Georges Bataille: la agonía y el éxtasis

Bataille

Georges Bataille.

Una publicación reciente recupera algunos escritos del heterodoxo ensayista y novelista francés, en los cuales se aproxima a lo sagrado y a la mística, pero sin nunca desligarse del exceso y el erotismo.


No podía ser tan inocente la acusación de ser un "nuevo místico" que le hizo Jean-Paul Sartre a Georges Bataille. La formuló el primero en la reseña —más tarde recogida en Situaciones I (1947)— del libro del segundo La experiencia interior (1943). Probablemente Sartre sabía que el joven Bataille había pensado ser sacerdote, ingresando a un seminario católico en 1917, aunque sus lecturas (Nietzsche, Sade, Hegel, Freud) lo llevarían pronto a perder la fe. Quizá también sabía que en la película Una partida de campo (1936), de Jean Renoir, él aparecía de extra, ataviado de seminarista: hay registros en que aparece así, solo o junto al fotógrafo Cartier Bresson (también vestido de seminarista), tomados por otro participante en la filmación, Eli Lotar. La persona más destacada de la película era, por supuesto, su protagonista, quien había estado casada hasta hace poco con Bataille, Sylvie, y quien años después se convertiría en la esposa del psicoanalista Jacques Lacan.

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La preocupación mística de Bataille, sin embargo, no era un disfraz ni el repudio del apóstata, sino una experiencia antigua y constante, que recorrió toda su obra. Era un misticismo, en todo caso, carente de toda trascendencia. En el centro de esa inquietud mística estaba la noción de lo sagrado, que él vinculaba previsiblemente al sacrificio, pero menos previsiblemente a otros momentos: el erotismo, la risa, las lágrimas, la angustia, el arte, toda manifestación de lo imposible, en donde conviven dos sensaciones contradictorias: algo que es indescriptible pero al mismo tiempo requiere ser comunicado y que, por lo tanto, permite la comunión entre las personas, logrando una "comunicación" entre lo racional y lo que está más allá de la razón.

Sobre lo sagrado y sobre el deseo, sobre la mística y la muerte escribe Bataille en dos obras ahora recuperadas en una edición conjunta: Teoría de la religión y El culpable (Taurus, 2018, 318 pp.). Son escritos relativamente cercanos en el tiempo: Teoría de la religión fue publicado en 1948; y aunque la edición que se traduce de El culpable es la de 1961, en realidad aumenta la original de 1944, agregando un escrito de 1947, El aleluya, además de algunos otros fragmentos). En ambos libros Bataille aborda —de una manera que intenta ser un razonamiento más o menos sistemático en un caso; como un arrebato o como pensamientos que surgen a borbotones, en otro— algunos de los conceptos que lo obsesionaron durante toda su vida.

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Bataille vestido de seminarista para la película Una partida de campo de Renoir. (c) Eli Lotar.[/caption]

La risa, el erotismo, la muerte

En el prólogo a esta edición de Teoría de la religión y El culpable recuerda Fernando Savater (quien es también el traductor) que el filósofo rumano Cioran no estimaba a Bataille, sobre todo porque se tomaba demasiado en serio así mismo. Es algo que Sartre también le criticaba: en su reseña mencionada de La experiencia interior lo describe burlonamente como un tímido bibliotecario que sueña con perderse en una orgía o como un filósofo de la risa que es incapaz de hacer bromas.

Efectivamente Bataille (casi 10 años mayor que Sartre y casi 15 que Cioran) fue un bibliotecario discreto. Pero también fue un intelectual y escritor no por minoritario menos importante. Indagó en la experiencia erótica tanto a través de novelas como Historia del ojo (1928), El azul del cielo (1957, escrita en 1935) o Madamme Edwarda (1937), lo mismo que de ensayos como El erotismo (1957) o Las lágrimas de Eros (1961). También escribió sobre los héroes de la literatura del mal, sobre cultores de una religiosidad tortuosa o sobre asesinos convertidos en personajes históricos: Dionisio, don Juan, Sade, Nietzsche, Kierkegaard y Gilles de Rais.

