“He estado escribiendo historias personales toda mi vida”: el retorno al origen de Alice Munro

La danza de las sombras se llama el primer libro de cuentos que la canadiense -ganadora del Nobel en 2013- publicó en 1968. Hoy, en una nueva edición vía Lumen se puede acceder a ese debut. Como en gran parte de su obra, en esos relatos ya se vislumbra una temática central: su infancia y la vida en su pueblo natal de Ontario.



15 cuentos son los que en su libro debut, La danza de las sombras, publicó la canadiense Alice Munro, en 1968. Para entonces, contaba con 31 años, y llevaba 18 años escribiendo cuentos en la intimidad de su hogar, entre su natal Ontario, luego -una vez casada- Vancouver y Victoria. Su talento deslumbró de inmediato y fue galardonada con el Governor General’s Award, quizás el premio literario más importante de Canadá, y que posteriormente volvería a ganar dos veces.

A partir de ahí, Munro -nacida como Alice Ann Laidlaw- comenzó una fructífera carrera de escritora. En su mayoría, con libros de cuentos. De hecho, sus relatos comenzaron a aparecer en el New Yorker a partir de 1970.

Como pocos escritores, Munro se ha declarado como una cuentista, aunque a su haber tiene una novela, La vida de las mujeres (1971). Pero es en el género corto donde ha despuntado como una de las maestras al respecto. En ellos, fundamentalmente ha escrito sobre su vida y su familia en su rural pueblo de Wingham, Ontario.

“En muchos sentidos, he estado escribiendo historias personales toda mi vida”, comentó en charla con The Guardian, en 2013. Por eso, ha hablado de lo poco que bebían sus padres, los problemas económicos de la granja de su infancia durante los años siguientes a la Gran Depresión; la casa de la familia al final del camino; la enfermedad de Parkinson de su madre a los 40 años; su beca para la universidad de Universidad de Western Ontario; su matrimonio joven con un compañero -James “Jim” Munro- bibliófilo de corazón, y su posterior divorcio

De hecho, su madre es una figura central tanto en su vida como en sus cuentos. Lo dijo tal cual en una entrevista con The Paris Review en 1994, y lo repitió en 2012 con el New Yorker: “Supongo que mi madre sigue siendo una figura principal en mi vida porque su vida fue muy triste e injusta y muy valiente, pero también porque estaba decidida a convertirme en la niña que recitaba en la escuela dominical y que era desde el principio. siete años más o menos, luchando por no serlo”.

Junto con su amiga Margaret Atwood, es una de las escritoras más reconocidas del Canadá. Sus cuentos, de alguna forma llegan profundamente a los lectores. ¿Por qué esa conexión? Munro señaló al Guardian: “Tal vez escribo historias en las que la gente se involucra mucho, tal vez sea la complejidad y las vidas que se presentan en ellas. Espero que sean una buena lectura. Espero que conmuevan a la gente. Cuando me gusta una historia es porque hace algo”.

Cuando empezó, su gran referente era Eudora Welty, la estadounidense que escribía del sur de su país. “Todavía la admiro -dijo al New Yorker-. Nunca intentaría copiarla, es demasiado buena y demasiado ella misma. Su libro supremo, creo, es Las manzanas doradas”. Welty manejaba los formatos largos (novelas) y cortos (cuentos). En ese último se quedó. “Durante años y años pensé que las historias eran solo práctica, hasta que tuve tiempo de escribir una novela. Luego descubrí que era todo lo que podía hacer, y lo enfrenté. Supongo que mi intento de meterme tanto en las historias ha sido una compensación”, señaló al New Yorker.

Historias en retrospectiva

Munro está de vuelta en las librerías nacionales justamente con su libro debut, que se encontraba descontinuado. La danza de las sombras está en castellano a través de Lumen, y en el volumen leemos unos cuentos ágiles y envolventes. Como los del ruso Anton Chéjov, con quien se le suele comparar. Son breves, a diferencia de los cuentos más largos y con cierto aire a novela que después la caracterizarían, algo así como los de John Cheever.

La crítica literaria del The Guardian, Craille Maguire Gilles, asegura sobre el volumen: “Estas primeras historias me parecen más simples que el trabajo posterior de Munro. Sus personajes han envejecido con la autora, y las piezas se vuelven más largas, más complejas, menos sobre un evento de un domingo por la tarde y no tan fijos, con un giro al final”.

Y a renglón seguido agrega: “El idioma puede parecer anticuado, el entorno ligeramente extraño. Incluso los personajes de Munro tienen nombres anticuados: Gladys, Myra, Flora. Pero sus niñas y mujeres son totalmente modernas. Son apasionados, celosos, inteligentes y ambiciosos, oprimidos por lo que se espera de ellos y por lo que se les niega”.

Por su lado, Jonathan Liebson, del Atlantic, señala: “De historia en historia, uno siente un sostenido anhelo de independencia. El deseo de alzar la voz, la dolorosa necesidad de denunciar la injusticia personal o social, lucha contra el peso pesado de las normas colectivas. Esta presión la sienten con mayor intensidad los protagonistas mayores de Munro, quienes enfrentan mayores riesgos en su oposición y consecuencias cada vez mayores por el fracaso”.

Por supuesto, su madre ocupa un lugar en estos cuentos. De ella se trata el relato La paz de Utrecht, donde cuenta historia de Helen, una madre de dos hijos que ha viajado a través del país de regreso a la casa familiar. “Helen entreteje escenas retrospectivas de la infancia, descripciones de la casa y el porche delantero, y fragmentos de diálogos o recuerdos. Ella se resiste a escuchar acerca de los últimos días de su madre, así como de su propia negligencia como hija, y los muchos desvíos de la historia parecen intencionales, como una forma más de sacudirse estas restricciones autoritarias”, explica Liebson.

Munro recibió el Premio Nobel de Literatura en 2013, y en la ocasión, la Academia Sueca la distinguió por ser “maestra del cuento corto contemporáneo”. No pronunció el clásico discurso de aceptación, porque señaló estar demasiado enferma para viajar. En vez de eso, la Fundación Nobel fue a llevarle el galardón a su casa y le hizo una entrevista. En la ocasión, dijo que no solo era un reconocimiento a ella, sino al género que cultiva. Esto, pensando en que la gran mayoría de los y las premiadas han sido novelistas o poetas. “Esto es algo maravilloso para mí, y algo maravilloso para el cuento. Los cuentos a menudo se descartan como algo que la gente hace antes de escribir una novela...Me gustaría que salieran a la luz sin ningún compromiso”.

Además, se refirió al hecho de haber usado a su vida pueblerina como material para hacer literatura: “Creo que cualquier vida puede ser interesante, creo que cualquier entorno puede ser interesante. No creo que hubiera sido tan audaz como escritora si hubiera vivido en una ciudad [más grande] y si hubiera ido a la escuela con otras personas que estuvieran interesadas en las mismas cosas que yo...lo que podrías llamar un ‘nivel cultural superior’. No tuve que lidiar con eso: yo era la única persona que conocía que escribía historias...¡Yo era, hasta donde yo sabía, la única persona que podía hacer esto en el mundo!”.

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