#NiUnaMenos: la Dignidad Humana en serio




La repercusión de la campaña #NiUnaMenos ha sido impresionante desde la perspectiva de su impacto, casi equivalente a la vergüenza e indignación que experimentamos frente a los últimos episodios de violencia contra mujeres conocidos a través de la prensa y las redes sociales.

Sin embargo, la iniciativa ha tenido detractores, y gran parte de ellos con curiosos argumentos: "¡La sociedad completa está sumida en la violencia!", "¡La cantidad de hombres muertos, desempleados, víctimas de lesiones es mayor que en el caso de las mujeres!", "¿Con qué justificación se marcha solo en favor de las mujeres ya nacidas y no para defender también a los embriones de sexo femenino?", han vociferado algunos.

La demanda por una urgente protección de los derechos de las mujeres no es incompatible ni antagónica con el resguardo de los derechos de todas las víctimas de violencia. Esto vale tanto para los que reclaman el amparo de todos contra la violencia y quienes emplean irreflexivamente argumentos cuantitativos para denunciar una supuesta situación de desventaja para el género masculino.

Por otra parte, opiniones como "sólo se preocupan de las mujeres ya nacidas y nada les importa las que están por nacer", no pasan de constituir discursos grandilocuentes que confunden tramposamente otros dilemas. Y es que en la demanda de #NiUnaMenos, nadie niega la condición de persona de las mujeres, pero en el debate en torno al aborto, por ejemplo, la condición de persona del embrión es precisamente el objeto de disputa.

Con todo, creo que lo más importante dentro de este problema social está vinculado con una defensa en serio de la dignidad humana. Quienes creen en la dignidad de todas las personas, coincidirán en que nadie puede ser instrumentalizado como medio para alcanzar un fin. Mucho menos, si la utilización de la persona como medio implica, además, prácticas innegablemente vejatorias de sus derechos fundamentales con el fin de conservar una estructura de dominación.

En el cuantitativamente superior número de delitos que se cometen en contra de hombres, se desconocen sus derechos – sin duda – pero ellos no se sacrifican para ejercer o reafirmar prácticas esclavizantes.

Si nos tomamos la dignidad humana en serio, los análisis respecto de hechos que comprometen la vida, salud o integridad de las personas, no pueden ni deben ser estudiados en base a procedimientos aritméticos.

Sin duda, toda muerte debe dolernos. Pero aunque fuere sólo una, si esa muerte se produce a manos de sujetos que piensan que la mujer es un objeto, un bien de consumo, una entidad sub-humana destinada a satisfacer sus deseos, en ello hay mérito suficiente para reaccionar de manera enfática: con indignación y vergüenza. De lo contrario, nos convertiremos en cómplices pasivos de la edificación de una sociedad profundamente perversa.

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