Chicas despiertas




Los cuentos de Arelis Uribe –breves, precisos, bien escritos– hablan de jovencitas que comienzan a desenvolverse en el mundo adulto, muchachas que por lo general avanzan del colegio a la universidad y que ahí, en ese tránsito, o en esa evolución, descubren algo. Ése es el espacio biográfico de sus personajes en el que se concentra la autora, haciendo énfasis en una complejidad sentimental que, por cierto, los jovencitos de la misma edad no experimentan con similar intensidad. Las protagonistas de Quiltras narran en primera persona, conscientes de que la experiencia propia, desprovista de titubeos o de excesos narrativos, tiene un valor documental que le otorga a este libro una unidad fácilmente distinguible y, a la vez, una profundidad que a ratos llega a ser conmovedora.

Insisto: no se trata de muchachas que tengan historias grandilocuentes para contar. Pero al concentrarse en ciertos episodios de sus vidas normales, exudan honestidad, intrepidez, coraje y un sentido de la aventura que las lleva a explorar opciones sexuales, caminos osados y vericuetos sentimentales de un valor que trasciende el mero testimonio. Uribe tiene el don de enmarcar perfectamente el espacio narrativo de sus relatos, con lo que los riesgos que pudiesen representar los cabos sueltos, las frases exageradas y las palabras de más quedan alejados de su propuesta.

Las muchachas que narran Quiltras provienen de una clase media esforzada. Los paisajes primordiales del libro giran en torno a Gran Avenida y San Bernardo, aunque también hay momentos en que el lector se ve envuelto en los aires rurales de Codegua o Cholchol. La moral de vida, por así llamarla, de varias de las protagonistas, queda establecida en la siguiente frase de "Quiltras", el último cuento del volumen: "Llegó diciembre y dimos la prueba con tanta confianza como temor. Si en algo se parecían nuestras mamás era en la presión con la que nos criaron. Tú en Buin y yo en San Bernardo, crecimos separadas y sin embargo a la distancia nos quedábamos dormidas escuchando las mismas historias de terror: que si no estudiábamos la íbamos a tener igual de difícil que nuestros papás y que no ir a la universidad sería la peor deshonra para la familia".

Uribe ha apostado, ya está dicho, por una prosa que no estimula la divagación. Y el efecto no sólo es convincente, sino que al mismo tiempo alcanza cierta precisión aritmética que ante todo resulta armónica: los cuentos comienzan con frases breves y declarativas que siempre guardan relación con los desenlaces de la historia. El secreto, o si se prefiere la gracia del asunto, tiene que ver con la profundidad sentimental, con la intensidad que estas muchachas dedican a describir ciertos escarceos sexuales, algunos romances por internet, o la contemplación de un cuerpo ajeno, o la observación de la pobreza, o el padecer de algún que otro perro callejero.

Quiltras ofrece un mundo totalmente femenino y puro, simple y muy atrayente, tal vez porque no está manchado por la queja feminista ni por consignas de moda. Las chicas que narran son demasiado despiertas como para dejarse seducir por gritos de guerra que, a fin de cuentas, guardan poca relación con sus existencias individuales. En un universo narrativo sin víctimas ni victimarios, la grandeza de la femineidad, podría argüirse, tiende a brillar con mayor generosidad.

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