José Zalaquett: descubrir el arte

Ad Parnassum, de Paul Klee

Extracto de Idealista sin ilusiones, donde los autores Constanza Toro y Patricio Hidalgo registran una serie de charlas en el departamento del fallecido profesor y activista de los Derechos Humanos. “Soy más de Lennon que McCartney, si eso me define”, dice el académico conocido por su admiración a Paul Klee y su aversión por Bob Dylan y Víctor Jara.



Llega a librerías Idealista sin ilusiones. Conversaciones con José Zalaquett (La Pollera, 2020), donde los autores Constanza Toro y Patricio Hidalgo cubren un abanico de temas que van desde los Derechos Humanos al ajedrez, la música, la pintura —"atesorar es una pulsión humana"— y el cine, en conversación con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, conocido por su participación en la defensa de los DD.HH. durante la dictadura.

Lo siguiente corresponde a un extracto del capítulo “Lujuria por la vida: el arte y otros placeres”.

José Zalaquett

Girasoles chorreando naranja: descubrir el arte

¿Su interés por el arte surge en la universidad?

Antes. Recuerdo que en uno de los exámenes del colegio, que se tomaban por una comisión del Estado, porque en esa época los colegios privados tenían que tener una, yo me había presentado con un seis en arte y los tipos dicen: “Aquellos que quieran subir su nota, que se presenten”. Me paré y me la subieron a siete porque me puse a hablar de unos cuadros que había en el Museo de Bellas Artes, para gusto de los examinadores estatales. A los quince años iba en automóvil y miraba las micros, abolladas y reparadas con distintas capas de pintura, lo que sugería un cuadro abstracto, igual que los portones y las rejas reparados y repintados, como se pueden ver en Valparaíso solamente. Una de las películas que me cautivó se llamaba Lust for life, que se tradujo como Sed de vivir, aunque significaría más bien Lujuria por la vida. Estaba protagonizada por Kirk Douglas, que ahora tendrá 99 años, o 104, no sé, y Anthony Quinn, haciendo de Van Gogh y Gauguin, respectivamente. De repente aparecieron en pantalla —porque era en color— los girasoles de Van Gogh chorreando naranja. Yo me quedé paralogizado, ahí me di cuenta que me encantaba el arte, mirar arte.

¿El gusto por la literatura y por la música surgió después o es paralelo?

El gusto por la literatura se dio de forma voraz en dos etapas de la vida: una cuando era adolescente, entre los dieciséis y los diecinueve, nunca leí tanto como en esa época, salvo de senescente, hace cinco años atrás, en que pasé por otra etapa de lectura muy intensa. Mi gusto por la música se fue desarrollando pese al profesor de música de la escuela, que ya falleció, que nos hacía pegar unos recortes de diarios con conciertos y no tenía capacidad crítica. Nuestro colegio se caracterizaba por tener una biblioteca que prestaba libros y una discoteca que prestaba discos, lo que era avanzado. Yo llevaba discos de música clásica para la casa y los escuchaba, y por eso sabía que la Sinfonía fantástica de Berlioz, tenía cinco movimientos en vez de los cuatro habituales, y que el tema de “Dies Irae, dies illa”: pom-pom-pompom-poooom, lo iniciaba la tuba y no el trombón, en el quinto movimiento. Entonces, cuando el profesor dijo “el último movimiento, el cuarto, lo inician los trombones”, yo paré la mano. No le gustó esto de verse contradicho. Además, era un profesor que nos hacía “levantar el libro de Mao”. Había compuesto un libro que se llamaba Cantares de Chile, pero un alumno se atrevió a pararse y decir “mi papá dijo que ese libro es un plagio, señor, porque él lo hizo, recopiló todas las canciones y usted las plagió”. Yo admiré el coraje de ese alumno. En todo caso, con esto el profesor se aseguraba una circulación nutrida. Pese a él, a partir de los discos que pedía me fui acostumbrando a escuchar música clásica. Inicialmente, como todo quien se inicia, me gustaban Tchaikovsky y Chopin. Me sigue gustando Chopin, pero por razones, creo, más profundas; y Tchaikovsky, menos, bastante menos, aunque algunas cosas sí las aprecio. Después me fui introduciendo a los grandes autores, poco a poco. En materia musical no soy novedoso. Mis grandes héroes, los grandes héroes de todos los tiempos, son los mismos tres que para todo el mundo: Mozart, Beethoven y Bach. Pero en materia de arte tengo gustos muy propios.

¿Cuáles son los motivos “más profundos” para que le guste Chopin?

Chopin es un gran compositor, uno de los más grandes de hecho, pero no por motivos superficiales de la pura melodía, sino entendiendo tanto su capacidad melódica —que es portentosa, como la de Mozart y la de Beethoven— como su capacidad de estructurar y de introducir distintas variaciones en el discurso musical.

En el caso de Beethoven y Mozart, ¿no detecta puntos débiles?

Siguiendo el prurito de que a los artistas hay que juzgarlos por sus mejores creaciones y no por las peores, porque todos las tienen, es verdad que Beethoven tiene unas obras espantosas. Por ejemplo, La batalla de Wellington, que de repente tiene cañonazos y un ritmo militar… y la Fantasía para piano, orquesta y coro en Do menor opus 80, que es de una vulgaridad supina. En el mismo sentido, a Mozart no hay que juzgarlo por su vida privada, porque era coprofílico, como ustedes saben, sino por sus creaciones, que son sublimes. Daniel Barenboim, un gran director y pianista al que admiro, dijo: “Hay malos compositores, buenos compositores, grandes compositores y está Mozart”. En realidad, Mozart está fuera de toda medida. Lo mismo Bach, son inagotables. Yo puedo escuchar todo el día las Variaciones Goldberg, de las que tengo nueve o diez versiones. En cambio, esos cantautores que le gusta poner a todo caballo a los taxistas, con todo el respeto que me merecen... no paso de la segunda audición, si es que llego a ella.

