Columna: Olivia Newton-John, la delicada exuberancia

Olivia Newton John es una sola. Voz, imagen y, sobre todo, canciones eternas e inolvidables de una manufactura descontinuada.



Hubo muchas Olivia Newton-John, a pesar del aire angelical que se impone en la memoria de boomers y la Generación X. La estrella británica-australiana fue una artista de extraordinario éxito mundial, acostumbrada cada cierto trecho a los giros desarrollados con tal gracia que parecían completamente naturales. La transformación de Sandy en Grease (1978), la chica inocente y virginal convertida en un bombón en spandex, que deja boquiabierto al engreído Danny (John Travolta), representa una dinámica constante en su carrera, un sello donde el hilo conductor es un cancionero entrañable marcado por una voz fenomenal y reconocible, con un talento melódico que no merece otra categoría que clásico entre clásicos.

Existe la veinteañera de rostro perfecto y peinado con brushing que interpretaba un vals lacrimógeno titulado Sam (1977) mirando a la cámara -epítome del soft rock de la segunda mitad de los 70, una historia de corazones rotos en busca de consuelo-, y la estrella country de fenomenal éxito en Estados Unidos en la primera parte de aquella década, provocando serios debates debido a su condición extranjera, y por su origen artístico ajeno a los sombreros y las botas cowboy.

Olivia Newton-John acumulaba bagaje como estrella pop adolescente en Australia con frecuentes apariciones en televisión, y luego en Inglaterra a partir de la segunda mitad de los 60, el destino natural para desarrollar su carrera, tal como lo hizo Bee Gees.

(AP Photo/Nick Ut, File)

Existe, finalmente, la estrella pop que capitaliza de manera brillante el éxito de Grease mediante un nuevo vuelco. En 1978 cumplió 30, publicando un título inequívoco: Totally hot. Incluía hits como A Little more love donde Olivia cantaba líneas como “¿dónde quedó mi inocencia?”, más cerca de Blondie que de la canción romántica, con un look new wave que encajaba perfecto para una belleza como la suya.

A la vez, en una demostración de exuberancia artística, ese fue el mismo año de un clásico de su arsenal de éxitos como Hopelessly devoted to you, una balada fenomenal de la banda sonora de Grease que alcanzó el tercer puesto del hot 100 de Billboard, registrando además su regreso a los charts del country, mediante una dramática interpretación, eco del espíritu del film que evocaba los 50 a un paso de los 80.

Olivia se movía en todas esas direcciones -pasado, presente y futuro- con extraordinaria plasticidad y éxito hasta el tropiezo del film Xanadu (1980), aún cuando inscribió otro clásico de su repertorio, la canción homónima junto a Electric Light Orchestra, en una descomunal unión de potencias del pop.

La cantante ingresó a los 80 sin titubear sobre el rumbo musical de la década con los sintetizadores dominando el panorama.

Physical (1981) fue un shock para sus seguidores. Si terminó fumando y mascando chicle en Grease, el memorable video de la canción que bautizó Physical es una parodia del ambiente de los gimnasios plagado de secuencias que hoy le traerían problemas, con una imagen fitness que se convertiría en símbolo de la década. Gracias al video, su aura angelical se esfumó por un tiempo.

La cantante en 1982. (AP Photo/Reed Saxon, File)

Cada una de esas fases fue ejecutada con total maestría. Se adelantó décadas en cruzar del country al pop, el mismo camino que después recorrieron Shanaia Twain y Taylor Swift, atravesando desde las avenidas del country hasta el gran público sin que el mundo se viniera abajo como sucedió con Olivia, cuando en Nashville incomodaba su nombre por éxitos como Let me be there (1973).

Hay muchas versiones y capítulos memorables en torno a su figura, incluyendo la adaptación criolla, soez y festiva del estribillo del hit You’re the one that I want.

Por supuesto, Olivia Newton John es una sola. Voz, imagen y, sobre todo, canciones eternas e inolvidables de una manufactura descontinuada.

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