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Durante los años treinta del siglo XX, la actividad de Bataille estuvo enfocada, por una parte, en una vocación revolucionaria (de resistencia contra el fascismo), así como en su relación nada pacífica con el movimiento surrealista, con tanta cercanía como distancia: terminó peleado con André Breton, su líder, pero mantuvo buenas relaciones con muchos otros de sus miembros.

Entre sus exploraciones teóricas y vitales (que incluyen la entrega a excesos alcohólicos y amorosos, especialmente en prostíbulos) se plantea cuestiones estéticas, sociológicas, literarias, filosóficas, económicas, políticas y antropológicas. Durante el período de entreguerras se vinculó o fundó agrupaciones y/o publicaciones diversas: revistas como Documents, Contre-Attaque o Acéphale o la agrupación del "Colegio de Sociología Sagrada", creada junto con Michel Leiris y Roger Caillois, en la cual, entre otras cosas, pretendían unir religiosidad y nihilismo, refundar mitos y ritos, restaurar lo sagrado e incluso lograr sacrificios humanos: según la leyenda estuvieron de acuerdo en hacer uno pero no así en la víctima propicia.

A partir de 1939, tras la pérdida de su amada "Laura" (Colette Peignot), la crisis del Colegio de Sociología y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se inicia un nuevo período en la vida de Bataille. De 1939 a 1944, en parte motivado por la ocupación alemana de Francia, se dedica a una reflexión que desemboca en lo que llamará la "summa ateológica", compuesta por los libros El culpable, La experiencia interior y Sobre Nietzsche. Desde 1946, funda y dirige la revista Critique, cuya influencia será sumamente importante en la cultura francesa posterior (de hecho, la revista sigue publicándose).

Las ideas marginales de Bataille lograron un reconocimiento más amplio en los años sesenta, especialmente en los ámbitos filosóficos universitarios, a través de figuras como Jacques Lacan o Michel Foucault. Se consagra definiti¬vamente cuando la revista posestructuralista Tel Quel le dedica en 1963 un número de homenaje. Durante los sucesos de 1968, Bataille fue una figura tutelar entre los estudiantes franceses.

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Colette Peignot (1903-1938), "Laure", la amante de Bataille, cuya vida y muerte temprana, marcaron su obra. [/caption]

De la utilidad al sacrificio

Como una especie de historia económico-religiosa del mundo y de la dificultad del hombre por recuperar su pertenencia a éste podría entenderse Teoría de la religión. Es un texto póstumo: Bataille murió en 1962 y el libro se publicó en 1973, cuando con fragmentos dejados por su autor Thadée Klossowski lo estableció. El libro resume algunas ideas presentadas antes. Para Bataille la historia de la humanidad es la historia de la separación de la naturaleza; a diferencia de los animales que están en el mundo en una relación de inmediatez, el hombre crea objetos que establecen una relación de exterioridad. El surgimiento de lo humano supondría una conciencia que objetiva el mundo natural (el mundo de las cosas o los animales), marcando una separación en la continuidad de ese mundo. Esta idea es central en su planteamiento. "Los animales de una especie dada no se comen los unos a los otros", señala en el libro. Y los animales que se comen a otros, no es por una diferencia constitutiva o jerárquica; el león no es el rey de los animales, es sólo una ola más alta en el mar: "Todo animal está en el mundo como el agua dentro del agua".

Por otro lado, Bataille siempre se interesó en las relaciones de dominio: le importó tanto la "lucha de clases" marxista como la "dialéctica del amo y el esclavo" hegeliana. De hecho, fue uno de los asistentes los cursos de Alexandre Kojève sobre la Fenomenología del espíritu en los años 30 (figura como uno de los apéndices de El culpable una carta dirigida a Kojève en 1937). Durante esos años, Bataille se había propuesto elaborar un "ensayo de economía general" que echara luces sobre el proceso de secularización y la historia. Un esbozo temprano fue "La noción de gasto" (1933), algunos de cuyos planteamientos son retomados en Teoría de la religión. Aquí especula sobre cómo la acumulación y el derroche (en otras palabras, el orden social y el sacrificio ritual) se vinculan también con el alejamiento del hombre de la animalidad.