En los años 60 o 70, en ámbitos de izquierda, disfrutar tanto de la música clásica podría ser confundido con algo medio burgués o poco comprometido con temas sociales.

No tanto, porque en definitiva era bien mirado esto de ser “cultivado” y, por otra parte, también yo tenía una faceta de arte popular: me gustaban mucho los Beatles. Los descubrí conduciendo el auto, desde la escuela de Derecho al negocio familiar. Llevaba la radio puesta y sonó It won´t be long, yeah, yeah, yeah: quedé como San Pablo en el camino de Damasco. A las fiestas de la Escuela llevaba los discos de los Beatles y junto a dos personas, uno de los cuales terminó siendo sacerdote, Agustín Vial, éramos los beatlemaníacos. El resto se quedaba con los Cuatro Ases, los cuales terminaron olvidados, salvo para los nietos de los Cuatro Ases.

¿Y en música popular?

Escucho rock, no pop. El pop no me gusta, soy más de Lennon que McCartney, si eso me define. Aunque entiendo que me quedé un poquito atrasado, porque lo último que he escuchado es Pearl Jam, The Cure, Radiohead, todos de los años noventa. Una vez vino a Chile Leonard Bernstein, que estaba casado con una mujer chilena llamada Felicia Montealegre —el apellido de mi primera polola, María Inés, en la edad en que pololear significaba mirarse a los ojos un poco más pero no mucho más— y lo fui a escuchar al Teatro Caupolicán. Dio una entrevista al diario y dijo “no hay música buena o mala; hay buen jazz, mal jazz; buena ópera, mala ópera; buena música brasileña, mala música brasileña; buen rock, mal rock” y yo dije, ¡eso! Me sentí interpretado. Los Beatles siguen siendo un referente extraordinario, como también Pink Floyd y Led Zeppelin, pero no estoy completamente al día. En cuanto al jazz, hay muchos grandes. Pero los verdaderamente grandes son Miles Davis, Charles Mingus, Charlie Parker, Louis Armstrong, Duke Ellington y John Coltrane. Los mismos de siempre.

En cuanto al arte, uno ve que su casa está llena, sobrepasada de cuadros.

Eso en cuanto a artes visuales, también hay música y libros. Hoy en día, uno ve la revista Wikén o la sección de entretención en los diarios y salen críticas de películas, de libros y tenedores para calificar los restoranes. Ya no hay espacio para la crítica de arte. De repente hay algo sobre un disco de música, pero siempre que sea reggaetón o Raphael. A mí me interesan todas las artes, pero tal como decía la ópera Don Giovanni, “hay pasiones predominantes”. En el caso de don Giovanni eran las jóvenes principiantes, aunque también le hacía a las viejas, a las nobles y a las campesinas. Mi pasión predominante por nariz son las artes visuales, seguida de la literatura y la música que van parejas y solo una nariz detrás en esta carrera, porque todas las manifestaciones estéticas me complacen y me motivan, me entusiasman.

El gesto de comprar un cuadro, de tenerlo en su casa, de privatizarlo, ¿no le llama la atención?

No me llama la atención, porque en primer lugar creo que el atesorar es una pulsión humana; y en segundo lugar, aunque no digo que fuera la motivación principal, yo compré a muchos pintores que se estaban formando en los años ochenta y tenían una cuenta corriente conmigo. Venían y decían “Pepe, no tengo plata para ir a Lima”, y yo les hacía un cheque y después el artista pagaba con su propia moneda: pintaba un cuadro. Me asomaba a su taller seis meses más tarde y elegía uno o dos cuadros. Recuerdo que una vez estábamos en Nueva York con un representante de la Fundación Ford que había sido encargado de Chile, Jeff Puryear, que era un gran comprador de cuadros y llamaron cuando estaba en su oficina, por casualidad, Bororo y Samy Benmayor, que estaban revolviéndola por Nueva York. Jeffrey les dijo: “miren aquí estoy casualmente con Pepe” y vinieron, nos tomamos un cafecito y nos dijeron que querían ir a Vermont, donde les iban a exponer en una peluquería o una cosa así. Los dos sacamos la chequera, él hizo un cheque mayor que el mío porque era más pudiente, y los dos nos pagamos en una siguiente visita a sus talleres, meses después. Yo compré mucho de esos artistas, de Pablo Domínguez, que falleció hace unos siete años atrás a una temprana edad de cuarenta y seis años, de Marcela Trujillo, en fin. Y los cuadros que compré en su momento por cuatro pesos, ahora no valen cuatro pesos.

¿Qué cuadros rescataría de su casa si solo pudiera llevarse tres de ellos?

Escogería en primer lugar el que está en mi escritorio, del Teatro Baquedano. También un Irarrázabal —tengo cuatro— y finalmente una litografía de Elizabeth Murray, que falleció en 2007. Una vez que fui a Nueva York conseguí una cita con ella, nos fuimos a tomar un café, era muy agradable. Como soy goloso, escogí un brownie. Le quise decir que yo era una persona a la que le gustaban los dulces, pero dije que era una persona dulce. “Yes you are”, me dijo.

¿Usted cree que el Estado debe financiar el arte?

Moderadamente. En Holanda, en su momento se estableció un programa de financiamiento de artistas. Las estaciones de policía, las oficinas públicas, todas tenían alguna obra original. Esto hizo florecer artistas, pero bajó la calidad de las obras, como ocurre generalmente. No le digo que el artista tenga que ser un Van Gogh sufriente, que se corta las venas y pasa penurias, pero sí creo que la subvención no estimula la inspiración ni la creatividad. Como decía una persona, diez por ciento inspiración y noventa por ciento transpiración.

¿Nunca pensó en dedicarse al arte?

Yo era pintor de domingo a los veinte años, pero mi capacidad de apreciar iba más rápido que la de crear; muy pronto me di cuenta de lo malo que era, de que no era mi camino. También tengo el pecado de adolescencia de escribir poemas, me estremezco de pensar en ello. Nunca escribí ficción.

