Whole World is Watching ya tenía dos décadas de experiencia como activista social. Ayudó a organizar la primera manifestación nacional contra la guerra de Vietnam y las primeras protestas contra la ayuda empresarial al régimen del apartheid en Sudáfrica. “Me convertí en activista político durante mi segundo año en la universidad. Ese compromiso condujo a muchos, no a todos, mis intereses intelectuales posteriores”, señala en un hotel de Santiago, mientras bebe un agua mineral. Fue presidente de Students for a Democratic Society (SDS) entre 1963 y 1964 y director del periódico radical San Francisco Express Times (1968-69). Ha sido profesor de sociología y de periodismo en las universidades de Berkeley, Nueva York y, desde hace unos años, en la de Columbia, en la que hoy es director de su doctorado en Comunicación. Además es un habitual analista de actualidad con sus artículos en los más importantes periódicos y revistas de su país.

-¿Cómo se concilia ser un intelectual y un activista?

-Muchas preguntas, aunque no todas, que me atraen intelectualmente se derivan de mi experiencia y conocimiento político. Pero no organizo mis respuestas en torno a mis convicciones políticas. Por el contrario, es mi obligación moral ser intelectualmente honesto, aunque no esté satisfecho con mis conclusiones.

-Ha examinado desde el antibelicismo hasta el movimiento Ocupa Wall Street, pero en medio se han producido otros movimientos. ¿Le hubiera gustado examinarlos en detalle?

-Escribí un poco sobre el movimiento por los derechos civiles en The Whole World is Watching. Otros han escrito muy bien sobre cómo los medios lidiaron con los derechos civiles y cómo la cobertura de los medios afectó al movimiento. Asimismo, hay una considerable literatura sobre el movimiento gay y el movimiento de mujeres; no tanto sobre el o los movimientos ambientales y los medios. Pero he pasado a otros por proyectos en los 40 años desde que escribí The Whole World Is Watching. En particular, mi último libro sobre medios, Media Unlimited, adopta un enfoque bastante diferente a mi trabajo anterior sobre medios de comunicación.

-¿Es posible observar un movimiento social sin considerar cómo sale a la luz de los medios?

-No.

-¿Hay algún peligro en idealizar los movimientos sociales?

-Siempre es peligroso romantizar un movimiento social (o cualquier otro fenómeno social) a costa de la sobriedad y la claridad. Un analista debe mirar un movimiento en general, como una totalidad. De manera que un activista debe evitar cegarse a las fuerzas en el mundo que configuran las posibilidades de resultados diversos.

-¿Cuál es el papel de los medios masivos o convencionales en la comprensión adecuada de esos movimientos?

-Es una pregunta demasiado grande. Para abreviar, diría que el papel de los medios de comunicación ha cambiado considerablemente desde la fragmentación de las redes y el advenimiento de las redes sociales.

-¿De qué forma ha ocurrido esto?

-Incluso antes de la aparición de internet, el poder de las cadenas de televisión y de los principales diarios en los Estados Unidos estaba disminuyendo. El punto más alto en la lectoría de diarios fue en los años sesenta y desde entonces va a la baja, especialmente entre los jóvenes. Cuando llegó la televisión por cable, también el público de las principales cadenas televisivas disminuyó. Lo que se ha visto es una progresiva fragmentación. Es decir, los medios masivos ya no son masivos. En 1992, Bruce Springsteen tenía una canción titulada “57 canales (y no hay nada)”, pero hoy debe haber 570 o quizá miles de canales. Lo que tenemos es un alto grado de competencia por ganar la atención del público, a veces muy especializado (digamos, canales sobre golf o compras caseras). A veces son canales de noticias como Fox News, muy influyente en la política nacional. Como sea, ningún público es tan grande como solía ser. Esa fragmentación es un cambio importante.

-En ese sentido, ¿considera que los medios convencionales van atrasados con respecto a los movimientos sociales? Es decir, ¿reaccionan a lo que ocurre o pueden generar movimientos?

-Tenemos ejemplos. Los canales de televisión fragmentados han tenido un impacto significativo en la derecha. El así llamado Tea Party Movement (o “Partido del té”) que llegó al Congreso en 2010 se inició por el atractivo de un presentador conservador del canal CNBC que protestaba contra los impuestos. Fox News es otro ejemplo inusual, un canal de propaganda y exhortación que es una especie de iglesia: quienes lo ven se comprometen con lo que allí se dice y son capaces de actividades y demostraciones cuando una figura del canal promueve una determinada línea de argumentación o presenta alguna reclamación. Funciona como un sistema de amplificación. Es difícil, en todo caso, ver claramente o decir de dónde viene la iniciativa, si de un medio o de la sociedad: es un círculo en que se influyen mutuamente.

-¿Cómo ve los movimientos de denuncia de acoso o abuso sexual a través de las redes sociales? Ellos amplificaron movimientos como “Me Too”, con un rápido impacto.

