Watchmen: héroes caídos y milagros termodinámicos

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Watchmen.

La serie de HBO, que cierra su temporada este domingo, es una secuela tan adecuada como sacrílega. Un riesgo necesario para cuestionar no sólo al género de los superhéroes, sino que a sí misma.



“Creo que el impacto de la cultura de los superhéroes en la sociedad es vergonzoso y bastante preocupante”. La frase corresponde al legendario escritor de cómics Alan Moore, detrás de la icónica novela gráfica Watchmen, en una entrevista de 2017 para el diario Folha de Sao Paulo, aunque nadie le había prestado mayor atención hasta hace algunas semanas, cuando Martin Scorsese definió que las películas del Universo Cinematográfico de Marvel (prácticamente sinónimo de “cultura de superhéroes”) no eran cine.

En el año en que cerramos la década, esa "cultura de superhéroes" es la fuerza pop más omnipresente en el entretenimiento. Pero su popularidad ha venido de la mano de crecientes cuestionamientos a su monopolio, en desmedro de lo que, para algunos, es el verdadero arte.

Quizás por eso ha sido un año en donde ese hastío aún minoritario (el día en que las cintas dejen de recaudar cientos de millones de dólares el género estará realmente en aprietos), pero creciente, se ha reflejado no sólo en las incendiarias declaraciones de Scorsese, sino también en la industria. Amazon Prime Video se anotó una de las más populares y geniales sátiras de la temporada con The Boys, aterrizando el concepto de los superhéroes a un mundo híper capitalista, con los superhombres y mujeres siendo más unos psicopáticos influencers que reales salvadores.

Y mientras las palabras de Moore resurgen, la serie homónima basada en Watchmen de HBO está próxima a cerrar su primer ciclo este fin de semana. No es que el autor tenga algo que ver: como es de conocimiento popular entre los seguidores de su obra, Moore perdió los derechos de Watchmen cuando dejó, en muy malos términos, DC Comics. En las décadas siguientes, ha arremetido contra todos los spin offs, precuelas, o adaptaciones de cualquier tipo de su trabajo más icónico e influyente.

Moore nunca pensó esa historia como catalizadora de un renacer de la industria de los superhéroes, sino todo lo contrario. Alguna vez Watchmen fue catalogado como un "epitafio del género", con el autor y el dibujante Dave Gibbons deconstruyendo el mito del superhéroe americano para criticar el autoritarismo estadounidense en la Guerra Fría. En unos años 80 paralelos en donde Nixon nunca dejó de ser presidente, Estados Unidos ganó Vietnam, y los vigilantes enmascarados existieron pero fueron declarados ilegales, los "héroes" no sólo viven en la clandestinidad, sino que son un grupo de personajes patéticos, decadentes y peligrosos, que terminan encubriendo el genocidio de más de tres millones de personas. Ah, y el único con superpoderes es una crisis social, política y existencial andante.

Las ideas de Moore eran claras: en un mundo semirrealista, la idea de un superhéroe realmente heroico es simplemente ridícula, y quienes usan máscaras son más psicópatas fascistoides que justicieros.

No es que la industria haya entendido el matiz: su tesis se transformó en una moda que se arrastra al día de hoy; con protagonistas más oscuros y de moral ambigua. La trama de Moore derivó en historias de híperseriedad y tufillo intelectualoide que pasaron a ser una parte más del problema, más que de la solución.

Desencantado con su propia obra maestra, Moore se niega a siquiera mirar cualquiera de sus adaptaciones. Pero es fácil imaginar a un Alan Moore viendo la serie de Watchmen en un universo paralelo, y teniendo un ataque cardíaco. Quizás por la vacía adaptación cinematográfica de 2009 sentiría algo de desdén, pero el odio por la serie lo remecería hasta un punto fatal.

El creador de la producción, Damon Lindelof (Lost, The Leftovers), dijo antes del estreno que su serie no se trataba de una adaptación directa ni una secuela, sino de un "remix". Y es que si bien la historia continúa la trama de Moore 30 años después de 1986, también reinterpreta puntos y personajes claves. Cada capítulo comete múltiples actos de sacrilegio, destruyendo o alterando radicalmente las expectativas y percepciones que puedan tener los fanáticos. Hay una tensión permanente entre el respeto por el texto sagrado y su total destrucción, que hacen de la serie de Watchmen, por lejos, la mejor adaptación que se haya hecho del trabajo de Moore, y de paso la mejor crítica a las historias de superhéroes de 2019.