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También tiene algunas consideraciones sobre la guerra y el orden militar. Este orden puso fin al malestar por un exceso de consumo, "ordenó un empleo racional de las fuerzas para el crecimiento constante del poder". El espíritu de conquista es contrario al del sacrificio. Busca la eficiencia y el rendimiento. El orden imperial y militar que engendra la acumulación y que al expandirse, refuerza el orden de las cosas, tiene también una dimensión moral en que el orden industrial y científico lleva a la consumación el sistema de las cosas: el hombre se vuelve cosa él mismo.

En la, por llamarla de algún modo, "teoría económica" de Bataille importa tanto el principio de utilidad como el de pérdida: el derroche, el gasto improductivo. Es el paso de una "teoría económica restringida" (en base al principio de utilidad) a una "teoría económica general" (en base al principio de pérdida), que supone otra concepción de la historia basada menos en la idea de progreso que en la tensión entre el principio "profano" de la utilidad y el principio "sagrado" del sacrificio.

El principio de pérdida, la "parte maldita", es también la dimensión que Bataille llama sagrada. Contrapuesta al orden del trabajo, que busca la sobrevivencia, está movida por el miedo a la muerte. Pero la muerte tiene otra cara: es cierto, está detrás de la necesidad y del mundo profano, pero también revela que el mundo no se reduce a lo útil, la misma muerte no lo es y puede ser incluso la dilapidación de la vida y abrirse al mundo sagrado a través dela vía sacrificial.

Bataille describe el sacrificio mediante las prácticas de los pueblos primitivos, destacando que cualquier derroche implica sacrificio, pues se elimina la dimensión útil de la cosa. Ahí estriba tanto la fascinación como la angustia ante el fenómeno. El deseo humano no se consume simplemente en gastos racionales y útiles, tiene una fuerza que niega las prohibiciones y los tabúes, la que abre al hombre a lo sagrado.

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Si lo sagrado se vincula a las fuerzas violentas de la inmediatez natural, lo profano se vincula al mundo del trabajo y la racionalidad instrumental que restringen esas pasiones. La fiesta y el sacrificio son intentos de librarse de esas restricciones. Así, el problema que plantea la imposibilidad de ser humano sin ser una cosa y escapar de las cosas sin volver al sueño animal tiene una solución limitada: la fiesta, donde conviven el desenfreno y el control por un período. El sacrificio, por su parte, aparece como la antítesis de la producción con vistas al futuro, pues se trata de un consumo que no tiene otro fin que el del momento. Es don y abandono: "sacrificar es dar como se echa carbón a un horno".

Ahora bien, la muerte no está necesariamente unida al sacrificio: "Sacrificar no es matar, sino abandonar y dar", dice Bataille. Lo que importa es pasar de un orden en que el consumo de recursos se refiere a la necesidad de vivir, de durar, a la violencia del consumo incondicional: "El sacrificio es la antítesis de la producción, hecha con vistas al futuro; es el consumo que no tiene interés más que por el instante mismo".

El principio del sacrificio es la destrucción, pero la destrucción de los lazos con el espacio de las cosas para llegar a uno espiritual. Una pertenencia al "mundo de la generosidad violenta y sin cálculo" que subvierte la antinomia entre vida y muerte y hace "hundirse el orden real".

