Columna de Alberto Fuguet: Desconfinar, desconfiar

Alberto Fuguet


Para inocular con lo que puede venir, decidí ver más cintas de miedo. Mejor ser resistente, los tiempos que se avecinan no parece muy prometedores. Volví a ver El resplandor. Ahora -por fin- la entiendo. Es mejor de lo que se cree y es muy acerca de estos días en que vivimos encerrados-confinados-relegados-exiliados. Es acerca de lo imposible de quedarse encerrado, que el teletrabajo puede ser un engaño, acerca que la familia es perfectamente capaz de asesinarse entre ellos. Vi Homemade, Hecho en casa, una antología de cortos rodados como se puede en casas, patios, departamentos. Hay algunos sublimes, otros pedestres, algunos dan pena. El drone termina transformándose en las alas de libertad de un par de personajes. Un drone, la voz de Cate Blanchett y la directora Ana Lily Amirpour recorriendo un Los Ángeles primaveral, soleado y sin autos en bicicleta remece y se vuelve arte. Lo mismo un París de inmigrantes con sus secretos y su día-a-día se eleva gracias al drone del chico negro-con-pelo-amarillo que recorre las calles como si tuviera alas de libertad y espía en las ventanas traseras, indiscretas, de los bloques sociales como si fuera un James Stewart musulmán. La visión de Ladj Ly, de la cinta francesa urbana Les Misérables, deja claro que es posible crear adentro.

Adentro.

Adentro sí es que una palabra que se ha ido cargando.

Adentro, dentro, cerrado, clausurado, confinado a tu espacio, a tu interior, a tener que enfrentarte cara a cara con aquello que no te habías atrevido enfrentar. Abren sectores, otros siguen detrás de la Cortina de Hierro, la rutina de tener pánico a romper tu rutina, el desafío existencial de no solicitar salvoconducto no porque deseas evadir la ley sino porque ya no deseas salir.

Tanta soledad, tanto tiempo a solas, tanto reseteo y repliegue, podría provocar respuestas inéditas.

No salir nunca más, no entrar a los cines cuando abran, creer más en Zoom que en Dios.

Pero son fantasías y pesadillas mías. Paso a paso, dicen.

Pasar agosto es la meta. Pasar agosto resuena tan 2010, tan criollo vintage, tan práctico como los manteles de hule con estampados de frutas y verduras. Pasar agosto: algunos. Esto no va a pasar. ¿Pasar agosto? ¿Qué va a pasar? ¿Qué pasará? Cierto: algunas comunas abrieron. Lo social es no tener distancia y hacer todos los trámites, abrir, volver, nada de paso a paso, todo a la vez, si hace unos años veíamos el eclipse (#eclipseseguro era el mantra del gobierno) directo a los ojos, con esos lentes que usaba el luchador libre en They Live: ¡ellos viven! de John Carpenter que, por alguna decisión irracional regeaniana o fascista-guzmanista de los 80, fue bautizada como Sobreviven. Porque de eso se trata: de sobrevivir. Aunque qué significa exactamente eso: vegetar, seguir, darle. Es el teaser, el tráiler, la sinopsis, el coming attraction del invierno-del-terror: pronto, la película continúa, mejor que antes, finales de Hollywood, aunque antes te gustaban los finales abiertos. Nada de spoilers, los finales ya no son cierres ni catarsis sino actos de traición y conspiración que se castigan con funas.

El final no se cuenta.

