Columna de Manuel Labra: La temporada de las muertes telemáticas

El Coronavirus ha expuesto el vacío de la muerte telemática. No necesariamente nos despoja del miedo, pero sí nos puede alejar del dolor.



El 17 de diciembre de 1991 los estadounidenses vieron un bombardeo de las tropas de su país a Irak, vía CNN. Luces, fuego y el relato apático de un par de periodistas. Diez años después, los mismos estadounidenses, ya en un mundo aún más conectado, fueron testigos de la caída de la Torres Gemelas. Había muertes, pero sobre todo espectáculo. Y en el juego de la década, el 2011, Chile tuvo su propio momento de muerte sin rostro. El accidente aéreo en el archipiélago de Juan Fernández. Desaparecieron veintiún personas. Sin embargo, nunca vimos un cuerpo, nunca vimos la muerte. No tenemos foto de Elvis, ni de Juan Gabriel, ni de Camiroaga, ni mucho menos de los detenidos desaparecidos. Entonces, ¿están realmente muertos?

La higienización de la muerte no es nueva. La modernidad se funda sobre un proyecto civilizatorio que busca regular los comportamientos de las personas, limitando espacios de intensidad, de molestia, de suciedad, excluyendo la diferencia del centro pensante, erigiendo el mundo de la razón, clasificando, inventando el bien y el mal. La expresión y el exceso son malos, llorar la muerte también. El mausoleo del rito se vio higienizado. No hay ruido, no existe el ejercicio pictórico convertido en cuerpo cinematográfico. Entierro telemático o no, se busca que ese alguien solo desaparezca y ni siquiera nos damos el tiempo de verlo irse de la mano de la muerte. Porque si nos detenemos en el acontecimiento de la muerte, esta no es otra cosa que la puesta en escena de su existir. Burke, en relación con lo sublime —y acá sigo hablando de la muerte— lo relaciona con aquello que puede hacernos evocar y destruirnos. ¿Cómo evocar cuando no existe el espacio visual que conforme esa evocación? ¿Cómo vivir la desaparición de otro sin poder ser parte de su exigencia poética, sin su dimensión performática?

Foto: María Luisa Murillo

El cine gore se centra en lo visceral y la violencia gráfica extrema. Mediante el uso de efectos especiales y exceso de sangre artificial, este género busca demostrar la fragilidad y vulnerabilidad del cuerpo humano y teatralizar su mutilación. Pero nunca se preocupa de la muerte. Es decir, no aparece esa escena romántica de la persona desfalleciendo, predeciblemente en los brazos de alguien. En el gore la muerte es secundaria al cuerpo y sus males. La aleja de la vida como si fuera un juego el romperlo todo, un ejercicio necesario. Extremar su herramienta visual parece funcionar como un mecanismo que despoja el horror y simula los lugares del dolor. No hay pasión, hay imagen de cuerpos mutilados, como si eso fuese lo único soportable por la pantalla del televisor.

En Chile, tras años viviendo la muerte como parte de la cotidianidad, desde inicios de los 90, se buscó reconstruir el imaginario de la nación. La televisión, su vehículo, Vicente Sabatini, el titiritero, y los actores, sus secuaces. El país debía abrazarse, sentirse orgulloso de sí mismo. Gracias Vicente. No es extraño pensar que en sus teleseries raramente mueren personajes, como si la Concertación quisiera hacernos olvidar los muertos del pasado, para hacer definitiva la desaparición de la realidad tortuosa de la dictadura. Y, así, ese pasado agitado queda oculto bajo el velo del acato social. El summum del pacto transicional, higienizar la muerte para no apasionarnos: el desenfreno político debía desaparecer.

Pero un 28 de diciembre del 2001 murió el Pelluco. Y al verlo (¿¡cuánto duró esa pausa comercial por Dios!?), Chile entero sufrió un espasmo: la muerte vino a nosotros para ser medida en su justa dimensión. El mayor rating de la historia de la televisión chilena. Gracias Cruz-Coke. Pero ¿por qué muere? ¿Por mentir, para reivindicar su bondad, como un castigo a la mujer ambiciosa? A diferencia del gore, acá hay escena lagrimosa, pero aún así el final es feliz. La muerte del Pelluco corresponde a una nueva etapa: el blanqueamiento de la muerte. Es posible morir, pero no sentir.

Foto: María Luisa Murillo

Desde la llegada de la pandemia la muerte regresó. En una modalidad que progresivamente nos molesta. Nos parece insuficiente y hasta frívola. Los muertos parecen no existir más allá de la pantalla, desprovistos de singularidad. La muerte se hace presente, sí, pero es una muerte telemática. No hay imagen, no hay cuerpos en descomposición, no hay abrumo. Despojados de la pasión, no se nos permite vivirla en su ceremonia de grandeza. Si bien todo esto parece nuevo, ¿no es solo un paso más hacia lo que la modernidad ha hecho de la muerte?

El Coronavirus ha expuesto el vacío de la muerte telemática. No necesariamente nos despoja del miedo, pero sí nos puede alejar del dolor. El miedo siendo una aprehensión al dolor de la muerte, también actúa como un mecanismo de goce. El placer que nos negamos: llorar la muerte de otro y vernos desde ese lugar de lamento, ahí, frente a un ataúd abierto. La muerte reducida a cifras parece lavarse del dolor. Sin embargo, para vivir la muerte necesitamos que su materialidad se apropie del cuerpo, resonando, haciéndola viva, carne, fuego, dolor y sufrimiento. Para ser habitado por la muerte, el cuerpo necesita sentir su espasmo, insubordinarse frente a él. Ser atacado por su presencia. La furia no arrasa si no la vemos arrasar.

Hoy, la muerte telemática nos lo recuerda caprichosamente al presentarnos difuntos vacíos y sin textura.

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