Me tiré por vos

charly

El día en que Charly García se tiró de un noveno piso a una piscina y el día en que alguien se separó.



Un cuerpo huesudo cae al vacío desde un noveno piso hacia una pileta. El agua es celeste y alimentada por cloro. Es un verano de marzo del 2000 en un hotel de Mendoza, Argentina. El cuerpo que cae ahora flota y le sonríe a un grupo de periodistas que llevan micrófonos con insignias de todos los canales de televisión posibles, de aire, del país, extranjeros. Un notero asegura: "Para alegría de todos los fans, Charly está muy bien". Charly pide que le alcancen una Coca-Cola. "¿Te gusta tirarte?" Le pregunta otra periodista, temblorosa ante la impunidad del músico más maravilloso y perturbado del territorio. "Sí. Siento vacío y después agua mojada".

Quien se arroja desde una ventana es alguien que perdió el miedo y el miedo se pierde cuando hay vacío. Bien puede ser una paradoja o una forma de manifestar la tristeza. En su álbum Sinfonía para adolescentes lanzado ese mismo año, Charly García escribe: estaba muy aburrido en la Mendoza fatal, dije: ¿qué me falta ahora? Aprender a volar.

Me tiré por vos.

Me tiré por vos.

Me tiré por vos.

Fines de diciembre y comienzos de enero en Buenos Aires fueron la caricatura del vacío para mí. Me separé de una convivencia de cinco años y el silencio derrumbó la casa como una fosa en el fondo del mar. Las mañanas son la confirmación de la tristeza y las tardes son la hora anímica, la pequeña muerte de la luz. Entonces pensé en Charly García y en sus piernas bailando en el aire sin saber con seguridad acerca de un terreno seguro. Pensé mucho en esa imagen y en ese cuerpo después, tendido y tenso sobre una piscina dispuesta para él. Después de intentar morir —o vivir— Charly fue secundado hasta su habitación por ese mismo grupo de periodistas que le preguntaban todo el tiempo para confirmarse a sí mismos: ¿Estás bien? ¿Te tiraste? ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Te tiraste? ¿Lo vas a repetir? ¿Noveno piso? Y Charly responde: Say no more mientras su malla bordó le chorrea en la alfombra del hotel, porque eso es lo único concreto que pasa. Nadie sabe qué vendrá ni qué fue realmente lo que pasó. Y en una separación también es difícil saber. Es ese arrojarse, flaco y escuálido, al vacío perpetuo.

Te conocí en un bar en media noche. Veníamos hablando por las redes pero el encuentro fortuito fue ahí, rodeados de luces verdes y personas abrigadas por un frío de julio. Me acerque a saludarte y hablamos largo y tendido. Pensé que tenía algo extraño en los dientes, un hueco que no debería estar ahí. Me quedé con esa sensación. Esa noche te fuiste temprano y yo me quedé bailando con mis amigos. Tomé un poco de alcohol, era algo que en ese entonces hacía. Transitar el mareo por la bebida. Volví tarde a mi habitación chiquita en un departamento que mi madre alquilaba. No soñé, en cambio, dormí profundo. Al día siguiente amanecí con un mensaje tuyo en las redes en donde me contabas de lo lindo que fue encontrarme ahí y de las ganas que tenías de que emprendiéramos un proyecto juntos. Uno en el que me tocaba escribir acerca de un viaje a Colombia, repleto de selvas y mares abiertos para perderse ahí, en la inmensidad. Con el tiempo también me contaste que la noche que me conociste tuviste un sueño conmigo: yo era esa chica acostada en una cama de hospital, rebosante y dorada por la luz que entraba por la ventana, con una pulserita en la muñeca. Esa chica que recién había dado a luz a un bebé tuyo y también mío y era tu papá, Rodolfo, quien sostenía ese bebé y le mojaba la frente con sus lágrimas. Me pareció un sueño acertado y profundo, como de una unión de acero, una certeza que no había tenido nunca antes. Un extraño de dientes pequeños y dudosos tenía el tupé de soñar un futuro conmigo.

La primera noche que decidimos salir juntos tomamos mucha cerveza en un bar que ocupaba una esquina entera. Decidimos irnos porque queríamos seguir fumando y ya no teníamos qué. Caminamos unas cuantas cuadras hasta dar con el maxikiosco abierto las 24 horas y conseguiste un atado de más de diez. Volvimos caminando y fumando, riéndonos de una publicidad política que anunciaba la llegada de Mauricio Macri al país. La llegada absoluta, capital provincia y país. ¿Será este muñeco capaz de conquistarlo todo? Claro que lo fue.

Decidimos detenernos en la esquina de ese bar porque estábamos lo suficientemente mareados para prolongar la caminata. Éramos un chico y una chica en estado de nervios. Me apoyé contra la pared y nos besamos profundo, como esos adolescentes que necesitan un intercambio de lenguas en los bailes escolares para animar las hormonas. Nunca besé tanto tiempo a alguien en la boca. Nos metimos uno dentro del otro en esa esquina, con esa capucha y esos puchos que se apagaban, se prendían. Fuimos una sola persona si alguien nos veía de lejos. No se entendía el mamarracho. Pasamos horas así, en ese vaivén de cabezas huecas pero eróticas. Te dije: volver a mi casa y accediste. Tenias la boca paspada igual que yo. Nos miramos en el espejito de tu auto. Qué vergüenza.

