El secreto de sus ojos: una pasión es una pasión

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La coproducción argentino-española inspirada en el libro de Eduardo Sacheri, obra cumbre de Juan José Campanella, persiste como uno de los mayores exponentes hispanoamericanos a la fecha. ¿Pero qué hizo de El secreto de sus ojos una película tan exitosa?: ¿La historia de un amor imposible? ¿La pasión contenida? ¿La salvaje trama de una Argentina corrompida por la Dictadura? ¿La sociedad Ricardo Darín-Soledad Villamil en estado de gracia? Estrenada en Chile en enero de 2010, revisitamos algunas de las escenas que hicieron de este policial un clásico.


Pasión

—Y, bueno, querido..., una pasión —le responde rápido el tipo, mientras sostiene su vaso de whisky.

—¿Aunque hace nueve años que no haya sido campeón? —insiste Sandoval.

—Nah… una pasión es una pasión —cierra convincente Platón.

Ahora Pablo da la media vuelta, y con la sonrisa de quien se sabe victorioso, camina hacia Benjamín Espósito, su colega y amigo, que aún lo mira incrédulo, sin saber hasta dónde quiere llegar.

—¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo —le dice Sandoval, mientras se aproxima—: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar de pasión.

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Acaso tomando distancia del libro que le inspiró, El secreto de sus ojos funciona como una clase de arquetipo de la novela policial. Una película, gracias a la construcción de acuerdos —cúmulo de discusiones mediante— entre Campanella y Sacheri, que encontró una economía perfecta: el director condujo cada una de las historias de la ficción, que su propio autor precisó como "un drama con un accidente", hasta lograr una autonomía creativa y un producto distinto. Hace algunos meses, Eduardo Sacheri reveló en una masterclass del Congreso de la Lengua dónde se hallaba la clave de ese cambio: en las pistas. Un policial debe tener pistas, sostuvo, y El secreto de sus ojos las exhibe cuando Benjamín Espósito y Pablo Sandoval viajan hasta Chivilcoy, se infiltran en la casa de la madre de Isidoro Gómez, su principal sospechoso, intrusean los armarios y se roban un fajo de cartas. Es allí, también, donde se produce el quiebre que tal vez hizo del filme de Campanella uno de los éxitos de taquilla más grandes de la historia argentina y merecedor del Óscar a mejor película extranjera en 2009: los textos que mencionan a los jugadores del Racing Club de Avellaneda de los setentas no sólo son las pistas que delatarán al criminal de la historia, sino que permitirán llevar adelante su escena más icónica.

"Señorita secretaria, ¿se ha muerto un santo en el día de hoy?", saluda Sandoval a Irene ni bien cruza la puerta de los tribunales. "Porque veo un ángel vestido de luto", cierra el piropo, ocasionando las risas de la secretaria y la mirada atónita de Espósito desde el frente. "Lo que pasa es que vos me ves vestido de sapo, cuando en realidad soy un príncipe encantado", le explicará después a su compañero. Así presenta Campanella a Pablo Sandoval en el filme: como un tipo de broma fácil y que esquiva siempre, de manera magistral, los llamados que recibe su secretaría; Sacheri, en cambio, a través de la pluma de Benjamín lo describe como "rápido para aprender, estupenda redacción, una memoria prodigiosa". Ambas obras, sin embargo, coinciden en su diagnóstico sobre Pablo entrada la tarde: abandonar los tribunales por calle Talcahuano era sinónimo de mamarse hasta la inconsciencia.

En la película, precisamente durante una de sus borracheras, Sandoval recién deja ver algo de la capacidad que lo define en el libro. Era aún horario de trabajo cuando Espósito se enteró que su compañero había escapado por Talcahuano: ya sabía dónde ir. En el bar de mierda ése lo encontró, sentado, solo, con las cartas que robaron en Chivilcoy a un lado y un corto de whisky al otro. Intentó atajarlo, convencerlo de que lo mejor era salir de ahí, volver al trabajo. Pero Sandoval parecía extrañamente convencido: "No paré de pensar un segundo. La cabeza me explota, Benjamín. Yo me empecé a preguntar '¿cómo es posible que no podamos encontrar a este tipo?'", le dijo, en el inicio de su mejor diálogo. "Miráme a mí: soy un tipo joven, tengo un buen laburo, una mina que me quiere —continuó su argumento—, y como decís vos, me sigo cagando la vida viniendo a tugurios como éste. Más de una vez me dijiste "¿por qué estás ahí, Pablo, qué hacés ahí?". ¿Y sabés por qué estoy, Benjamín? Porque me apasiona. Me gusta venir acá, ponerme en pedo, cagarme a trompadas si alguien me hincha las pelotas. Me gusta". Después, los resultados de su inusual investigación: los apellidos que se repetían en las cartas no eran sino precisas referencias a exfiguras de Racing Club. Y una idea quijotesca: el asesino de Liliana Colotto era por lo visto un enfermo de "La Academia" y había que ir a buscarlo a los partidos.

