Un yerro que no hace sombra




Crecí viendo a una selección que, la mayoría de las veces, jugaba un fútbol mediocre, soso, cobarde. Una selección que se paraba en el campo de juego llena de vacilaciones y complejos. Tibia y tímida. Es cierto que de tarde en tarde alguno de sus jugadores se prendía y nos permitía empuñar las manos con fuerza y festejar un triunfo que de tanto haberlo deseado -porque tantas veces se nos había negado-lo celebrábamos con un fervor pocas veces visto, nunca se sabía cuánto tiempo deberíamos esperar por otro momento parecido.

Le hablo de la mayoría de las selecciones que vinieron luego de la que disputó la Copa del Mundo de Alemania 1974. Es cierto que la que llegó al Mundial de España 82 nos ilusionó a todos en las eliminatorias, pero llegada la hora de la verdad -en las canchas de la Madre Patria- fue un desastre. Y qué decir de la que llegó a la final de la Copa América en 1987, la que goleó a Brasil por 4-0, y que en la final cayó por la cuenta mínima ante Uruguay. Jugaba bien esa selección. Pero al igual que la que clasificó a España, no fue más que un espejismo en medio del desierto.

La mayoría de los equipos chilenos eran lentos, conservadores, previsibles y sicológicamente débiles. Aun así seguíamos a la Roja, confiados más en el milagro que en los medios propios. Hubo buenos jugadores, claro, pero la impronta chilena estaba más cerca del "hacemos lo que se puede" que de la convicción y la actitud ganadora. Ni hablar de lo que ocurría cuando el rival era europeo. Estábamos a años luz. Por eso cuando en agosto de 1989, la selección chilena que dirigía Orlando Aravena viajó hasta Inglaterra para enfrentar al anfitrión en Wembley, la Roja salió a evitar el bochorno: con suerte pasó la mitad de la cancha y se ocupó de mandar la pelota a la galería, de fingir lesiones y hacer tiempo a como diera lugar, en la certeza de que rescatar un empate -o una derrota por pocos goles- era la mayor victoria a la que se podía aspirar. No recuerdo lo que dijeron los diarios chilenos de ese partido, pero sí me acuerdo de un titular inglés: Vergüenza sudamericana.

Recuerdo todo esto porque tras la actuación de Chile en esta Copa Confederaciones, incluida la final perdida frente a los alemanes, sólo puedo dar las gracias a una generación que ha llevado al país a instancias que jamás pensé que podíamos llegar en lo futbolístico y que ha desplegado un fútbol vistoso y trepidante que es capaz de hacer frente a cualquier rival, jugando de igual a igual.

Ayer, tal vez Chile no jugó su mejor partido, pero el equipo dio todo lo que podía dar. Nunca renunció a su estilo de juego y dio muestras de un orgullo deportivo que es un capital de estos muchachos. Es cierto que la derrota es doblemente dolorosa por la forma en que se suscitó, pero el yerro de Marcelo Díaz es un detalle que no borra todo lo bueno que el volante le ha dado a la Selección ni tampoco la actuación que cumplió Chile en Rusia.

Es verdad que hay situaciones que Pizzi deberá analizar para corregir y optimizar el rendimiento de la Selección, pero en el balance global yo me quedo con el primer tiempo en la fase de grupos contra Alemania o la resistencia ofrecida a Portugal con esa definición por penales de antología.

Se perdió una final… Pero da gusto perderla jugando como juega Chile.

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