1991: Metallica en el punto sin retorno

1991 fue el comienzo del fin del rock como expresión capaz de resetear sus posibilidades creativas y oler a espíritu adolescente. Lo que vino después fue decadencia entre el pesimismo fúnebre del grunge, la parodia del chico con pataleta del nü metal, la palidez creativa del retro rock, y las estocadas propinadas por el pop femenino empoderado a partir de Britney Spears.



Un día como hoy hace 30 años Metallica publicó el Black album y la aldea global del metal se dividió. Conquistaron instantáneamente el primer puesto de la revista Billboard despachando 500 mil copias en Estados Unidos en apenas una semana. A la fecha, ostenta la vigesimocuarta posición entre los discos más vendidos de todos los tiempos, con 25.2 millones de copias.

Las estadísticas dejan fríos a los antiguos fans, cuando Metallica era la banda de culto más grande de la Tierra en los 80, con una legión de adolescentes urdiendo una red alternativa de información vía correo y fanzines, conectando a la comunidad del thrash metal marginada de los grandes medios de comunicación, excepto para vincular al género con el satanismo -una de las obsesiones de la era Reagan-, o reducirlos a un chiste como sucedió con Necrosis en Sábados Gigantes, a merced de Don Francisco.

Metallica no existía en la televisión, ni en las grandes radios y revistas musicales oficialistas como Rolling Stone, hasta que se hizo inevitable la cobertura y el rédito de un fenómeno musical con su propio ecosistema. El estreno del video de One en 1988 representó un hito metalero. Tres años después la premiere del clip de Enter sandman fue un acontecimiento propio de la masividad del pop.

El Álbum negro implica un quiebre para esos primeros fans porque Metallica dejó de encarnar una relación exclusiva, convirtiéndose en un matrimonio abierto donde la banda se entregó sin pudor a la masa. Contrataron a Bob Rock para replicar el sonido del exitoso Dr. Feelgood (1989) de Mötley Crüe, a pesar de ningunear su nombre por “poseros”. Lars Ulrich se enorgullecía de haberles gritado en un concierto que eran una mierda, como James Hetfield contaba el chiste de haber divisado a unas prostitutas, “pero cuando nos acercamos nos dimos cuenta de que era Mötley Crüe”. Sin embargo, en la incipiente escena metalera de Los Angeles a comienzos de los 80, un Hetfield adolescente pagaba religiosamente un dólar en la boletería del Troubador la noche de los miércoles, para ver a la flamante banda de Nikki Sixx.

Metallica aplicó síntesis en la composición de clásicos como Sad but true y Wherever I may roam, como torcieron la ruda trayectoria del thrash metal mediante un hit envasado en power ballad -Nothing else matters-, perfecto para el romance en las fiestas. Sumaron público al bajar los cambios a su habitual velocidad y virajes progresivos, cumpliendo los vaticinios del bajista Cliff Burton. “A veces, cuando escucho música más suave que la que hacemos”, declaró, “siento que me gustaría escribir canciones así, aunque ahora mismo no hay tiempo para eso, pero algún día creo que sucederá”.

Metallica vendió millones, pero perdió una facción de sus fieles desolados ante lo que consideraban concesiones inaceptables al mainstream. Los versos de James Hetfield en Sad but true resonaban amargos y paradojales:

Ellos

Ellos traicionan

Yo soy ahora tu único amigo de verdad.

Ellos

Ellos traicionarán,

Yo estoy siempre ahí

***

Las cosas estaban cambiando por última vez para el rock en 1991. Al cisma de Metallica, dispuestos a perder seguidores con tal de conquistar más audiencia, se sucedieron una cadena de álbumes donde cada banda se disponía a romper con parte de su pasado, para encaminar el remate del siglo con un lenguaje más amplio. Lo hizo R.E.M. con Out of time, componiendo un clásico de su discografía mediante tonalidades y ambientes menos solemnes. Nirvana pulió su escritura y compactó el sonido en Nevermind, tras el crudo debut Bleach (1989). Red Hot Chili Peppers encontró por fin su identidad en el quinto título Blood sugar sex magik, una prerrogativa impensable hoy en día en la industria. Guns N’ Roses encaminó su rock de garito hacia los estadios con Use your illusion. U2 reinventó por completo la paleta sónica en Achtung baby, dejando atrás el rock cowboy de Rattle and Hum (1988). My Bloody Valentine lanzó Loveless con todo el volumen posible para tallar en piedra los mandamientos del shoegaze. Blue lines, el primer álbum de Massive attack, parió el trip hop como una sinopsis del nuevo milenio. Primal Scream espastilló el rock stone en dirección sintética y bailable en Screamadelica, mientras The Edge y Gustavo Cerati tomaban puntillosos apuntes.

En Chile 91 experimentamos el inicio de un nuevo capítulo de rock con bandas que reflejaban a ese país de caminar asustadizo en los inicios de la Transición. Estaba el pueblo orgulloso y de heridas abiertas representado por Los Tres en el debut -”en un martes de horror”, como cantaba Álvaro Henríquez en Flores secas-, conviviendo con el Chile ansioso de dar vuelta la página e insertarse internacionalmente, encarnado por La Ley en Doble Opuesto.

1991 fue el comienzo del fin del rock como expresión capaz de resetear sus posibilidades creativas y oler a espíritu adolescente. Lo que vino después fue decadencia entre el pesimismo fúnebre del grunge, la parodia del chico con pataleta del nü metal, la palidez creativa del retro rock, y las estocadas propinadas por el pop femenino empoderado a partir de Britney Spears, la arremetida del urbano con timbre latino y la invasión asiática del K-pop, arrebatando la homogeneidad masculina anglosajona de rock y guitarras.

Carlos Gardel, rey de un género que también fue favorito de multitudes en el siglo XX, canta en el clásico Cuesta abajo unos versos ad hoc para los nostálgicos de aquel último periodo evolutivo del rock.

Las ilusiones pasadas

No me las puedo arrancar

Sueño con el pasado que añoro

El tiempo viejo que lloro

Y que nunca volverá

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