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Esa idea que instaló Sandoval sobre la pasión será, desde entonces, el soporte principal de las historias. De él y el alcohol: un vínculo que culminó de la manera más triste; de Gómez y Racing: un fanatismo desmedido que permitió durante el célebre plano secuencia en cancha de Huracán atrapar al criminal; de Morales y Colotto: el amor devenido en obsesión en busca de algún tipo de justicia; de Benjamín e Irene: un amor que ni siquiera el tiempo pudo apagar.

En la masterclass de guion que ofreció en Córdoba, Sacheri expuso brevemente una visión contraria respecto de la aclamada escena: "La pasión, en la película, se muestra más como prisión, como cárcel, por ejemplo con el alcoholismo de Sandoval. Para mí la pasión es mucho más que eso".

Amistad

—…

— Yo no fui, yo no estuve, yo no sé —sigue Sandoval.

Hasta que el prosecretario explota:

—No hablés más, nunca más en tu vida. No hablés más —le responde Espósito, de tal manera que a Sandoval no le queda otra que asentir un par de veces.

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Pablo Sandoval y Benjamín Espósito.[/caption]

Todos necesitamos un Pablo Sandoval en nuestra vida. En el imaginario popular se grabaron las imágenes de su humor negro o bien de su gusto por la joda, la noche y acaso esa incapacidad a la hora de resistirse a los engaños del alcohol, pero tanto en la obra de Sacheri como en el personaje que encarna Guillermo Francella, Pablo Sandoval borda al amigo más leal posible: a ése que le importan un carajo las consecuencias con tal de siempre estar.

"¡Me lo quiere sacar a Sandoval!", le contó desencajado Sacheri a su mujer, cuando Campanella le hizo saber que en la película era necesario un mayor protagonismo de Irene. Sin ir más lejos, por ejemplo, el escritor debió ceder los derechos del heroísmo en la indagatoria contra Isidoro Gómez: en el libro, es el fiel escudero quien conduce el interrogatorio con una soberbia performance que ni su propio amigo sospechaba. "Una belleza como esta no está al alcance de cualquier mortal. Hay que ser muy hombre como para poder con semejante portento", buscó Sandoval a Espósito mientras revisaba el expediente, desquiciando a un Gómez que veía amenazada su masculinidad. Así consiguió, minutos después, que el asesino confesara el crimen perpetrado. En la película, la escena es calcada, pero quien la reproduce es Irene Menéndez Hastings.

Hubo compensación: "Sandoval es un personaje muy importante en la historia, no sólo en la relación de ellos (Irene y Benjamín) sino que es el que finalmente destraba el conflicto para poder encontrar al asesino y es el que le abre los ojos a Benjamín de su amor por Irene —explicó Guillermo Francella a El Espectador—. Es inteligente y sagaz a la vez, el flagelo que lleva a cuestas con su adicción, no le quita luces".

Pero quizás la escena que retrata la mejor versión de Pablo Sandoval es su despedida. Era el 28 de julio de 1976. Borracho para variar, en un estado indefendible, Espósito decide llevárselo a su casa hasta recuperarlo. Pero tras un intercambio, su amigo entiende todo: "¿Qué tenés, un fato? —le pregunta, mientras Benjamín intenta negárselo—, tenés un fato y yo me voy. Falta que digas Sandoval me cagó ésta", pero le es imposible avanzar. "Puta madre, ¿cuántos muebles tenés en esta casa. Pero que me cago golpeando siempre", se excusa. Espósito lo sienta y ahora emprende la marcha a la casa de su amigo, buscando que su mujer perdone otra de sus mamaderas. Cuando vuelve, sin embargo, lo esperaba el mayor dolor de su vida. Durante ese lapso, una patota de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) entró a la fuerza al departamento y acabó con un Sandoval que no dudó un solo momento en hacerse pasar por quien realmente buscaban. "¿Vos sos Espósito? ¿No escuchás, pelotudo, lo que te pregunto? ¿Sos Espósito?". Cuando Pablo cayó en lo que pasaba, inclinó la cabeza y aceptó un destino cuanto menos injusto. "Soy yo", les dijo antes de darle una última mano a Benjamín: dar vuelta los cuadros y esconder su verdadera identidad para que no quedasen dudas.

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—Tu marido fue el mejor tipo que conocí en mi vida —reconoce, en el libro, Espósito a la mujer de Pablo Sandoval durante su funeral.

Recuerdo

Lo miré. No supe qué decir.

—Que la voy olvidando.

Le temblaba la voz. No cometí el desatino de interrumpirlo.