Cuando llegamos a la puerta de mi casa nos dimos otra vez de lleno a los besos que veníamos deseando hacía años. Pum, pam. Golpes de lengua y de dientes, liquido propio y ajeno. Me bajé del auto y te saludé sonrojada. A la noche siguiente hablamos y dijimos de lo magnético e inevitable. Era difícil dejar de pensar en vos ahora. Ya eras un tatuaje recién hecho, de esos que hay que cuidar mucho con papel film para que no se infecten. Nos volvimos a ver para tomar algo pero otra vez queríamos estar pegados uno con el otro. En la puerta de una juguetería cerrada volvimos al vaivén de cabezas y me invitaste a pasar. Conocí el caserón inmenso en Avenida Directorio que compartías con tus dos amigos, lleno de olor a chicos que se animaron a vivir solos y pueden saltearse comidas. En la cama hicimos ruido, hicimos forma, la desnudez fue novedad brillosa. Tu espalda era como una calle para caminar durante horas y acurrada ahí, llena de tu olor y tu saliva desparramada por mis piernas, nos dimos al sueño. Dormimos profundo, soñamos uno con el otro. Sabíamos que eso sería duradero y desoímos que el día en que decidiéramos romper el lazo llegaría un diciembre caluroso en plena crisis de un país. Entre lágrimas y desprecio, con una casa compartida repleta de objetos de los dos a cuestas, con un futuro que de repente se desfiguraba como una persona después de accidente en moto. Te fuiste y apenas volvías para buscar equipos o fumar cigarrillos en la ventana. Quisimos ser velcro, pero los materiales con el tiempo se desgastan y ya no se pegan. Entonces hay que tirarlos o dejarlos olvidados en el fondo de algún cajón, o en la mesa de saldo de alguna feria americana, o regalados a algún niño o niña que sepa qué hacer al respecto de algo que tal vez ya no sirva más.

Fuimos una estatua de dos que se abrazan y nadie la rompe, también fuimos un autito gris que anda por calles y avenidas de capital o por rutas argentinas hacia la costa o la sierra cordobesa. También fuimos compañeros en los enredos familiares con miradas cómplices y abrazos de amor al final del día y fuimos dos cuerpos embebidos en producto anti mosquito las noches de verano mirando una película. Fuimos padres adoptivos de dos gatos que se aman porque se acurrucan cuando sospechan que algo puede andar mal y fuimos compradores de platos, vasos y cubiertos en Supermercados Coto para nuestra primera casa nueva. Fuimos también la idea de una película colombiana que no se iría a terminar hasta que nosotros dos no termináramos. Fuimos la felicidad en cuotas, en aviones, en países extranjeros. Fuimos la risa y las voces de niños tontos hablándose entre sí. Los videos que filmamos también fuimos, el tatuaje adherido al cuerpo pero descolorido con el paso del tiempo.

Un miércoles por la noche la palabra "fuimos" desapareció. Se convirtió en "soy", entonces la jungla se abrió paso y hubo que empezar a caminarla de a poco, como lanzarse en bicicleta sin ruedas de apoyo. Caminar la jungla se hace solo y quizás algún día de esos en que una anda desprevenida, aparece ese antiguo mono de dientes extraños que dijo esas tres palabras que te enamoró. Quizás camina lejos y solo le llegas a ver la cabeza, quizás pasa cerca y llegas a tocarle el hombro, quizás se abalanza sobre vos y te pide que lo beses profundo y húmedo, como la noche esa, en esa esquina, con capuchas y chicles de menta.

Unos años después, un periodista al que no le vemos la cara le pregunta a Charly García cual fue el momento más feliz de su vida y el músico, sin dudarlo, responde: cuando me tiré de un noveno piso a la pileta. Entre el cuarto y el tercero miré al cielo esperando ver a Dios. No vi nada y me reí.

Quien escribe: "Yo te extraño, me extraño a mí. Estoy solo, no estás aquí. La chica que esperaba era infinita. Pegaba las canciones con curitas. Hay algo sangrando Hay algo que sangra porque Yo te extraño, yo te extraño. Estoy solo, estoy solo Ya no soy mí". Quien canta: "Este mundo extrañará por siempre y este mundo te dirá que siempre es mejor mirar a la pared". Quien llega a esa estrella de sabiduría sabe que caerá parado o en el agua y que todo continuará sea como sea. "Me tiré por vos" pero los días siguen. "Me tiré por vos" pero nadé un buen rato hasta que el día terminó y me recosté en la cama a mirar dibujos animados, tal vez igual que Charly en su cuarto de hotel, después de haber perdido el miedo para siempre.

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