Voces

El Nuevo Pop de Raíz

Mauricio Jürgensen

periodista

@jurgensenr


Quizás fue lo menos comentado de su comentadísimo show en Viña. Pero su emotivo dueto con David Eidelstein, más conocido como “Rulo”, el histórico bajista de Los Tetas y con quien cantó La joya del Pacífico sobre el entarimado de la Quinta Vergara, asoma como el símbolo de un estilo que Mon Laferte ha ayudado a visibilizar dentro de la música local.

La viñamarina radicada en México desde 2007 ha contado que pensó en su abuela y en los boleros y valsecitos que se escuchaban en su casa cuando era niña los que nutrieron el repertorio de Volumen 1 (2015), el disco del milagro y que gracias a canciones como Tormento, Tu falta de Querer y Amor Completo la tienen convertida en la más popular e internacional de las cantantes chilenas del momento.
Un viaje similar, aunque con menos resonancia, es el que han emprendido otros como el mismo “Rulo” en su estupendo debut solista llamado Vendaval (2016) y el sanantonino Demián Rodríguez -propietario de uno de los mejores álbumes chilenos de 2016-, además de la consagrada Ana Tijoux en su proyecto más reciente llamado Rojo y Negro y el “Macha” Asenjo al frente de su exitoso Bloque Depresivo. Todos cultores, para decirlo en simple, de algo que podríamos llamar pop de raíz.

Un cancionero de timbre latino, con sabor propio, bien anclado en esta parte del mundo, donde caben y se oyen valses peruanos, rancheras, boleros, versos “cebolla” y otros sonidos dignos del catálogo de Brasil o Cuba. Un gesto sonoro que históricamente en Chile asumieron grupos y solistas de otras escenas, como la la cantautoría, el folclor, la Nueva Canción, la trova o el Canto Nuevo. Pero que hoy empieza a sonar en voces del mundo popular, del pop y del rock, marcando quizás el comienzo de una tendencia que vale la pena observar más allá de lo formal, de lo estético, de cómo suena y por Dios que suena bien.

Esta “vuelta a la raíz”, hoy sin culpa de clase o sesgo ideológico como sucedió antes en la música chilena (sobre todo a fines de los 60), empieza a moldear una identidad propia, más genuinamente local y con más sentido de pertenencia e identificación con el gusto popular que la de movimientos recientes como el pop electrónico. Son propuestas además románticas, a veces brutalmente desencantadas, y que conectan con un público que estaba esperando que músicos contemporáneos tomaran la posta de un cancionero antes ninguneado y hoy, por lo visto, absolutamente necesario.

 

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