El culpable, la santa abismada, el padre

En 1939 Georges Bataille comienza a escribir El Culpable como un diario en el que no habla de la guerra mundial europea, que está viviendo. Es quizá una forma de consuelo o de ahondamiento en una de las épocas más duras de su vida. Han sido tiempos difíciles no sólo por la tragedia bélica, sino por una tragedia personal: la muerte de quien llamaba "Laure", su amante. Fatigado por el trabajo, dice, "vivo en el interior de una tumba". En otro escrito, "El aleluya", que acompaña esta edición, relata la agonía de esa mujer que ha marcado su vida. En la nota de 1961 precisa que el libro sería el tomo segundo de una Suma ateológica. Es el relato de una experiencia "mística", un diario redactado entre 1939 y 1943. Y dice que "El aleluya" es la "invitación ardiente al erotismo del amante a la amante". En un escrito recuerda que en 1937, ambos planearon ir a Grecia, pero lo cancelaron para viajar a Sicilia, donde peregrinan al Monte Etna y la visión, tras una marcha agotadora, del cráter "inmenso y sin fondo".

Laure (nacida como Colette Peignot) nació en 1903 y murió en 1938, de tuberculosis. "El dolor, el espanto, las lágrimas, el delirio, la orgía, la fiebre, y luego la muerte" —Bataille recuerda en El culpabIe— "fueron el pan cotidiano que Laure compartió conmigo, y ese pan me deja el recuerdo de una dulzura temible pero inmensa". Bataille jamás especificará en qué consistió ese pan hecho de tantas cosas, con el cual se alimentaron Laure y él. Cuando decide escribir la vida de Laure, el relato termina abruptamente en el año en que ambos se conocen. Pero la figura de Laure, por la influencia entre sus cercanos así como por el decurso de su vida (desengaño religioso, tuberculosis, amantes sádicos, su fascinación por la muerte y sus convicciones políticas radicales) fueron determinantes en su época. El antropólogo y escritor Michel Leiris, amigo de ella y de Bataille, la definirá como la "santa abismada", en la que convivían lo puro y lo abyecto.

En El culpable, Bataille refiere sus andanzas y excesos etílicos ("me emborracho a menudo") y eróticos. Desde que hay guerra, "no quiero más que vivir": alcohol, éxtasis, "existencia desnuda como una mujer desnuda". Pero no confunde sus desenfrenos con su vida mística, pues la experiencia mística, dice, difiere de la erótica en que se logra plenamente: "El exceso erótico desemboca en la depresión, en el asco, en la imposibilidad de perseverar y el deseo insatisfecho completa el sufrimiento"; "el erotismo es cruel, lleva a la miseria".

Ve al mor como la unión de dos desgarraduras: "su amor significa que no ven el uno en el otro su ser, sino su herida, y la necesidad de perderse; no hay deseo mayor que el del herido por otra herida".

De hecho, pone en el mismo plano la risa, el erotismo y el suplicio. Escribe: "Estoy obsesionado por la imagen del verdugo chino de mi fotografía, atareado en cortar la pierna de la víctima por la rodilla: la víctima atada al poste, con los ojos extraviados, la cabeza hacia atrás, la mueca de los labios que deja ver los dientes". Hay que explicar que Bataille vivió fascinado por la imagen de un suplicio chino conocido como "la muerte por mil cortes", en que se descuartiza lentamente al culpable. El propio Bataille comenta al final de su vida en su libro Las lágrimas de Eros que el condenado, con el fin de prolongar su sufrimiento lo más posible, era mantenido con vida y drogado con opio. Existen testimonios gráficos del suplicio, publicados como tarjetas postales. Cuenta Michel Surya en su biografía Georges Bataille. La mort a l'oeuvre (1987) que en 1925, cuando Bataille acudió donde el psicoanalista poco ortodoxo Adrian Borel, fue éste quien le mostró la fotografía de la tortura china. A Borel le mandaría el resto de su vida el primer ejemplar numerado de todos sus libros.

Esta edición de Teoría de la religión y El culpable contiene como apéndice una serie de fragmentos sobre el conocimiento, la oposición hombre-naturaleza, la culpabilidad, la risa. Especialmente importante es "El aleluya" en que el autor reflexiona sobre el placer y el deseo amorosos: dice que la búsqueda de placer es cobarde porque pretende el apaciguamiento; el deseo, en cambio, "está ávido de no saciarse jamás". Ahora bien, puede decir lo contrario muy poco después: "lejos de ser una cobardía, la búsqueda del placer es la avanzada extrema de la vida, el delirio de la audacia. Es la astucia que utiliza en nosotros el horror de ser saciado".