El 10% fue un calmante, me soplan por audio de un amigo que está atrapado en el 2029 y que se arrendó un departamento monoambiente del clásico y viejo edificio Turri que posee vista al norte, en plena Plaza Dignidad (sí, al final quedó con ese nombre, aunque la estación del metro se llama Baquedano-Dignidad). Me cuenta que hay una retrospectiva en el nuevo centro cultural Alameda-San que se inauguró sobre las cenizas del Centro-Arte Alameda y que tiene varias salas y todo tipo de programadores y en una están exhibiendo el ciclo de cine-no-capturado-a-tiempo de Alan Parker. Qué extraño, le digo, si murió el viernes. Sí sé: por eso nos adelantamos. Vamos a dar Birdy: alas de libertad y la siempre polémica Pink Floyd: The Wall. Hay mucha gente nacida en los 80 que no desprecia cintas como Fama, Mississippi en llamas y Expreso de medianoche. Incluso si uno analiza sus cintas menos conocidas como Donde hay cenizas, acerca de una familia que se viene abajo por un divorcio, y Corazón satánico, que ahora gusta mucho por su acertada mirada a negociar con el diablo.

La vida, antes, era una película, a lo más los que estaban más seguro-de-sí-mismos que el resto ansiaban ser parte estable de un género. Las cintas de Alan Parker eran un tipo de paseo por los infiernos, donde casi siempre había momentos de calma o de humor, aunque todo fuera un horror. Es cierto, le faltaba matiz, era efectista y tropezó con Evita e incluso hizo un par de ladrillos para lograr respetabilidad, pero lo cierto que su arte era binario, polarizado, y por eso era capaz de remecer al componente adolescente de su masivo público.

Parker era el cineasta que transformaba todo en una pesadilla bien iluminada. Hoy su cine se ve más realista y a escala humana. No parece raro que sea celebrado en el futuro. Ahora, la cosa va más hacia las series. ¿En qué temporada todo se vino abajo? Que cómo termina. No lo sé. Y si lo supiera, no te contaría. Algo se aprendió de la colusión. La información vale. Nada de revelar un posible final feliz de nudistas en las playas privadas y parques fragantes de polen, sudor y semen, tinas de baño, y el agua que saldrá de los grifos será de pepino y mineral sin gas, de recitales punk en los estadios y bares subterráneos por la Zona Cero.

¿Y qué pasa si no queda claro cuándo es el final y cuándo debamos seguir?

Después de estar clausurados por meses, lo no-lugares, despreciados por unos y añorados por otros, comienzan a retornar.

El retorno.

¿No estás retornando aún? No, aún.

Retorno de donde.

¿A dónde fuimos? ¿A dónde fueron?

¿Así se retorna de la muerte?

¿A cuántas fiestas con infectados puros y tatuados que no fui?

¿Es posible desconfinarse del todo?

¿Cómo se hará cargo la memoria, cómo vamos a recordar esto? La meta del nuevo vocero parece clara: que olvidemos. Marzo al final llegó, pero de otra manera. ¿Retorno de otro país? Ah: por eso no le dicen retorno. Paso a paso. Comunas en transición, insisten. Por eso parece todo tan 80. Por eso la televisión abierta exhibe telenovelas antiguas. Esta es una regresión, no un regreso. Desean que olvidemos octubre, me insisten, la primavera es ahora una palabra cancelada. Los cines siguen cerrados, pero las historias no. Los cines se quedaron como reliquias del pasado, como esos muelles abandonados o esas maestranzas donde la gente va a bailar, rayar, donde las bandas de jóvenes van a grabar sus video clips. Los cines terminaron siendo tan útiles como locales abiertos e iluminados de videoclubs en medio del toque de queda a la espera de un Rappi que venga a buscar un VHS.

La respuesta a una pregunta de una encuesta clave fue atajada. Ante la pregunta, ¿desea desconfinarse?, un porcentaje de más del 35% dijo que no. Que se habían acostumbrados a estar recluidos. Que era mejor estar adentro. El nuevo vocero calvo convertido fue recibido con otra información secreta: la realidad que se adelantó a contarnos que el futuro iba a ser mucho más parecido al pasado que lo que todos pensaban. ¿Has visto a los mendigos en la basura, el humo de las ollas comunes, las filas largas frente a las AFP? Tu labor es paliativa, muchacho. Eres parte de la nueva primera línea. Me gusta que te hayas rapado. Se nota que tienes calle.

Comenta