Sergio Larraín: cómo escapar de una leyenda

Sergio Larraín, en sus años en el valle del Elqui.

Acaba de llegar a las librerías nacionales, vía Ediciones UDP, Sergio Larraín, la foto perdida, un libro que a través de los ojos de su sobrina, Catalina Mena, indaga en la biografía del afamado fotógrafo chileno. En charla con Culto, la periodista se explaya sobre la figura de su misterioso tío, su ascetismo, su postura de vida ligada a lo espiritual, el paso por el grupo Arica y la revalorización de su trabajo



Es una de las cosas que plantea al final de las consultas que le hacemos para este artículo, pero acaso es la más ejemplificadora. “Él mismo Sergio Larraín lo decía: ‘Uno tiene que liberarse de todas las imágenes’”. Quien lo dice es la periodista Catalina Mena (55), y a lo que apunta es algo que el afamado fotógrafo siempre buscó en su vida: quitarse de encima aquellas etiquetas que le incomodaban.

Librarse fue un camino que Larraín escogió prácticamente desde su juventud. En aquellos años que traspasaron las décadas del 40 y 50, chocaba con su progenitor. Su modo de vida despilfarrador, preocupado del éxito, de la ostentación y el consumo, nunca le acomodó.

“La vida de Larraín está atravesada por este conflicto con el padre, que representa la autoridad, el sistema, el modelo burgués, pero también representa el éxito, la frivolidad, el dinero, etc –indica Mena a Culto–. Este conflicto con la autoridad masculina patriarcal y con la alta burguesía chilena puede verse en otras relaciones que él tuvo y también en sus escritos”.

Estos conflictos, no solo con su padre, sino que con el mundo del cual terminó por aislarse para escapar de su fama como fotógrafo, Mena los refleja en un libro que acaba de editar Ediciones UDP. Sergio Larraín, la foto perdida se llama, y su autora tiene un vínculo especial con el artista, pues es su sobrina.

Catalina Mena.

Un tío especial

Pero ser sobrina de alguien famoso nunca es fácil, sobre todo si ese famoso era Sergio Larraín. De hecho, Mena admite que Queco –como le decían en el núcleo primigenio–, era una especie de fantasma dentro de la familia, y que incluso tiene pocos recuerdos de él.

“De los hermanos de mi madre, fue al que menos traté. Nunca fui a visitarlo, pero su espectro volvía una y otra vez, obsesivamente a las conversaciones familiares. Oíamos, los niños, hablar de él con un tono entre misterioso, inquieto y, francamente, cabreado”, señala Mena en el volumen.

Esa distancia que existía en la familia fue algo que Mena debió sortear para la escritura del libro. “La dificultad de abordar a Sergio estaba justamente en el cruce de la cercanía familiar con la distancia real. Él era un mito, no sólo dentro de la familia, sino a nivel cultural más amplio y, de algún modo, sigue siéndolo”, señala la periodista.

¿Cómo definió el punto de vista del libro?

Una de las cosas más difíciles para una escritora novata como yo fue encontrar el lugar “desde dónde” escribir, asumir una posición y una voz. En eso me demoré bastante para lograr ser honesta respecto a mi desconocimiento personal del personaje pero, al mismo tiempo, entregar una perspectiva cercana. Así construí el libro a partir de voces de mi madre, tías, amigos, etc y fui transparentando dentro del mismo texto mis dudas en el proceso.

Salirse de las fórmulas

Sergio Larraín fue alguien complejo. La búsqueda de escapar de su lugar de origen fue algo que marcó su vida. “Larraín es un desclasado, alguien que rechaza su clase social y se cambia de lugar, esa es su primera contradicción, porque uno puede salirse del espacio en el que ha crecido, pero lo lleva en la mochila adonde vaya. En todo caso, la contradicción articula su vida”, dice Mena.

De hecho, esa contradicción es algo que ha hecho de Sergio Larraín un mito, y eso fue lo que más le complicó el trabajo a Catalina Mena. “Lo más complejo fue salirse de los relatos que estaban instalados, porque se ha escrito mucho sobre Sergio Larraín, pero es siempre desde la perspectiva de su carrera en la agencia Magnum y de su retiro al Valle del Limarí. Existe un relato heroico del ‘renunciante’ al éxito, que al final es parte de un imaginario exitista. Es la mitología del héroe que consiguió el más alto trofeo y luego se deshizo de él, que se dio el lujo de despreciar la que a todo el mundo le parecía precioso”.

“Yo quería salirme totalmente de esa fórmula, quería escribir otra historia, que tuviera más que ver con la cabeza del artista, con lo que a él le pasaba internamente –agrega Mena–. Y ahí no cabía la noción de ‘éxito’, porque además es una palabra que no corresponde al lenguaje de Larraín. Entonces, más que complejidad en el reporteo, hice mucho trabajo de reflexión personal, de ir armando otro relato sobre el personaje y darme cuenta de cuáles eran los elementos fundamentales de la historia que yo quería contar. Eso, como primera dificultad”.