—La pienso, y la pienso y la pienso todo el día. Me despierto por la noche y me desvelo recordándola. Pero me pasa que tiendo a recordar siempre las mismas cosas. Las mismas imágenes. ¿Qué es lo que recuerdo, entonces? ¿A ella o al recuerdo que he construido en este año y pico que lleva muerta?

(<em>La pregunta de sus ojos</em>, págs. 148-149)

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Benjamín Espósito y Ricardo Morales.[/caption]

Tal vez la definición más completa del sentimiento que Ricardo Morales desplegó por Liliana Colotto, su mujer, la ofrece Benjamín Espósito cuando pretende convencer a Irene de reabrir la causa: "Usted no sabe lo que es el amor de ese tipo. Conmueve —le dice a Sandoval, que lo secunda en la misión—, es como si la muerte de la mujer lo hubiese dejado ahí detenido para siempre, eterno. ¿Me entiende? Tenés que ver lo que son los ojos de él, Pablo. Están en estado de amor puro".

¿Hasta dónde puede llegar el amor, que incluso logre cambiar a una persona? En la obra de Sacheri, Benjamín lo describe primeramente como un tipo con una "cara de idiota redomado" y el propio Morales, cuando le habla de sí mismo, admite ser "un tipo anodino, grisáceo, con un destino propio de esa chatura". Su vida, hasta cierto punto, fue una especie de empate: el tipo no le había ganado a nadie y tampoco lo deseaba; transitaba entre su familia, la escuela y otros espacios sociales sin la más mínima pretensión de dejar huella. Vivía sin destacarse, tranquilo, hasta que conoció a Liliana y experimentó por primera vez las ganas de ser otro. Entre sus recuerdos, primereaba justamente ése: cuando Liliana le notificó que el arrojo de conquistarla sin importar la timidez, el hecho de cambiar sus formas, la interesó. Morales, quien en la película conserva bastante de esa construcción creativa, tampoco olvidó más el 30 de mayo de 1968, la última vez que vio con vida a quien tanto amaba. Recordaba a la perfección qué desayunaron, qué conversaron, cómo vestía y el efecto de un rayo de sol que atravesaba su mejilla. Esa clase de amor, el más profundo que conoció, caló hondo en Espósito: deseaba sentir como Morales, abandonar sus propios fantasmas y confesar el sentimiento entonces contenido.

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Morales, tras enterarse del asesinato de su esposa.[/caption]

Perpetua

—Prisión perpetua… —Morales repitió, como en un esfuerzo por captar el fondo de la idea. Noté que no decía "cadena perpetua" como casi todo el mundo que desconoce el Derecho, y que usa el léxico aprendido de las películas. Ese muchacho seguía sorprendiéndome.

(<em>La pregunta de sus ojos</em>, pág. 65)

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El secreto de sus ojos no sólo trabaja minuciosamente conceptos como la pasión o el amor. Es, también, la prolija imagen de una Argentina golpeada por el peso de la Dictadura y, por qué no, una denuncia a la corrupción de su sistema judicial. Precisamente, respecto a la justicia, se la aborda desde distintas veredas: un tema que se discutió durante el guion, reconoció Francella en la entrevista con El Espectador, fue el de justificar la justicia por mano propia. Morales lo deja claro, primero, mientras le enseña imágenes de su pasado más feliz a Espósito: "Yo no estoy de acuerdo con la pena de muerte (…) le darían una inyección y se quedaría dormido lo más pancho. ¿Sabe lo que haría yo por una inyección así?". El ejemplo más contundente de esta crítica a la arbitrariedad de la época no es otro que la libertad de Isidoro Gómez para convertirse en uno de los matones de Romano. Todo por una venganza. Una cadena de sucesos que, además, motivarán la aparición del Morales más frío y calculador.

Morales fue un tipo que lo perdió todo: cuando asesinaron a Liliana, presenció cómo su vida volvía a una mediocridad que siempre le resultó familiar. Supo, también, que no sentiría nunca más abrazar la felicidad como lo hizo durante ese montón de meses junto a su amada. En el libro, incluso, admite haber pensado en el suicidio, pero algo le detuvo. Espósito intentó adivinar: ¿sería para capturar al hijo de puta? Desde entonces, más aún cuando el prosecretario con una brillante deducción dio con el presunto culpable, ese amor tan profundo devino en una especie de obsesión; el desgraciado debía pagar.

Quizás por esa clase de amor que no vio nunca antes y tampoco después, a Espósito no le sorprendió cuando lo encontró a Morales sentado, con sus ojos perdidos entre los transeúntes, esperando. "Los jueves me toca acá. Los lunes y miércoles en Constitución. Martes y viernes, Retiro. Este mes es así. En mayo cambio. Todos los meses lo cambio", le explicó el bancario, como si luchar a diario contra ese torrente de gente se tratara de la rutina más normal del mundo. Después vendría el "alivio", cuando lograron encerrar a Gómez, y después nuevamente la obsesión, cuando se lo indultó.