También considera que el amor puede ser una tortura: "En el suplicio de amar, me escapo de mí mismo". E incluso el erotismo no podría desvincularse de lo desagradable: "El asco, el miedo, en el momento en que el deseo nace de lo que da miedo, y da náuseas, son la cumbre de la vida erótica: el miedo nos deja al borde de desfallecer".

En algún momento de El culpable recuerda a su padre: "Mi padre ciego, órbitas huecas, una larga nariz de pájaro delgado, gritos de sufrimiento, largas risas silenciosas: ¡me gustaría parecerme a él!". Sin embargo, en uno de los fragmentos inéditos recogidos en la edición refiere el terror porque el rostro de Laure muerta le recordara al de "este hombre tan espantosamente trágico": un rostro de Edipo vacío y medio demente. En una nota señala que él mismo imagina morir abandonado, pues, según él, lo abandonaron a su suerte durante la invasión alemana, huyendo él con su madre; se quedó solo, cuidado por una asistenta; estaba ciego y paralizado, gritando de dolor. Surya en su biografía cuenta que el padre de Bataille, funcionario de prisiones, ya estaba enfermo de sífilis cuando nació el autor de El culpable.

Soberanía y comunidad

Cuando en "La noción de gasto" Bataille intentaba abordar las fuerzas sociales "sagradas", señalaba que también son "soberanas" o "heterogéneas". La idea de "soberanía" que postula se basa en la "inmanencia" que se ha perdido, aquella de la vida animal, una continuidad rota con la aparición de lo "útil". De acuerdo a él, junto a la dimensión "homogénea" de la sociedad hay una "heterogénea", ambas presentes en toda forma de existencia humana. Los aspectos "heterogéneos" se afirman como fines válidos por sí mismos, no dependen de una equivalencia: son el gasto que no produce nada, el derroche, el sacrificio, cuando no hay cálculo ni beneficio; esos aspectos están presentes en la fiesta, el juego, el lujo, en el arte o en la guerra, en la revolución y en el erotismo. En estos casos, la acción no está subordinada a un proyecto exterior o superior. Es una afirmación "soberana" que, sin embargo, para realizarse, pone en peligro la identidad. Dice en El culpable que la esencia de la religión "es la búsqueda de la intimidad perdida". Y entiende la intimidad como arrebato, como ausencia de individualidad: "El engreimiento exorbitado, la malicia que estalla apretando los dientes y que llora, el deslizamiento que no sabe de dónde viene ni adónde va; en lo oscuro el miedo que canta a pleno pulmón, la palidez de ojos en blanco; la dulzura triste, el furor y la vomitona…". Según él, todos los poderes (políticos y religiosos) han separado lo noble y lo vil, lo puro y lo impuro, lo superior y lo inferior. Ellos estarían por sobre el conjunto homogéneo de la sociedad, pero también por sobre los elementos heterogéneos pero impuros. De ahí, nacería una forma muy poderosa de comunidad, el Estado. Pero lo que él propugnaba era algo distinto: una comunidad "acéfala", una comunidad en la que no hay Dios ni rey, una comunidad en la que no hay padre ni patria.

Para Bataille, lo sagrado, el erotismo y la violencia se contraponían al mundo de la razón o del trabajo. Lo que le interesaba era el exceso, aquello que ocurre en la fiesta, el juego, el sacrificio religioso y la orgía. Ahora bien, su teorización de lo sagrado también se abría a otros asuntos y conceptos, como los de "comunidad", "comunicación" o "soberanía", en el particular sentido que él les da, no siempre de manera consistente. No por nada escribió: "Más que la verdad es el miedo lo que quiero y busco".

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