Un réquiem para los Vigilantes

Han pasado 33 años desde que un calamar gigante psíquico (Moore realmente sabía cómo burlarse de la ridiculez de estas tramas) aterrizó en Nueva York y mató a millones de personas, uniendo a Estados Unidos con la Unión Soviética, de paso evitando la III Guerra Mundial. Los vigilantes enmascarados siguen siendo ilegales, pero pueden formar parte de la policía. En el caso de Tulsa, Oklahoma, el centro de la acción en esta historia, todos los policías cubren sus rostros, tras un atentado masivo por parte de un grupo criminal. El mundo le teme a la tecnología, los líderes se eternizan en el poder (esta vez, Robert Redford), la paz no se mantuvo mucho, los millonarios filántropos siguen jugando a ser Dios.

Todas ideas que de seguro Moore habría explorado si hubiera trabajado en una secuela. Lindelof es un estudioso de la novela original, y su visión del mundo de Watchmen tres décadas después es completamente plausible, una extrapolación correctísima de la historia original al Siglo XXI. Los vigilantes siguen siendo más personas trastornadas mentalmente que héroes, y hay algo indudablemente patético en el disfrazarse y tratar de hacer justicia por tus propias manos. Quien usa una máscara "tiene algo que ocultar".

El realizador también actualiza los contextos: la amenaza aquí no es la Guerra Fría, sino el supremacismo blanco. La protagonista, Angela Abar/Sister Night (la gran Regina King) es una policía/vigilante afroamericana, que en su historia personal y familiar acarrea las heridas abiertas del racismo sistemático y el imperialismo estadounidense.

Pero donde Lindelof brilla es en su apuesta por hacer lo mismo que hizo Moore entre 1985 y 1986, pero no sólo con el género de los superhéroes, sino que con los mismos Watchmen. Su visión de personajes como Adrian Veidt/Ozymandias, ahora un anciano delirante, solitario y cautivo, o Laurie Juspeczyk (Jean Smart), ahora tiene el apellido de su odiado padre, Edward Blake/El Comediante. Se insinúa también que los Minutemen, el primer grupo de vigilantes, inventaba a sus villanos. Y en un certero golpe a quienes interpretaron en la novela original a Rorschach como el héroe de la historia, el personaje aquí sirve de inspiración para un grupo de terroristas racistas.

Y falta aún el elefante azul en la habitación. Jon Osterman/El Doctor Manhattan no aparece en pantalla hasta el octavo episodio de la temporada. Por lo menos, no en su forma original. En su apuesta más arriesgada y radical, Lindelof argumenta que Manhattan nunca escapó a Marte tras 1986, sino que aún más lejos, pero tras crear vida en una luna de Júpiter, tuvo una epifanía y volvió a la Tierra. Allí se enamoró, quizás por primera vez de forma real. Tomó forma humana y voluntariamente borró su memoria para tener una vida normal.

Manhattan es el Sol alrededor del cual giran las ideas de Moore. El único ser con verdaderos superpoderes, capaz de ver el pasado, futuro y presente al mismo tiempo. Crea y destruye vida con el chasquido de sus dedos. Es tanto Dios como tirano, el poder absoluto encarnado, que a los ojos del autor, sólo puede transformarse en un ser egoísta y nihilista.

En uno de los momentos más icónicos de la novela gráfica original, Manhattan muestra por primera vez desde su transformación en Dios algo de empatía, cuando la historia de Laurie le demuestra que hay algo de sorpresa en el universo. Lo que llama "milagros termodinámicos"; hechos ridículamente improbables que pueden suceder de todas formas.

Más de 30 años después, el personaje se transforma a sí mismo en uno de esos eventos improbables. El Dios responsable de atrocidades terribles, causante de un genocidio y cómplice de otro, representante de un autoritarismo terrible, busca hacerse humano, y más encima, por amor. Por primera vez, se pone en real riesgo por otra persona.

Tanto Moore como Lindelof barren con la idea de la posibilidad de un superhéroe en una sociedad tan dañada como la norteamericana. Ambos lo hacen también jugando dentro de las reglas y clichés de la industria que satirizan: siempre hay un villano, alguna conspiración, un mundo en riesgo. En una de las escenas más notables de la serie, Laurie detiene al antagonista de turno antes de que le explique su plan, diciéndole que realmente no le importa. Ya ha tenido a hombres pseudo genios explicándose a sí mismos demasiadas veces en su vida.

Pero Lindelof no es tan nihilista como Moore. Y eso inevitablemente cambia todo el tono de esta historia. El realizador siente un cariño especial por estos personajes, y con inédita empatía, abre el espacio para la esperanza en una historia carente de ella. Watchmen es la secuela que esta historia merecía: familiar y desafiante a la vez. Su propio milagro termodinámico.

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