Ciudades resilientes para enfrentar desastres
SEÑOR DIRECTOR:
El sistema frontal que afectó esta semana entre las regiones de Atacama y La Araucanía, volvió a provocar pérdidas humanas, de viviendas, comunidades aisladas e interrupciones de servicios. Así, Chile vuelve a comprobar que los eventos climáticos extremos dejaron de ser excepcionales.
La resiliencia no comienza cuando ocurre la emergencia; se inicia antes: cuando el Estado planifica el territorio, protege la infraestructura crítica e invierte para reducir los riesgos antes de que se transformen en desastres.
Eso supone construir obras de control aluvional, defensas fluviales, sistemas de drenaje urbano, redundancia en redes eléctricas y de telecomunicaciones, además de proteger caminos, puentes y sistemas de agua potable. No son proyectos para enfrentar una emergencia específica; son infraestructura para garantizar la continuidad de la vida cotidiana y de la economía.
Instituciones como el CPI han advertido que la planificación de obras resilientes continúa fragmentada y sin una visión de largo plazo. El Banco Mundial estima que una inversión equivalente al 1% del PIB anual permitiría reducir los costos de futuros desastres.
El desafío no es solo de ingeniería y de planificación territorial. Cuando el crecimiento urbano desconoce quebradas, cauces naturales o zonas inundables, el riesgo deja de ser únicamente un fenómeno natural y pasa a convertirse en una vulnerabilidad creada por nuestras decisiones.
Por eso, la resiliencia no puede seguir tratándose como un gasto extraordinario. Debe transformarse en una política de Estado que incorpore el riesgo climático en la planificación, la evaluación de proyectos y la inversión pública.
Carlos Zeppelin
Vicepresidente
Consejo de Políticas de Infraestructura
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