Hay una parte mitológica suya: se dice que su primer sueldo se lo gastó en cuadros y que luego vendiendo esos cuadros pudo comprarse un departamento.

No es mitológico, es verdad. El otro día un twittero me recordó el primer Paul Klee que compré, del cual usted puede ver ahí trescientos libros, porque es mi pintor favorito de todos los tiempos. Había un grabado de él que lo había comprado Sergio Larraín García-Moreno, que amasó una colección de arte que hoy es el Museo de Arte Precolombino, padre de Keko Larraín, un fotógrafo que murió hace poco y que se había retirado al valle del Elqui a meditar y se deshizo de todas sus posesiones humanas. Resulta que Keko Larraín le había regalado al pintor Nelson Leiva —de quien he perdido la pista desde entonces— un grabado de Klee, que se lo pasó su padre a él. Nelson Leiva iba a viajar a EE.UU. el año 67 y le dijo al twittero —Neville Blanc, de la Biblioteca del Congreso—: “por qué no lo vendes tú, porque los congresistas tienen plata”. Yo en esa época estaba haciendo mi tesis, pero como trabajaba en el negocio familiar, me iba a estudiar a la Biblioteca. Mi amigo Neville Blanc me prestaba las llaves de su despacho, ahí tenía todos los libros, estudiaba hasta las diez de la noche. Y una vez vi entre los papeles secantes, un papelito que decía “pasar a la lavandería, pagar matrículas” y de repente decía “Paul Klee”. Entonces, al día siguiente llegué unos minutos antes y le dije “¿por qué Paul Klee acá?”. “Mira, Klee es un pintor...”, empezó a responderme, pero lo interrumpí. “No, no, ¿por qué dice Klee acá?”. Y me contó el cuento de Nelson Leiva y el Keko Larraín. Le pregunté dónde estaba y si lo había vendido. Lo fuimos a ver a su casa y según él lloré de emoción, aunque no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que dije “¿cuánto?”, como la ópera Tosca, cuando ella le dice a Scarpia que era un gobernador infame: “¿Cuánto?, ¿il prezzo?”, y él responde “me condenaré, pero no me voy a vender a una mujer bella, por precio de moneda. Si debo traicionar la fe que juré no quiero otra merced sino mi placer”. Blanc me dijo un precio que en esa época eran 150 dólares, que hoy día serían 800, que para un muchacho como yo era mucha plata. Pero le dije “¿acepta un cheque a fecha?”, este señor se iba, qué se yo, el 15 de noviembre a EE.UU. “¿Lo puedo hacer para el 10?”. “Sí, alcanzamos”, me respondió. Y me llevé mi Klee.

¿Se lo llevó caminando por el centro?

No, en auto. Y de repente a una persona la atropellaron y yo estacioné y me bajé a ayudarla, y recuerdo con un poco de vergüenza que a medio camino volví a ver si le había puesto llave al auto, porque después de todos estos esfuerzos por conseguir el Klee, no fuera a ser que alguien me lo robara. Cuando me echaron del país le pedí a un amigo —Santiago Larraín, que ya falleció— que me vendiera este Klee y él se lo ofreció al Chupo Cruz —Carlos Alberto Cruz, un coleccionista chileno, conocido arquitecto—. Yo le había dicho que creía que valía unos mil dólares, así que pidiera unos dos mil, y en realidad él le pidió cuatro mil y el Chupo no pestañeó, sino que le dijo que le contestaba al otro día. Entonces le dije por teléfono “para todo”, pregunté en una casa de remates y, en ese momento, el último Klee de esa serie de litografías había salido en 9 mil. Esto era el año 76, resulta que el año 91 lo vendí en 85 mil dólares, con lo que está pagado la mitad de este departamento. Lo vendí en Sotheby’s de Nueva York. Lo sacaron a remate y dos japoneses pujaron desde 50 mil hasta 85 mil. Este era un grabado de 220 copias y las que estaban en buen estado, como la mía, valían mucho. Porque Chile tiene una virtud: como tiene un clima seco, se preservan los colores y este tenía un color rosado precioso, que tendía en la mayor parte de los grabados a degenerar en un anaranjado, pero los que conservaban un color rosado de sandía no madura, esos tenían un valor mayor. Con eso hice mi primer capital. Luego me dieron un premiecito con el cual hice mi segundo capital y con eso he vivido hasta el día de hoy.

¿El Premio Nacional de Humanidades?

No. El Premio Nacional de Humanidades son más o menos 18 millones de pesos más un cheque mensual de 800 mil, lo que no está nada mal. Pero este eran 300 mil dólares que me dio la Fundación MacArthur, lo que llaman el Premio de los Genios —ellos le llaman así, no yo—. Eso significó que del 90 al 95, me pasaron 60 mil dólares al año, me lo iban girando por trimestre. Iba acompañado por un seguro de salud, que yo podía renovar después a costo mío terminados los cinco años, pero no lo renové y seis meses después me enfermé de cáncer y quedé inelegible para cualquier seguro de salud para toda la vida. Pero esa es otra historia.

Nosotros hemos conversado acerca de lo sencillo que es usted y ser premiado es la antítesis de aquello, ¿cómo se relaciona con esa parte de su vida, con los premios y reconocimientos?

Me gustan los premios, más aún los que son en metálico. Recuerdo cuando acepté uno en La Moneda, habló el vicepresidente Pérez Yoma muy elogiosamente, todavía tengo el discurso. A mi turno, yo dije algo como lo siguiente: “Un amigo le dijo a otro, no seas tan modesto, no eres tan importante, por lo cual yo no pretendo ser tan importante, no voy a ser modesto y no voy a decir que no me merezco el premio. Si a uno lo marcan será por algo, será porque algo influyó, con algún sello especial”. No estoy en contra de los premios, menos si representan un salvavidas con respecto a la situación financiera más bien modesta que uno ha llevado como profesor y activista de DD.HH. ¿Ustedes rechazarían un premio?

Marlon Brando rechazó el Óscar, Sartre rechazó el Nobel.