Otra vez la idea de la justicia por mano propia y otra vez Morales: en la escena acaso más perturbadora del filme, para cerrar el círculo si se quiere, Espósito, 25 años después, lo visita en el campito donde se guardó durante el último tiempo. Allí, después de una visita al menos incómoda donde Morales parecía contrariado, la intuición de Espósito otra vez dio en el clavo. Atrás, en un galpón contiguo, lo halló minutos más tarde al viudo de Liliana Colotto entregando una bandeja a un tipo que más se parecía a un indigente, ubicado detrás de una celda cuadrada con barrotes gruesos. Una puta prisión. Era Isidoro Gómez, a quien creía muerto hace años. "Usted dijo perpetua", fue lo único que escupió Morales.

Te(a)mo

—…

—Pánfilo.

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Espósito, camino a Jujuy, e Irene.[/caption]

Desde esa primera vez que Irene cruzó la puerta de la secretaría 25, Benjamín se supo flechado. Que, derechamente, no habría otra más. Pero optó llamarse a silencio, y guardarse todos esos sentimientos que cada vez eran más fuertes, en cada mirada, en cada saludo, en cada uno de esos diálogos que forzó sólo para acercársele una vez más. Prefería, de cierto modo, enterrarse con la verdad a cuestas, antes de irrumpir y tal vez no corresponder. Por eso reprendía con la mirada a Sandoval cada vez que, muy suelto, lograba hacer lo que él no: saludarla con naturalidad o incluso piropearla. Por eso admiraba y tal vez hasta envidiaba el sincero amor que profesaba Morales por Colotto. Por eso, cuando coincidía con el viudo se veía a sí mismo: porque sabía que, así como el recuerdo de Liliana ataba a la vida a Morales, la figura de Irene lo ataba a él. El miedo, sin embargo, era implacable: un rechazo desvanecía toda chance de volver a verla, de compartir un café, de que, ahora jubilado, pudiera robarle un par de horas de la tarde para quizás leer unos cuantos capítulos de su debut como escritor. Sandoval quiso hacerlo entrar en razón: "Para mí es más fácil, Benja, yo no estoy enamorado", le advirtió sobre sus piropos. "No hay manera que te puedas de la cabeza a Irene. Y la mina tiene más ganas de casarse que Susanita. Debe tener más de 37 revistas de vestidos de novia arriba del escritorio, se comprometió con fiesta y todo, pero vos seguís esperando el milagro, Benjamín. ¿Por qué?", lo increpó tiempo después en la comentada escena sobre la pasión.

Pero no fue sino hasta el deceso del propio Sandoval, cuando Espósito estuvo más cerca de Irene. Empujado por la vendetta que Romano buscaba celebrar en su contra, con los matones a la siga suya, se entregó al exilio dando lugar a otra escena icónica de la película —y tan repetida del cine—: allí, a punto de subirse al tren que lo llevaría hasta Jujuy y que los separaría por décadas, esbozó por primera vez ese amor que tanto tiempo escondió. "No, no, no, Irene, no puedo. Yo tengo mi vida acá. Tengo a mi viejo. Tengo a… —se detuvo, mirándola, intentando que ese silencio prolongado oficiara como la declaración que no se permitía—, tengo todo".

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"¿Y qué vamos a hacer acá? Nosotros. Digo, vos y yo —pareció entender Irene—, no podemos hacer nada". Y tenía razón: Espósito había aceptado el ofrecimiento para evitar, también, que le pasara algo a su amada. A esa escena, la de su despedida en el tren mientras tocaban sus manos a través del vidrio, Benjamín le dedicó particular atención en el texto que fraguaba. Pero incluso así, 25 años después, parecía estar atrapado en su propia celda, sin poder gritarle a la cara lo que sentía.

Sobre un mueble, a pasos de la cocina, Irene advierte una pequeña libreta que dice "Temo". Benjamín le explica, rápido, que es un ejercicio para potenciar la creatividad. Lo escribió dormido, algún tiempo atrás, precisa. Lo que no saben aún es que, tal como sucediera con la máquina de escribir Olivetti que pidió prestada para iniciar su aventura literaria, y que no podía imprimir la "a", Espósito también había omitido esa letra. Al trozo de papel le faltaba algo para completar la frase.

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Te(a)mo.[/caption]

Cerrado el círculo de una trama que lo mantuvo en vilo durante más de dos décadas, es cuando recién Benjamín pierde el miedo que lo bloqueaba y decide finalizar también su historia: atraviesa tribunales y llega directamente hasta el despacho de Irene, ingresa, se planta de frente, y le pide conversar. De ahí en más, fiel a su creencia, deja que sus ojos hablen. "Va a ser complicado", entiende Irene. "No me importa", le replica por fin Espósito, como siempre esperó.

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