Diego Portales, “autoritario, déspota y un escritor formidable”

Diego Portales retratado por Camilo Domeniconi, 1837.

Figura protagónica en la formación del Estado, el poderoso ministro que fue asesinado en 1837 era un febril autor de cartas. Escribió miles de ellas. Una nueva edición a cargo del poeta Adán Méndez ofrece una selección de su epistolario, donde se despliega su personalidad avasalladora, sus pasiones y odios, su humor negro y procaz, y su talento superlativo para el arte del insulto.



De qué sirve la ley, se quejaba indignado. Instalado en la cima del poder político como ministro de Interior, Relaciones Exteriores y Guerra, Diego Portales le preguntó al senador Mariano Egaña: ¿el gobierno tenía facultades para detener opositores sin orden de un juez? Egaña le contestó negativamente y respaldó su respuesta no con un informe, según Portales, sino con un tratado. “Con los hombres de ley no puede uno entenderse”, escribió el triministro en 1834 en una carta a su amigo Antonio Garfias. “En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea para producir la anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad”, agregó, y con absoluta convicción: “De mí sé decirle que con ley o sin ella, esa señora que llaman la Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”.

Impulsada por él mismo, la Constitución de 1833 no tenía un año y Portales la declaraba inútil. “Pero a Egaña dígale que sus filosofías no venían al caso. ¡Pobre diablo!”.

Dictador, déspota, genio político, héroe oscuro o villano irresistible, Portales es una figura que atraviesa la historia de Chile y que ejerce una poderosa atracción entre los historiadores. Personaje complejo y de un carácter avasallador, parecía atravesado de contrastes: conservador y autoritario, ideólogo del orden con mano dura, liberal en su vida privada, era al mismo tiempo escéptico del país, tanto de sus masas ignorantes como de sus élites “imbéciles”.

Aun con todas esas aristas, el ministro que cayó asesinado en 1837 fue además un extraordinario escritor de cartas. Su epistolario es tal vez la mejor aproximación a la personalidad de Portales. Irónico, a menudo cruel y descarado, en las misivas despliega su personalidad dominante, su humor negro, sus pasiones y odios y su talento superlativo para el arte del insulto, contra los liberales, “los huevones y putas que joden al gobierno” y las familias de alto rango, “todas jodidas, beatas y malas”.

“Este país debería llamarse Portales”, decía Nicanor Parra, gran admirador de sus cartas. Este aprecio lo comparte su amigo, el poeta y editor Adán Méndez, quien publica Cartas personales de Diego Portales, con el sello Ediciones UDP, una selección de 300 textos de su correspondencia.

En su opinión, el epistolario portaliano es “el primer gran acontecimiento de la literatura del Chile independiente”. Agrega en ese sentido: “El del epistolario en todo caso fue un acontecimiento secreto, y también para él mismo, porque nunca se consideró literato. Y el epistolario empezó a publicarse un siglo después de su asesinato. Pero Portales es, con mucha distancia, el más actual de los escritores del XIX chileno. El único que puede hoy leerse exclusiva y abundantemente por placer. Sus cartas están llenas de drama, de crítica, de humor, e incluso hay momentos líricos y épicos. Como registro de costumbres y lenguaje, es un tesoro absolutamente irremplazable. Y todo esto está unido en ese conflicto de fondo que es la personalidad de Portales, un personaje shakesperianamente encantador, paradójico y peligroso. Me extraña mucho que los especialistas no reconozcan aún algo tan evidente: acabo de ver una historia reciente de la literatura chilena que dedica un tomo completo al siglo XIX, un trabajo académico, muy serio, y no tiene un solo capítulo dedicado a Portales”.

¿Cómo es Portales en tanto escritor?

Sencillamente, escribe cartas. Muchas, todos los días. Domingo Melfi calcula que debe haber escrito unas 5 mil. Más que escribirlas, las ocupa. Parece dirigir gran parte de su vida -y muchas vidas ajenas- por medio de las cartas. Estas, rara vez son sencillas, siempre parecen tener varias intenciones ocultas además de las manifiestas. Está fundamentalmente preocupado del efecto de sus escritos: sus cartas tienen propósitos. El lenguaje es marcado, claro y exacto; la expresión, intensa. Aunque tiene todo tipo de intenciones en sus cartas, su personalidad es más fuerte y el instinto artístico también es más fuerte: sus cartas están marcadas por el humor del momento, y se deja llevar con mucho gusto por el sonido de las palabras.

¿Es franco o provocador? Parra lo llamaría “cara de palo”.

Está mucho allá de ser un provocador; a diferencia de ese tipo de sujetos, Portales es efectivamente peligroso, demostradamente capaz de matar y morir. Yo no llamaría provocador a quien concreta un golpe de Estado. Lo de “cara de palo”, sin duda, esa es una expresión más compleja, que lo describe mucho mejor -excepto porque explotaba con facilidad. En general, no se consigue describir a Portales con un término, sin que haya que usar en seguida su contrario.

La imagen más popular de Portales es la del ministro dictatorial o déspota. ¿El epistolario profundiza o complejiza esa imagen?

La complejiza y la profundiza, sin modificarla de manera demasiado visible. Es autoritario, dictador y déspota, por cierto; ahora, un dictador que sea también un escritor formidable es un fenómeno más complejo que un dictador puro y simple.