Pero después fregó harto Sartre. Preguntó, cuando estaba en condiciones paupérrimas, si le podían pasar la plata y le dijeron que no. Sartre es un ejemplo de lo que desapruebo como pensador y como hombre público. En cambio, soy mucho más partidario de Albert Camus, Isaiah Berlin, esa gente. Camus dudaba, Sartre no dudaba y nadie de su generación dudaba, lo consideraban un gurú y yo encuentro que era un tramposo, aunque tiene algunas obras geniales, como El ser y la nada, y una que otra obra de ficción interesante, como La náusea o Las moscas. Por ejemplo, él creía que la única revolución exitosa era la revolución china, “porque produjo justicia”. Creía en todas las causas radicalizadas y es cuestión de ver sus escritos políticos para darse cuenta que pasó sin pena ni gloria, mientras que Camus está en ascenso.

Más allá de la forma en que consiguió su primer cuadro, su pasión por Paul Klee es...

¡Klee! ¡Paul Klee! (Corrige la pronunciación, indignado).

¿Qué es lo que más destaca de él?

Lo que destaco de su obra es bastante imponderable. Es apreciado semejantemente por una cantidad de fanáticos, o Klee lovers, como los llamaba un coleccionista. Usted lo ve o no lo ve, como los amantes de los perros o los gatos. Lo imponderable es lo siguiente: yo creo que Klee representa en mayor medida, por decirlo así, “lo humano”. Él le da el polvo, usted le agrega el agua de su experiencia y sus conocimientos y tiene una sopa. Tiene una gran calidad de atmósferas y dibujos de un colorido excepcional. Hay otros artistas que también representan para mí “lo humano” en la historia del arte: Jan Vermeer, un holandés del siglo XVII, y Masaccio, que implantó el Renacimiento en la pintura en el año 1426, si me permite la pedantería de ser exacto.

¿Cómo ha evolucionado su mirada sobre Klee a través de los años? Vimos que en abril de 2016 publicó en Twitter una larga serie dedicada a su obra.

Como podrá apreciar en mis anaqueles, tengo más de trescientos libros dedicados a él. Hace años, dejé en una librería de viejos en EE.UU. una lista larga de libros encargados, con la instrucción de que además me fueran mandando a Chile cualquier cosa nueva que fuera llegando. Así lo hicieron. Hace unos años una compañía teatral presentó una obra sobre Klee y vino la compañía entera a mi casa a informarse; habían escuchado que tenía todos estos libros. Vuelvo repetidamente a Klee, reviso sus libros, descubro cosas nuevas. También hice series en Twitter como “Romanos II”, “Picasso II” y “Mattise II”, porque se me van agotando los temas y la gente en las redes es inagotable.

En la biografía de Klee, es muy importante un viaje a...

Túnez, en 1914 (interrumpe con entusiasmo). Klee descubrió el color en Túnez. Él dice: “Ese es el significado de esta hora feliz: el color y yo somos uno. Soy un pintor”. En el desierto, esas tonalidades suaves... uno se asombra cuando viaja al norte de Chile —tengo familia allá—, de que el desierto tiene unas sutiles coloraciones que no se aprecian a simple vista. Klee viajó con sus amigos August Macke y Louis Moilliet. Tiene varias obras de esa época, hay una muy reconocida, Ante las puertas de Kaiuran, una ciudad de allá. Macke murió en la Primera Guerra Mundial, igual que Franz Marc. Muchos cercanos a él murieron en esa guerra. Klee sirvió en el ejército alemán, pero pintando aviones, una cosa así. Por eso se salvó. De su obra, me interesa sobre todo la etapa post Túnez. Tiene colores sorprendentes, inventa algunos, como por ejemplo en Sonido antiguo, se los puedo mostrar. Son una cantidad de cuadrados que a usted le representan precisamente un sonido estilo barroco, o incluso anterior. La paleta de Klee es inventiva, no es fácilmente discernible. Klee además tiene sentido del humor. Titulaba las obras después de una ceremonia que llamaba “el bautizo”. Terminaba la obra y dejaba que esta lo guiara, que le sugiriera un tema. Sus títulos son geniales. Retrato de aquella que fue bella, por ejemplo: un cuadro de una mujer que revela que ha pasado su belleza, aunque todavía algo queda. Tiene series como Belleza semítica y Belleza china, en que da estereotipos de esas bellezas.

Existe una vinculación entre Paul Klee y la música...

Estudió música (interrumpe veloz) y hubo un tiempo en que vaciló entre su carrera musical y su carrera como pintor. Era violinista en un cuarteto y después tocó en la orquesta sinfónica de Berna. Tengo un par de libros sobre Klee y la música. Tiene muchos cuadros sobre música, algunos en los que usted ve un pentagrama, o con alusiones directas... tiene un grabado sobre Don Giovanni, La Escalera: Juan Tenorio sube al balcón a tratar de seducir a su víctima. Klee tiene estudios sobre Don Giovanni. Plantea que la ópera de Mozart tiene dos cierres. Uno es después de que llega el convidado de piedra y se rehúsa a arrepentirse, se estremece de frío. Después viene un coro con todos los personajes, casi como una moraleja. Hay muchos que dicen que debió haber terminado en el primer final, pero Klee sostiene que se restaura el equilibrio con ese coro. La obra de Klee tiene una parte lírica en el sentido más poético de la palabra.

Generacionalmente, se le vincula con movimientos de vanguardia. También se le vincula, a través del movimiento Die BlaueVier, a la pintura de Vasili Kandinski.

Su arte es vanguardista, pero no tan preocupado de la invención de variaciones sobre el plano como Picasso o Braque. Compartía con la vanguardia un sentido del humor que conquistaba. Kandinski ha sido considerado uno de los grandes del siglo XX, pero a mi juicio es un artista macro, porque contempla el universo como un creador. En cambio Klee es un artista micro, le interesa el devenir de cada átomo de historia y de realidad.

Mencionó a Pablo Picasso. ¿Es otro de sus indispensables?