Pero más allá de –como hizo su tío– escapar de una leyenda, había otra cosa que inquietaba a Mena mientras escribía. “No puedo negar que me inhibía pensar en la opinión que tendría mi familia, si iban o no a sentirse identificados y tocados por el libro. Eso se tradujo en momentos de autocensura y bloqueo, pero los fui superando rápidamente en la medida que el libro comenzó a fluir”.

En este libro usted expone varias cosas que tienen que ver con su familia, ¿cómo se han tomado la publicación del libro?

Afortunadamente el libro les gustó harto y están contentos. Se sintieron reflejados de una manera justa. Así es que el libro ha sido una instancia de encuentro.

El ascetismo y el grupo Arica

Si hay algo clave en la vida de Sergio Larraín, y que sorprendió a Catalina Mena mientras escribía el libro, fue el paso por la escuela de crecimiento personal Arica, liderada por el gurú boliviano Oscar Ichazo. “Esa pasada fue muy compleja y decisiva, tuvo distintos momentos que marcaron las decisiones de Larraín. Aún falta mucho investigar al grupo Arica, hay varias cosas que averigüé y que no puse en el libro, porque se me habría ido por las ramas. Pero –advierte Mena– el grupo Arica es todavía una fuente de saberes e historias que no se han contado”.

¿Cree que esa experiencia marcó su carácter ascético o es algo que simplemente ya venía de antes y ahí lo desarrolló más?

La pasada por el grupo Arica, más que marcar su carácter ascético, fue su Escuela, así, con mayúscula. Su única escuela, porque él nunca terminó estudios universitarios ni se interesó en eso. Tampoco estudió fotografía, la foto fue un lenguaje innato, que desarrolló de manera autónoma. Pero los conocimientos adquiridos en el Arica –ejercicios de meditación, yoga, psicocalestenia, eneagrama, etc—son cosas que Larraín integró con mucha disciplina y seriedad a su vida, que enseñó a otra gente durante los más de 30 años que vivió en el Valle del Limarí y que siguió practicando hasta el final de su vida.

Así, el paso por el grupo formó su carácter sencillo. Tras conocer el éxito con la Agencia Magnum, simplemente decidió dejarlo todo y vivir con lo mínimo en el Valle del Elqui. Aunque, según plantea Mena en su libro, otra persona influyente en este modo de pensar fue su madre.

“Sin duda Sergio Larraín comparte una sensibilidad social y espiritual con su madre. Uno de sus primeros trabajos fotográficos, y a mi juicio también uno de los más relevantes, es el retrato que hace de los pelusas del Mapocho. Ese trabajo estuvo relacionado con su madre, ya que fue a través de ella que se contactó con la fundación Mi casa, quien le encargó esas fotos”, asegura Mena.

“Esas imágenes tienen un tremendo voltaje emocional y visual, son muy potentes en su apuesta estética pero también en lo que transmiten: te cortan la respiración. Fueron esas las fotos que vio Cartier-Bresson y que definieron la entrada de Larraín a Magnum”, agrega.

Considerando la aparición del documental Sergio Larraín: el instante eterno, y además este libro, ¿piensa que hay una revalorización de la figura de su tío como artista?

Sin duda es un momento de revalorización de Sergio Larraín. Tiene que ver con procesos que llevan años y que ahora concluyeron y se mostraron. Pero también pienso que Larraín es una voz interesante en este momento, en que estamos en un descampado de liderazgos más profundos, de personas que hablen desde un lugar más descentrado, que no sea el discurso político (que muchas veces es demasiado obvio) o el de los “expertos” (que miran su pedacito de realidad). Larraín trae de vuelta una sensibilidad de los 60 y los 70 que hoy puede ser recuperada en muchos sentidos. Hay una mezcla de la vida común con lo artístico, lo social, lo espiritual y lo existencial, que a la gente le hace sentido. Larraín entrega un mensaje de cómo vivir juntos en un momento de crisis y una consciencia planetaria que hoy estamos más preparados para asumir. Y no lo hace sólo con las fotos y los textos, sino también con una performatividad, con un proyecto de vida, poniendo su propio cuerpo en el asunto.

¿Qué ha significado en su vida ser la sobrina de un personaje tan relevante en el mundo de la cultura como su tío Sergio?

Siendo súper honesta no ha significado nada. Yo pertenezco a una familia grande y hay muchos sobrinos y sobrinas de Larraín. Nunca me he pensado como “la sobrina de Larraín”, esta posición la asumí exclusivamente para escribir este libro que fue un encargo de la Universidad Diego Portales. Yo me ubico en la posición de alguien que escribe sobre arte y fotografía, y es desde ese lugar que asumo a esta figura y trato de resolver mi parentesco, de transparentarlo. Pero en mi vida no me ubico en la imagen de “sobrina”, no me atrapo la imagen de “mujer”, “hija de”, “chilena”, “madre”, “divorciada” o “abuela”.

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