El Agente Secreto: En Busca de La Memoria Perdida
Nominada a cuatro Oscar y premiada en Cannes, El Agente Secreto de Kleber Mendonça Filho es un vigoroso retrato de una época aciaga en Brasl. Wagner Moura, que postula a la estatuilla a Mejor actor, interpreta aquí a un profesor universitario cuya vida corre peligro en 1977.
Recife, nordeste del Brasil, 1977. Armando (Wagner Moura), que luego se hará llamar Marcelo, llega en su Volkswagen escarabajo amarillo a una destartalada estación de servicio en medio de la carretera. El empleado de la gasolinera, que lleva la camisa abierta por el calor de la zona, le dice que no preste atención al cuerpo que está tirado algunos metros más allá, tapado con diarios y husmeado por una jauría de perros callejeros. En el intertanto aparece una patrulla y sus dos policías bajan de ella para pedirle documentos a Armando. Luego lo coimean, se llevan sus cigarrillos y hacen caso omiso del cadáver adyacente.
Así es el estado de las cosas en Brasil en el inicio de El Agente Secreto (2025), la nueva película del realizador Kleber Mendonça Filho, ganadora de Mejor director en el último Festival de Cannes y nominada a cuatro Oscar, entre ellos Mejor película, Mejor película Internacional y Mejor actor. Al realizador nacido y criado en Recife, le bastan tres o cuatro pinceladas de trazo fino para ir construyendo escenas domésticas durante la dictadura brasileña modelo 77, al mando del general Ernesto Geisel. En ese país hubo 21 años de régimen militar, de 1964 a 1985, con diferentes presidentes, texturas, colores, hitos y clases de asesinatos.
Para contar esta historia, Mendonça Filho evita los discursos o los casos emblemáticos y más bien opta por la pequeña historia de seres arrasados por la vorágine de la impunidad. Aplica recetas del cine de género, citas a las películas que en ese tiempo se daba en las salas (desde Tiburón a La Profecía) y también a la música de la radio y a la moda imperante.
A través de esa opción es capaz de contar la travesía de Armando, cuya chapa para rehuir a las autoridades es Marcelo. Él es un profesor universitario de izquierda, seguido de cerca por un par de sicarios enviados por el siniestro funcionario gubernamental Henrique Catro Ghirotti (Luciano Chirolli). Armando ni siquiera tiene militancia política y su crimen fue oponerse verbalmente al desmantelamiento de su equipo de trabajo en el campo de la electricidad, tarea ordenada por Ghirotti y sus secuaces, quien aprovecha su cargo en Electrobras para su propio pecunio y negocios familiares.
Cada uno de los personajes que va a apareciendo en la historia tiene una dimensión importante. Quizás en algunos momentos la trama puede parecer algo inconducente, pero el vigor con que Mendonça Filho retrata a sus caracteres supera esos tropiezos. Esta galería de tipos humanos van desde quienes disfrutan El Magnífico con Jean-Paul Belmondo en la sala de cine a los empleados que apenas soportan el tedio en una oficina de baja ventilación; desde los matones a sueldo que viajan de Sao Paulo a Recife a la eminente abogada que busca sacar a Armando de Brasil.
Se trata, sobre todo, de un gran fresco histórico-social de dos horas y 20 minutos que ilumina algunos callejones perdidos de la historia con mayúsculas. Poco a poco se irá entendiendo todo y uno agradece haber tenido paciencia con una película que cautiva antes que nada con su poderío visual, la esencia del cine después de todo.
Como ya lo ha hecho en sus obras anteriores, Mendonça Filho utiliza con sensibilidad la canciones de época y una vez más recurre en un rol revelador al actor alemán de culto Udo Kier, en la que fue su última aparición cinematográfica. Era el representante de otra época, de la misma manera que el buen Armando lo fue de la suya.
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