Picasso es la gran figura del siglo XX; no cabe duda, un portento. Con él siento la admiración que tiene un niño que está en el abrigo de su hogar mirando una tormenta por la ventana, junto con sus padres. Él me manda del Olimpo un rayo y yo me estremezco, pero no tengo la empatía que tengo con Paul Klee, George Braque y otros artistas. Me parece que es genial de una manera impositiva, él le da la sopa completa a usted, ¡y qué sopa!, pero no le pone el polvo, ni usted agrega el agua.

¿Y los grandes pintores españoles?

Los españoles tienen grandiosas figuras individuales y tuvieron un período muy bueno, el del Siglo de Oro. Velázquez es el pintor de los pintores, un maestro ante el que los demás caen de rodillas, y con razón: es insuperable. Goya es uno de los tres artistas que vivió a horcajadas entre dos periodos, el absolutismo y el republicanismo. Su vida se extiende desde mediados del siglo XVIII hasta entrado el siglo XIX. En la primera fase de su vida, Goya era bastante rococó, que es un término técnico, aunque se utiliza despectivamente. Pintaba para la corte del Rey Carlos IV, y ya se acusaba su tendencia a ser despiadado porque muestra a la familia real en toda su estulticia. En la segunda mitad de su carrera, después de la Revolución Francesa y su abrazo de los ideales liberales, hizo Las pinturas negras y Los desastres de la guerra, grabados que expresan una visión humanista. Los otros dos artistas con dos fases tan marcadas en su creación, que abarcó dos épocas, son Goethe —la diferencia entre Las desventuras del joven Werther y Fausto es evidente— y Beethoven. El Beethoven temprano es más deudor de Haydn. El tardío raya la cancha musical para todo el siglo XIX. Los demás compositores estaban azorados ante este monstruo que dejó escrito prácticamente todo. Hasta Brahms, estaban todos intimidados por el ejemplo gigantesco de Beethoven.

Tomando su explicación sobre Paul Klee, ¿cree que en los tiempos actuales la parte que está flaqueando en el arte es la del “agua”, la del “polvo”, ambas o ninguna?

Creo que el arte pasó por un periodo oscuro, pero se está afirmando. En este mismo momento estoy haciendo una serie en Twitter sobre instalaciones, que es una forma de arte que no me llegaba hasta hace un tiempo y ahora veo que hay creaciones notables. Ahora hay videos, performances... La modalidad en que se expresa la creatividad puede variar, pero en definitiva lo que pensaba en algún tiempo, que estábamos en una declinación, ahora lo matizo. Esto no significa que no crea que estamos viviendo un tiempo de incertidumbre, de experimentos. Abrazar lo nuevo irreflexivamente es una reacción medio neurótica para no quedarse atrás, pero rechazar todo lo nuevo es reaccionario. Se trata de mirar con un ojo crítico y esperar el paso del tiempo, a la vez que se sigue ejerciendo la capacidad de juicio.

¿Y los otros españoles?

Entre los otros españoles del siglo XX hay grandes artistas, como Joan Miró, Juan Gris o el mejor pintor realista vivo: Antonio López García, que es fantástico. A Dalí lo considero un mamarracho, diestro con el dibujo, pero un tramposo de porquería, un monstruo de falsedad. ¿Usted sabe que al final de su vida firmaba resmas de papel en blanco que sus ayudantes rellenaban con grabados truchos? Aparte que toda su vida es como un show, entre los bigotes echados para arriba y engominados… Insufrible.

¿Qué relación tiene con la pintura realista?

¿En qué se diferencia un buen realista de un gran realista? En la mirada. Claudio Bravo era un realista muy exacto, pero su mirada era algo teatral, artificiosa. López García tiene una mirada tradicional española, ligeramente elegíaca, pensando en la naturaleza humana, cargada de dolor.

Aunque no es realista ni piensa en el dolor, si es por destacar “la mirada” se podría pensar en Andy Warhol o Marcel Duchamp.

Warhol es tramposillo, pero célebre. A los compradores, sobre todo los que tienen mucho dinero, les interesa como signo de estatus tener algo que sea identificable, que usted entre a una empresa y diga “oh, tiene un Warhol”, porque ve una Marilyn Monroe con los labios pintados, con el amarillo en el pelo... Hay que distinguirlo a él del resto del Pop Art. Esto se remonta a los tiempos de Marcel Duchamp y su famoso urinario que colocó como si fuera una obra de arte. El hecho de que él dijera que era una obra de arte y lo sacara de su emplazamiento habitual le daba una categoría especial. Después lo hizo con una rueda de bicicleta y así. Pero una vez que usted ya hizo eso, que ya ha “demolido”, no puede andar circulando por el mundo con un overol de “demoledor”. Andy Warhol hace lo mismo. Pone una caja de Cola-Cola o de detergente Brillo, como de hecho lo hizo. Pero usted puede hacerlo con calugas, mondadientes, anteojos, lo que quiera. Los ejemplos son infinitos, los corolarios ya los sabemos. Duchamp se cansó de la pintura, se retiró y se dedicó al ajedrez con resultados bastante mediocres, porque estaba en los top 500, no en los top diez, como cuando era artista.

Es como el truco de Magritte, con “Esto no es una pipa”.

Magritte es mucho más valioso de lo que se cree. Estuvo muy subvalorado un tiempo, pero en realidad el hombre tiene una caracterización. Perdóneme la seguridad y el gusto con el que hablo de estos temas, porque los he pensado bastante y a lo largo de una vida. Magritte tiene una cuestión que es propia de la buena publicidad, que es ser inmediatamente legible, imaginativa y memorable. ¿Ustedes han pasado alguna vez por la estación de Metro Universidad de Chile? Ahí hay grandes murales. ¿Recuerdan alguna imagen? ¿No? Entonces no es memorable. Pero usted ve cualquier muralista mexicano y dice “esta imagen es memorable”. Como Eco de un grito, de Siqueiros: el niño que grita y se hace un eco de sus gritos en la repetición de su cabeza. Magritte tiene eso, ideas geniales que son memorables, inmediatamente legibles e imaginativas. En ese sentido lo he revalorizado porque en mi juventud, torpe de mí, lo subvalorizaba.