Una de las cartas más célebres es la que dirige a Joaquín Tocornal, donde dice que el orden social se mantiene en Chile gracias al “peso de la noche” y describe con mucha dureza al país. No deja títere con cabeza. ¿Cómo describiría su visión del país?

Su visión está repartida en cientos de cartas, es un extenso mural lleno de pequeñas y grandes escenas. Por cierto, tiene todas las declaraciones que un patriota debe tener, pero su visión detallada es más exacta que patriota: en su epistolario se describe un país precario, con una economía harto miserable, con un territorio no muy controlado y geopolíticamente amenazado, masas embrutecidas y élites imbéciles, dividido internamente, y en donde el crimen, la enfermedad y la muerte abundan. Hay una atmósfera muy ominosa que se va imponiendo mientras se avanza en el epistolario, y toda esa atmósfera está recogida en esa imagen fundamental: el peso de la noche. Lo divertido es que poco después de hablar de este “peso de la noche”, afirma que sin él nos encontraríamos a oscuras. Es exasperante.

¿Cómo ve el contraste entre su vida pública y privada?

Se suele contrastar su faceta más privada, vividora, con su vida pública, pero no veo ese contraste. También era un gran organizador en materia de juergas, también era una autoridad en los asuntos dionisíacos.

El poeta y editor Adán Méndez. Foto de Patricia Cecilia B.R.

Uno de los rasgos que llama la atención es su humor, a menudo muy procaz.

Muy procaz, muchas veces irreproducible. En la primera edición del epistolario incluso ocultaron muchas de sus expresiones. Ahora, esta forma de expresarse no siempre es por humor. A menudo es procaz hablando en serio. Y varias de sus cartas de este tipo están entre las mejores de las suyas, sus facultades expresivas parecen volar cuando llega a este nivel.

¿Portales miraba con menosprecio al pueblo, era clasista?

La época era muy clasista y cruel, y él, por cierto, no es mejor que su tiempo en este aspecto. Excepto por su preferencia declarada por la música popular, no recuerdo momentos en que el “pueblo” fuera su preocupación. Recuerdo muy pocos momentos en que se hable de algo así como el pueblo. Cuando estaba en Lima, en una carta reclama que su padre le habla de hambrunas en Chile, tema que dice no importarle nada. Muchos años después, reclama que Tocornal está atrasado con un hospital y que esa es una irreparable falta de piedad para con los pobres. Ambos momentos son contradictorios, y seguramente son ambos irónicos. En otra ocasión manifiesta que puede no ser malo que le falten balas a los soldados, porque está seguro que a bayoneta no perderían jamás una batalla. O sea, opinaba que eran cuchilleros natos. En otra ironía shakesperiana, poco después esos soldados lo rematarían a bayoneta.

“¿Sabía usted que la maldita ausencia de señoras no me deja comer ni dormir a gusto?”, escribe. El tema sexual era cosa seria para él...

El tema sexual es una de sus preocupaciones permanentes, claro, ¿de quién no? Por lo mucho que se filtra al respecto en sus cartas, en él tenemos toda una sociología sexual. Pero a mí me llaman sobre todo la atención ciertas actitudes suyas al respecto, que son excepcionales en un tema más bien corriente y universal. Por ejemplo, la franqueza casi alegre con que expresa su envidia ante algunas conquistas ajenas, o la filosofía con que se toma el hecho de que la edad le esté quitando la capacidad de gozar del sexo.

Sobre la relación con su amante Constanza Nordenflicht, con quien tuvo tres hijos, se ha escrito bastante. ¿Fue canallesco con ella?

Nuevamente, la época considera respetables muchas cosas hoy canallescas. Una querida tenía muy pocos derechos de por sí, y ninguna posibilidad ante un hombre tan inmanejable y poderoso como Portales. El epistolario tiene varias novelas interiores, y la de Constanza Nordenflicht debe ser la más intensa y desazonante. Excepto pelucones furiosos, como Bunster, los demás corremos a ponernos del lado de ella.

Otra idea que se ha difundido es que no era un hombre de ideas, y menos aún culto.

Resulta muy fácil resolver ese tema, pues uno de los hombres más cultos de la humanidad, Andrés Bello, era su compadre y aparece mucho en el epistolario. Pues bien, Bello lo supera ampliamente en todo, excepto en el rasgo más importante para un escritor: Portales es actual. Es permanentemente actual. No era para nada un hombre de ideas: no persigue ni trata teóricamente sus temas, se dedica a ellos apenas mientras algún interés práctico los ilumine. Antes que las ideas, prefiere siempre y en todo caso a las personas, los hechos y las cosas, y hasta preferirá un cigarro que una idea. Eso no es ser inculto, al contrario, me parece una cultura muy exigente y elevada. Esa acusación de incultura se refería originalmente (digamos en Lastarria) a una falta de cultura en materia de teoría política: su poco conocimiento le habría impedido encontrar mejores opciones en su actuar político. En este sentido, la acusación es bastante seria y, sin duda, sería maravilloso un político que se guíe por su conocimiento político, y no por su mera voluntad e intereses. Pero, en cuanto escritor, no padece ninguna falta de cultura, la tiene de sobra para serlo. Basta con decir que incorporó a Cervantes perfectamente.

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