Columna de Rodrigo González: Depredador: La presa: el colonizador que cayó del cielo

Depredador: La presa es una muy buena película de entretenimiento masivo. La dirige Dan Trachtenberg, que en Avenida Cloverfield 10 (2016) había demostrado tener oficio y pulso para el negocio de la acción y el suspenso sin caer en clichés de cuarta.



En 1719, cien años después de que un grupo de puritanos llegó a Norteamérica, la nación comanche aún no sabe de la existencia del hombre blanco. Viven, respiran y cazan al ritmo del peligro y la bondad diarias, variables que pueden ir desde el encuentro con algún oso malhumorado hasta una bestial lluvia pre-calentamiento global.

Son temerarios, saludables y felices a su manera. Conocen los signos de la naturaleza como nadie y no depredan más de lo justo. Al menos eso es lo que la película Depredador: La presa parece querer dejar en claro en sus primeros minutos, filmados a gran escala y aprovechando las vastas extensiones del territorio que hoy es la provincia de Alberta en Canadá y los estados de Montana, Wyoming y las dos Dakotas en EE.UU.

Cuando aún los comanches no saben que cerca de ahí algunos comerciantes de pieles franceses merodean guiados por la ética del gatillo fácil, la joven Naru (Amber Midthunder) cree comprender cuestiones que sus congéneres ni atisban a interiorizar. Un gran trueno y un bulto gigantesco que cae desde el cielo gris son las primeras señales. Un campo sembrado de búfalos desguazados y desangrados es el preludio de algo peor.

Ignorada por los muchachos de la tribu que sí creen dominar las artes de la caza y sólo acompañada de su fiel perro, la heroína de Depredador: La presa está sin embargo un paso más adelante que el resto. Es su salvoconducto de supervivencia en un planeta de carniceros donde ahora hay un alienígena que come más que el resto. Es el conocido, gigantesco y horrible ser del espacio exterior que ha venido deleitando al público desde el primer filme de 1987, con Arnold Schwarzenegger como su némesis terrestre.

Menos repugnante que Alien (sobre todo cuando usa su máscara), homínido en su contextura corporal y cubierto de tentáculos craneanos semejantes a dreadlocks, Depredador tiene la suficiente cercanía al espectador como para servir de alegoría de cualquier cosa. Ha tenido la fortuna de que cuatro de sus cinco películas (sin contar las Alien vs Depredador 1 y 2) sean bastante buenas y en esta oportunidad su presencia es algo así como el preludio del otoño comanche y, por extensión, humano.

La irrupción primero de los traficantes de pieles es una señal de que el orden natural ha sido violado. Posteriormente la presencia del Depredador que liquida todo a su paso es la prueba de que las cosas se pueden salir de órbita en menos del tiempo esperado. El resto son los 300 años hasta hoy de la relación entre nuestro planeta y los depredadores y presas que la habitan.

Pero más allá de las disquisiciones alegóricas de trasnoche, Depredador: La presa es una muy buena película de entretenimiento masivo. La dirige Dan Trachtenberg, que en Avenida Cloverfield 10 (2016) había demostrado tener oficio y pulso para el negocio de la acción y el suspenso sin caer en clichés de cuarta. Disponible en la plataforma Star Plus de Disney es, por de pronto, bastante más interesante que un estreno hiperventilado como Tren bala, la superproducción de Sony Pictures con Brad Pitt, ahora en salas.

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