¿Le gustan los murales mexicanos?

Mucho. La mayor parte de los países son estaciones repetidoras, no antenas transmisoras. En ese sentido, si tenemos una antena transmisora en nuestra región podría ser el arte mexicano de los muralistas; al menos durante un tiempo. En general, el arte se movió a ciertos centros donde iban los artistas destacados de todas partes, como fue París desde el siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial. Allá se fueron Matta, Diego Rivera, Wilfredo Lam, distintos artistas. Pero inicialmente el centro fue —aparte de la Antigüedad helénica y grecorromana— Florencia y los Países Bajos. Luego fue Venecia, en el siglo XVI, Roma en el siglo XVII, luego París y después Nueva York, en la segunda mitad del siglo XX. Ahora hay una multitud de lugares y tiene que ver con los medios de comunicación. En parte Londres, en parte Nueva York, en parte Berlín. En estos momentos no hay un centro, como lo hubo durante muchos siglos.

¿Qué otro artista ha revalorizado con los años?

Más bien hay algunos que he desvalorizado. Renoir, por ejemplo, lo encuentro muy blandengue comparado con Monet y Manet, que son los grandes maestros de mitad del siglo pasado. Manet no era un impresionista propiamente tal, pero es el tata de todos ellos. Y Monet es el más grande de los impresionistas. Renoir... Una vez fui a ver una exposición de unos cuatrocientos Renoir, en EE.UU., y salí atosigado, enguatado, empalagado; era mucho merengue. En cambio las exposiciones de otros impresionistas que vi, de cuatrocientas obras o más, todos se enriquecían. Todos, menos Renoir.

¿Y la pintura chilena?

Un notable crítico que se llamaba Antonio Romera habló de los cuatro grandes de la pintura chilena. Él se refería a Lira, Valenzuela Llanos, Valenzuela Puelma y Juan Francisco González. Yo comparto que dos de ellos están entre los cuatro grandes. Saco a Lira y Valenzuela Puelma y coloco a Alfredo Helsby y Pablo Burchard. En la pintura contemporánea hay muchos. Somos estación repetidora, pero las estaciones repetidoras siempre tienen una o dos personas que han emigrado a los centros de antena transmisora, como Matta o Bravo. Localmente tenemos una cantidad de personas que transitan por terrenos abiertos por otros, pero con un sello propio, u otros que son solo académicamente correctos, que son la mayoría. Entre los que transitan por terrenos abiertos por otros, que no están abriendo nuevos caminos del arte pero usted les nota un sello propio, de mucha calidad, están los que he mencionado.

¿Roberto Matta?

Matta fue perjudicado por su frenesí dibujístico. Tenía tanta facilidad y era tan desordenado que incluso se ha desvalorizado su producción. En Chile las personas que tienen un Matta creen que tiene que valer por lo menos cien mil dólares, aunque sea un Matta chiquitito, en circunstancias de que su producción de los años cincuenta fue inmensurablemente rápida, prolífica y de baja calidad. Lo que ocurre con Matta es que de repente pagaba a sus arrendadores con un cuadro, las pensiones de alimentos de sus varias mujeres las pagaba con cuadros. Al no tener un orden cronológico ni un representante oficial, se ha desvalorizado su producción. Eso pasa también con sus grabados. Acá se ofrecen sus grabados a dos millones cada uno, y en Sotheby’s usted se compra una carpeta de diez grabados de él por 6 mil o 7 mil dólares. Matta fue un gran artista, con una prodigiosa facilidad, pero fue perjudicado por su impulsividad, su exceso. Su mejor producción es la de los años cuarenta.

Si tuviera que rescatar tres cuadros de la hecatombe nuclear, para la posteridad, ¿cuáles rescataría?

Partiría por uno de Vermeer, que está en Viena: El arte de la pintura. Es maravilloso, y Austria es un buen lugar del cual rescatarlo. Seguiría por uno de Holbein que está en Basilea, El Cuerpo de Cristo muerto en la tumba. Y finalmente Ad Parnassum, de Paul Klee.

¿Qué opinión le merece el arte de vanguardia?

El arte de vanguardia trata de provocar, de shockear al espectador, épater le bourgeois. Por ejemplo, Andrés Serrano,que colocó un crucifijo dentro de una vasija llena de orina, como para generar escándalo, nunca he entendido eso. O Robert Mapplethorpe, que es un fotógrafo de mucha calidad, pero que se dedicó a las prácticas sadomasoquistas más extremas... en fin.

¿Somos antena transmisora en literatura?

En literatura es difícil porque es más variado, es más contingente con respecto al idioma. En música las grandes expresiones vienen de Alemania, y en cierto tipo de música, de Italia. Los franceses tienen muchos compositores, pero no son mis favoritos salvo, quizás, Debussy y Ravel.

¿Y en escultura?

Ahí tenemos buenos exponentes, como Francisco Gacitúa y Vicente Gajardo, pero ninguno de ellos es antena transmisora.

No mencionó a Mario Irarrázaval, un artista vinculado a los DD.HH.

No me gusta. Está bien lo de los DD.HH., pero no estamos hablando de eso, estamos hablando de escultura. Encuentro que no tiene un planteamiento de las formas tan original. Ha tenido algunos éxitos, como esa mano que emerge de la tierra en Punta del Este, que ha repetido en el desierto de Chile y en varias otras partes. Pero yo no sé si usted ha estado en la Clínica Alemana. ¿Ha visto esa escultura de unos personajes alrededor de una fuente? (Hace un gesto de hastío).

¿Y fotografía?

Me interesa mucho. Entre los chilenos, encuentro que Paz Errázuriz es muy buena. Entre los internacionales me interesa, en la primera mitad del siglo XX, Henry Cartier-Bresson y Alfred Stieglitz y en la segunda mitad, Andreas Gursky. Búsquenlo en Internet.

