Escribe y recuerda




La primera novela de la poeta valdiviana Antonia Torres aborda una historia sin complicaciones aparentes, una obra más de introspección, la de la protagonista innominada, que de expansión. La propuesta no carece de riesgos, ya que al concentrar toda la atención del lector en un solo personaje y sus circunstancias, la autora queda con poco espacio para el desliz o la falta de prolijidad. Las vocales del verano trata acerca de una mujer que regresa al paisaje de los veranos de su infancia, un balneario en la costa del sur de Chile, tras vivir varios años en Europa. Pero al momento de hacerlo es invierno y el lugar está vacío del esplendor estival de antaño. Y sólo queda escarbar en los recuerdos: "Le asombraba todo el tiempo que llevaba sin hablar. Descontando el breve diálogo que intercambiaba casi todos los días con la mujer del almacén donde compraba el pan y algunos víveres, iba a cumplir una semana sin contacto con seres humanos".

En esta novela breve y casi siempre correcta, la revelación del pasado es uno de los temas mejor logrados. Una y otra vez la protagonista regresa sobre los momentos que la definen como adulta. Su infancia, por ejemplo, está reconstruida con una precisión elocuente, que permite establecer con rapidez su posición social (clase alta) y el ambiente ideológico en el que se crió (oposición a la dictadura de Pinochet). Del mismo modo, es decir, sin alardes ni sentimentalismos, queda expuesto un hecho clave de su historial amoroso: el primer noviazgo serio y la relación que prosperó con Francisco, un tipo que tras sufrir varias "crisis psiquiátricas" terminó suicidándose.

Tres sucesos vienen a quebrar el período de quietud voluntaria que se ha impuesto la protagonista para dedicarse a la introspección y a la escritura de un texto desconocido. El primero es la irrupción de Rubén, un hombre del pueblo a quien ella conoció de muchacha: "Entonces, de pronto, recordó que él había sido algo así como un pretendiente infantil. Que cuando niños, y sin que él le dijese nada, ella se había dado cuenta que le gustaba". Ambos se convierten rápidamente en amantes. Luego ocurre un episodio de deshinibición sexual y consumo de drogas en la discoteque del lugar y, finalmente, la mujer encuentra un cadáver en la playa del que se desentiende con calculada frialdad. Este último acontecimiento puede considerarse como una distracción legítima, bien articulada, tendiente a hacer más efectiva la insospechada revelación que constituye el desenlace de la novela.

A lo largo del libro la autora intercala ciertos pasajes de orden botánico o geográfico que podrían haber sido mucho más atrayentes. Por lo general, pese a que el recurso daba para mucho más, la información entregada es aburrida: "En los últimos 13.000 años, la región sur-austral de Chile ha sufrido procesos naturales y culturales que sólo es posible entender desde una discusión inter y transdisciplinaria, en la que se reúnan los paradigmas de las ciencias naturales y de las ciencias sociales". Finalmente, en cuanto a la prosa de la poeta valdiviana, cabe explicar a qué me refería con "casi siempre correcta": Antonia Torres sabe calibrar una frase y ordenar un relato de modo convincente. Pero ello no es suficiente. La excelencia y la brillantez, a las que sin dudas ella debe aspirar, requieren de mayores esfuerzos.

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