Chilezuela o la incertidumbre de lo político




Usualmente nos hallamos viviendo bajo configuraciones políticas estables, dentro de Estados con instituciones económicas, sociales, culturales más o menos asentadas. La estabilidad, especialmente cuando ha durado décadas, lleva a que los pueblos y dirigentes tiendan a perder la perspectiva respecto a que toda estabilidad política es una conquista. Hay una inclinación a olvidar el trasfondo de incertidumbre sobre el que se instala la certidumbre de las instituciones.

Pero ese trasfondo es insuperable; bajo la corteza institucional siempre late la indeterminación tectónica. En medio de la más estable de las institucionalidades amenaza la insuprimible eventualidad de la crisis, la posibilidad de la irrupción, desde las honduras del pueblo, de pulsiones no reconocidas adecuadamente, la emergencia del conflicto.

El conflicto es inherente a lo político. Dentro de ciertos marcos, él es condición de la vitalidad de lo político. Permite dinamizar a las instituciones; adecuar, paulatinamente, el marco jurídico-político a la pulsión popular. El conflicto, manejado, hace practicable el ir echando abajo, por la vía reformista, los constreñimientos institucionales que han devenido injustos y dañinos.

Sin embargo, el conflicto puede también desbordarse y terminar sobrepasando la institucionalidad. Emerger, incluso, como enfrentamiento violento, sea como ímpetu revolucionario o ímpetu reaccionario.

Por eso, el arte de la política está puesto ante el perenne desafío de evitar la violencia desbordada, por medio de la conducción de reformas que vayan superando los modos más dañinos de violencia institucional y dando eficaz expresión a la pulsión popular, ofreciéndole caminos de plenitud y sentido.

Dos condiciones deben, empero, cumplirse.

Por un lado, se requiere de un discurso diferenciado, abierto a la novedad de lo nuevo. Dispuesto a reconocer la singularidad del individuo, su hondura existencial, la insondable alteridad del otro. Lamentablemente, entre nosotros han venido predominando un pensamiento economicista y, ahora, un discurso asambleísta y de la deliberación pública, los cuales son, ambos, aunque por vías distintas, generalizantes, muy poco diferenciados y atentos a la singularidad del individuo y la novedad de las situaciones. Ni como individuo predominantemente económico, ni como un agente eminentemente deliberante de asamblea, se deja entender el ser humano sin ser gravemente reducido.

Por otro lado, es menester que el "artista político" mantenga plena lucidez respecto a las eventualidades entre las que opera al actuar en el campo político. Quien no repare en el carácter indeterminado de lo político, que lo político da para casi todo, Venezuela incluido, dictadura militar y populismo, paz armada y guerras civiles, abundancia y desnutrición inclusos, no debiera dedicarse a la política. Mejor que oriente sus energías a la economía, el deporte, a hacer teorías dentro de los muros de alguna academia, a la numismática, la filatelia, a tareas que ya supongan la instauración de instituciones políticas estables. Quien no asume las labores del político con clara consciencia respecto de las posibilidades que afectan la vida política y al dramático trasfondo de indeterminación sobre el que se instala, es un irresponsable.

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