En general, cuando se refiere al arte, cine y literatura hace alusión a artistas europeos, chilenos, latinoamericanos, estadounidenses, pero no menciona referentes orientales.

No siempre. Por ejemplo, en la serie que estoy haciendo ahora sobre instalaciones en Twitter pongo bastantes instalaciones orientales, de Japón, de China, de Corea. Incluso hice una serie sobre Ai Weiwei, un artista chino que hace instalaciones. Al mismo tiempo he puesto mucho sobre arquitectura de la India, fotógrafos de distintas partes del mundo. O sea, me cuido de reflejar la variedad de las manifestaciones artísticas, no un ángulo exclusivamente occidental.

¿Pero a usted le gusta la estética oriental, más allá de sus series en Twitter?

Me gusta el buen arte oriental, como me gusta el buen arte occidental. Depende de la calidad. El cine oriental sí, con mi señora veo mucho cine chino, japonés, iraní y rumano, porque el mejor cine se está haciendo en lugares más bien remotos; el cine Pixar es valioso, pero responde a un modelo, a un patrón.

¿Tiene directores favoritos en cine?

Scorsese y Kubrick son mis directores fetiches. De Kubrick me gusta todo, solo no he visto Killer’s kiss, que la hizo cuando tenía menos edad que ustedes. The killing, que también es de esa época, sí la vi. Me gustó Espartaco, Lolita, El doctor insólito, 2001. Odisea del Espacio, La Naranja mecánica y sobre todo Barry Lyndon, a diferencia de la mayor parte de la gente. Luego vino El resplandor, Full metal jacket y Eyes wide shut. Lo encuentro extraordinario. Es muy distinto a Scorsese, pero ambos tienen un amplio rango de creatividad. Scorsese siempre está reinventándose, es muy distinta The Age of innocence a Gangs of New York o The Aviator. Kubrick se preparaba como cinco años para cada película; por mientras, yo esperaba. Scorsese es más prolífico. Mientras Kubrick hizo una docena de películas, incluyendo las primeras, Scorsese hizo muchas más, desde Mean streets, que es una de sus primeras películas, muy buena.

¿Woody Allen?

Le he visto casi todo. Me interesa, me hace reír muchísimo. Él tiene esa cosa de humor en la que usted se conecta con él, porque usted dice “eso lo pude haber dicho yo”, pero no lo dijo usted, lo dijo Woody Allen. Lo escribió otra persona, se atrevió a darle forma y se la dio de modo genial. En ese sentido a Allen lo encuentro muy gracioso, aunque tiene sus debilidades, por supuesto. Tiene unas películas tipo Ingmar Bergman que no le sientan. Generalmente las películas seriotas que hace son un fracaso, pero la mayoría son muy divertidas. La última película en la que me reí a carcajadas fue De Roma con amor, cuando su futuro consuegro canta ópera mientras se baña... muy gracioso. Tiene esa cosa de humor obvio, pero no tanto. En otra película se va a hacer un examen cerebral. Le hacen un scanner y le dicen que no tiene nada. Sale feliz del instituto médico, hasta que se para y dice “me voy a morir, algún día me voy a morir”. Entonces le pregunta al cuñado por esto y él le responde “no te preocupes, porque cuando mueras vas a estar inconsciente” (se ríe fuerte). Esas cosas las encuentro geniales.

¿El cine europeo clásico?

Me interesa el cine de Fassbinder y el de Fellini. No me interesa tanto el de Antonioni ni el de los franceses. Los encuentro un poquitito demasiado autoconscientes. Tienen grandes películas, pero son más numerosas las no tan grandes. Además, en este prurito por parecer naturalistas, de repente un personaje le dice a otro “oye, no cerraste la puerta” y el otro le responde “no, es que estaba mala” “¿El cerrojo?”. “No, los goznes”... ¿So what? Los franceses son así. A mí me tienen que asegurar que una película francesa es buena para que vaya a verla. La última que vi fue Dos días, una noche, con Marion Cotillard, que es sobre una persona que ha sido despedida de su trabajo, y la encontré buena. Es un drama bien planteado. Pero, en general a los franceses les tengo recelo.

¿El cine argentino?

¡Muy bueno! La última que vi fue Relatos salvajes, me reí mucho.

¿El cine chileno?

Yo me quedo solamente con el Andrés Wood después de Machuca, incluyendo La Buena Vida y Violeta, que creo es la mejor película que se ha hecho en Chile. Salvo Andrés Wood, siempre veo cine chileno con los nervios de que van a cometer una chambonada técnica, de sonido, actuación, enfoque o cámara, de lo que sea. Pablo Larraín también me interesa.

¿Cuáles son sus películas inolvidables?

En primer lugar las de Víctor Erice, que tiene solo tres. Está El Sur, una historia en la post guerra española de un médico que viene del sur, pero se va al norte; es del bando derrotado y su relación con su hija es conmovedora. Me hizo llorar a mares. Otra película inolvidable es El Ángel Azul, de Josef Sternberg, con Marlen Dietrich, sobre un profesor que se deja seducir y pierde todo su estatus como profesor, es del año 1930, imagínese. También me resultó inolvidable Fresas Salvajes de Ingmar Bergman, una gran película. La incluí en otras de mis listas de Twitter.

A propósito de eso, usted ocupa mucho Twitter.

Hago series de arte, alternadas con series de música. No es que recomiende, sino que pongo todo lo que me parece relevante, me guste o no. Un ex alumno me escribió y me dijo: “Profesor, no sabía que a usted le gustaba Bob Dylan”. En realidad lo detesto, pero me parece importante. Encuentro que tiene una voz gangosa, con falsete, y eso no lo perdono. Lo encuentro un pseudo poeta, aunque mucha gente dice que es el más grande poeta de todos los tiempos. Insoportable. Lo del premio Nobel fue un chiste. Yo creo que los miembros de la Academia Sueca se sintieron nostálgicos de sus quince años, cuando lo escuchaban y se sentían inspirados. Y el tipo se dio el lujo de no ir simplemente, no rechazó el premio, pero no fue. Si yo se lo hubiera dado a un letrista se lo habría dado a Leonard Cohen, que es mucho más sentido, Like a bird on a wire...