-El hecho de que estuvieran involucradas celebridades, automáticamente “elevaba” la historia. Probablemente si hubieran sido denuncias de acoso sexual cometidos contra mujeres que trabajaban en hoteles o restaurantes en vez de actrices no habría sido noticioso; las celebridades sí lo son. El resultado es una sorprendente velocidad en su propagación. Esa aceleración no es nueva. En los sesent a, cuando un tema se imponía, podía lograr tremendos cambios con cierta rapidez y pasaba a integrar el vocabulario nacional. Ahora es tal vez más fácil a través de las redes sociales. Como sea, ciertamente estos son unos casos notables en que el movimiento social es generado en los medios, por los medios y que es inimaginable sin los medios. Retrocediendo en el tiempo hubo denuncias antes por abuso sexual en los campus universitarios y fue un tema, pero nunca se convirtió en un fenómeno masivo.

Los movimientos feministas se han tomado las calles de varias ciudades como Santiago (Crédito: AgenciaUno).

-Una característica de las redes sociales y las nuevas tecnologías es la simultaneidad entre los hechos y su difusión. ¿Cuáles cree que son sus limitaciones?

-El comienzo de una respuesta es doble. Por una parte, los grupos estatales y no estatales pueden usar fácilmente las redes sociales tanto para comunicar información como para despertar pasiones. De esta manera, pueden eludir las disposiciones ideológicas y profesionales de los principales medios de comunicación. Por otro lado, también pueden generar ilusiones que hacen que el juicio político racional sea más difícil.

-¿Piensa que las redes sociales permiten un impulso más democrático?

-Sí y no. Permiten a muchos grupos tomar iniciativas y hacer más complejo el paisaje público, pero no hay ninguna calificación para entrar allí. Uno puede darse cuenta de que algunos de los más venenosos, de los más destructivos, segmentos de la sociedad también pueden entrar al espacio de las redes sociales y usarlas. Se puede ver en Facebook y particularmente en Twitter.

-¿Podrán las redes sociales reemplazar a los medios tradicionales?

-Reemplazarlos, no. Creo que seguirán existiendo las cadenas nacionales de televisión y los principales diarios, pero los diarios pequeños están en serios problemas, muchos de ellos están a punto de colapsar. Muchos diarios han debido reducir su tamaño, recortar parte importante de su personal: el New York Daily News, un tabloide muy importante, el mes pasado despidió a la mitad de su plantilla. La forma de sustentarlos deberá ampliarse: suscripciones globales, propiedad por acciones, ayuda de entidades públicas o fundaciones. Los medios tradicionales seguirán, pero no tendrán el control de las noticias que antes tenían.

-Los grandes medios deben lidiar con sus dueños, sus sustentadores o agendas políticas. A veces se les acusa de representar a las élites o a los poderosos. ¿Es eso injusto?

-No es del todo injusto. Pero incluso las élites no siempre se ponen de acuerdo entre ellas, y en algunas ocasiones cambian sus puntos de vista. Así, por ejemplo, las aproximaciones de los medios a la guerra de Vietnam cambiaron notablemente entre 1964 y 1968.

-Pero alguien tan poderoso como Donald Trump parece estar en guerra con casi todos los medios…

-Los medios de Trump siguen siendo leales, más que leales, de manera más importante Fox News. Ellos distorsionan donde él distorsiona, ellos mienten donde él miente, y a veces empiezan la mentira. Pero Trump ha transgredido tantas normas que los principales medios se dieron cuenta rápidamente de que tenían que ser opositores. Y han permanecido así. Esa es una de las razones por las que él los critica como “el enemigo del pueblo estadounidense”. Trump es, por supuesto, poderoso: puede tomar decisiones de política exterior, impulsar la legislación, nombrar jueces, contratar y despedir administradores, etc. Pero en otro sentido es bastante débil: cuenta con la lealtad de alrededor del 40% de los estadounidenses, pero no más. Ese 40% es, por supuesto, desproporcionadamente influyente porque el Partido Republicano ha suprimido votos, favorecido a las fuerzas de derecha en los estados, etc.

-Considerando la importancia de internet en la atención de las personas, ¿cómo ve el futuro de los medios y el periodismo de investigación?

-El futuro del periodismo está seriamente dañado por sus problemas económicos. El reporteo investigativo es muy costoso y cada vez menos organizaciones de noticias lo intentan con firmeza. Aun así, se está publicando mucho trabajo excelente, principalmente en sitios web más pequeños, a menudo sin fines de lucro, y en libros. (En particular, recomiendo el nuevo libro de Craig Unger, por ejemplo: House of Trump, House of Putin). Se necesita invertir mucho más dinero y talento en el periodismo de investigación. El Washington Post lo ha hecho bastante bien al amparo de su dueño multimillonario, Jeff Bezos, de Amazon, pero su apoyo puede ser o no ser estable. Hay una gran necesidad de que las universidades y otras instituciones apoyen el periodismo sin fines de lucro.


Occupy Nation/ Editorial: It Books/ Páginas: 320/ Precio: US$ 11,85 en Amazon.com.

 

The Whole World is Watching/ Editorial: University of California Press / Páginas: 335/ Precio: US$ 31,45 en Amazon.com.

 

Seguir leyendo