Pero a lo mejor el premio a Bob Dylan le sirve para volver sobre él, ¿o su opinión es irrevocable?

Totalmente irrevocable, la Academia Sueca no me va a sacar de mi opinión. Me pareció una afrenta personal que se lo dieran a él y no a Philip Roth.

¿Y entonces por qué lo comparte?

Porque es relevante. Bon Jovi tampoco me gusta, no me gusta Metallica, pero los pongo porque no se los puede ignorar. Mis series no son sobre mis preferencias. Mi lista de insufribles es bastante larga en realidad. En música, en la cabeza de la lista están Prince y Barbara Streisand. I can´t stand them.

Usted cita bastantes óperas en clases. ¿Es una de sus pasiones predominantes?

Con la ópera sucede como con la hípica. A mí no me gusta, pero de quienes les gusta se dice “es hípico”. Edgardo Boeninger, Jaime Castillo, Alfredo Etcheberry, Carlos Figueroa, José Miguel Insulza, esos son hípicos. Ese tipo de gente compra una pata de un caballo fina sangre, son dueños de un caballo entre varios. A mí me gusta toda la buena música pero no soy operático, no me gusta solo eso, ni sé en qué año se resfrió tal tenor. No me interesa tanto.

¿Qué óperas salvaría entre su música predilecta?

Es cierto que de las cuarenta mil óperas que se calcula que se han escrito en la historia de la humanidad, el 99 por ciento es una basura. Lo cual deja todavía cuatrocientas óperas geniales, que no es poco. Si usted sabe escoger las buenas óperas... está Don Giovanni, basado en El Convidado de Piedra de Tirso de Molina, del Siglo de Oro español, o Las bodas de Fígaro, ambas de Mozart, dos de las más grandes creaciones musicales de todos los tiempos, o las últimas de Verdi, cuando ya tenía ochenta y tantos años, Otello es una maravilla. También está Wagner, que es de asiento largo. Woody Allen dice en una película que cuando escucha a Wagner le dan ganas de invadir Polonia. Lo dice cuando va saliendo de la ópera con Diane Keaton y ella le dice “no sabía que te gustaba la ópera”. Wagner es un gran músico, pero un pésimo libretista y él escribía sus propios libretos, que eran eternos, aunque Tristán e Isolda tiene algunas arias fantásticas, sobre todo el duo de amor... (tararea el duo).

Rigoletto es una de sus preferidas, sabemos.

De Rigoletto dicen los italianos que es como el chancho, uno aprovecha hasta la cola, la cabeza... no hay una parte de Rigoletto que no sea cantabile.

Sobre sus series, llama la atención que sean tan atemporales, en un medio condenado al presente y la contingencia por segundos como Twitter. ¿Usted se sirve de esa paradoja o sencillamente le parece el medio más cómodo? ¿Por qué publica?

Lo hago porque tengo seis mil y tantos seguidores y es un medio muy eficiente para esa cantidad. Hace algunos años, cuando en el blog junté cuarenta lectores me sentí satisfecho. Ahora, no digo que los seis mil se queden mirando mis tweets todo el tiempo, porque solo algunos reaccionan notificando que les gustó o algo similar, antes se decía “favoritos”. Creo que va quedando ahí un legado, tiene el propósito de ir construyendo un sistema, una especie de inventario o sedimento de lo que uno considera interesante en arte, como quien mantiene un diario. Una cosa así.

Resulta curioso su rechazo a Bob Dylan. Es un cantautor indiscutible, así como en Chile lo es Víctor Jara, quien entendemos tampoco es de su total agrado.

A Víctor Jara siempre lo he considerado espurio, sus canciones las aborrezco. En particular “Te recuerdo Amanda” la considero la canción más siútica que hay, pseudo obrera, la “calle mojada, corriendo a la fábrica...”, puaj. Y “La plegaria del labrador”, “Levántate y mírate las manos...”, “limpia como el fuego el cañón de mi fusil...”. Esas canciones combativas no las aguanto.

Gastón Soublette considera, precisamente, que los primeros versos de “Te recuerdo Amanda” son la máxima expresión de la poesía en español.

Póngame a Gastón Soublette por delante y le contesto. Me parece que Víctor Jara es la máxima expresión de la siutiquería en español.

Nosotros pensábamos que encontraría espurio al Pollo Fuentes, por decir algo.

¿Lo encuentran detestable? Está bien, a mí me resulta totalmente indiferente. No es que lo abrace, pero no está en mi lista negativa.

¿Qué le parece Violeta Parra?

Absolutamente genial. Conozco sus arpilleras y sus canciones son espectaculares, una gran poeta.

¿Qué le parecen Los Prisioneros y Jorge González?

Interesantes, Pateando piedras es interesante. Jorge González ahora está muy enfermo, no sé qué enfermedad tiene, neurológica. Generalmente eso no tiene buen pronóstico, o sea que en pocos años más no tendremos a Jorge González. Si se cuida puede que sean unos pocos más, pero no una eternidad. Bueno, nadie tiene una eternidad.

¿Y Quilapayún, Inti Illimani?

En su época los escuché y todavía los tengo en vinilo. Ahora están un poco más fechados, dated, por decirlo así. Pero todavía los escucho con agrado. Una vez cada dos años, más o menos.

¿Joan Báez?

La encuentro cada vez más siútica.

¿Atahualpa Yupanqui?

Atahualpa Yupanqui sí. ¿Me estoy redimiendo?

Apenas. ¿Alfredo Zitarrosa?

Es bueno Zitarrosa. Uruguayo, como los Olimareños. Pero si me preguntan por la señora que era ancha como un ropero de tres cuerpos, ¿cómo se llamaba la argentina esa?

¿Mercedes Sosa?

¡Esa! Tiene algunas cosas buenas, pero es como mucho, ¿no?

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