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Archivo inédito: viaje a la mente de Jorge Edwards

Desde el manuscrito de Persona non grata hasta cartas con Neruda, Vargas Llosa y el General Prats, el fondo del Premio Cervantes de la UDP permite reconstruir la historia cultural del siglo XX. El legado incluye sus cuadernos personales, material inédito y su biblioteca íntegra.

Jorge Edwards Valdés es un escritor, crítico literario, periodista y diplomático chileno. Miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. FONDO HISTORICO - CDI COPESA Archivo Histórico – Cedoc Copesa

“Querido Jorge”, tipeó Pablo Neruda en su máquina de escribir el 4 de agosto de 1970 desde la salina ventolera de su casa en Isla Negra. “Es importante para nosotros saber cuándo vas a venir a Chile”. El interés del poeta no pasaba solo por reencontrarse con su viejo amigo, sino por un favor muy particular. “Supongo que no habrás olvidado ir a ver el indio anticuario y a ver si me tienes alguna noticia de los dos mascarones”. Sabida es la fascinación del parralino por los objetos provenientes de barcos.

Correspondencia como esta es la que intercambió por años el escritor y diplomático Jorge Edwards Valdés, uno de los grandes de las letras chilenas. Premio Nacional de Literatura 1994 y Premio Cervantes 1999. Fallecido en 2023, sus cartas forman parte de un vasto archivo que por años se fue acumulando y que hoy acaba de ser recibido por la Universidad Diego Portales (UDP). Se trata de un fondo documental de extraordinario valor para las letras chilenas y latinoamericanas.

El Archivo Jorge Edwards, entonces, son más de 145 cuadernos manuscritos que abarcan desde 1966 hasta 2018, 20 manuscritos de novelas con correcciones autógrafas —incluido el emblemático Persona non grata—, una rica correspondencia con figuras como Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Jorge Teillier y Gabriel Valdés, una biblioteca personal que supera los 2.000 volúmenes, agendas, documentos administrativos y objetos personales.

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“Jorge y Ximena, hijos de Jorge Edwards, conocían este trabajo y entendieron que para nosotros los archivos no son solo documentos que se reciben y se guardan, ni objetos destinados a una vitrina. Un archivo de autor exige cuidado técnico, pero también lectura crítica”, explica a Culto Alejandro Arturo Martínez, Director General de Estudios Generales, Archivos y Cultura de la UDP y Doctor en Estudios Latinoamericanos por Princeton.

Martínez explica que se trata de un proyecto intelectual vivo que busca custodiar, investigar y poner en diálogo la vida y obra de uno de los escritores más complejos del continente. “La UDP lleva décadas trabajando con archivos, pero en los últimos años hemos puesto especial atención en fortalecer los archivos de autores”. De este modo, la institución ya custodia fondos de Nicanor Parra, Enrique Lihn, Rodrigo Lira, Claudia Donoso, Malú Urriola, Soledad Bianchi, Carla Cordua, Roberto Torretti y otros. “Creo que eso fue importante en la decisión de la familia. La UDP puede ofrecer condiciones profesionales de conservación y resguardo, pero también un proyecto intelectual y público. Nuestro interés es que los archivos estén vivos mediante investigación, acceso abierto, exposiciones, publicaciones, clases, digitalización progresiva y colaboraciones nacionales e internacionales”.

Para fortuna de las manos que lo recibieron, todo este material se encontraba en muy buen estado. Fue durante el caluroso enero de este 2026 que el equipo de archivistas de la UDP (Mariana Simón, Valeska Meneses, Camila Araya y Natalia Cuadra) trabajó en su revisión, estabilización, clasificación y descripción. Desde allí, se iniciaron las labores de preservación.

“El proceso incluye carpetas y cajas libres de ácido para la documentación, la preparación de cajas especiales para los objetos, el resguardo en depósitos con condiciones controladas en cuanto a temperatura y humedad, y el trabajo de preservación digital para los soportes electrónicos -dice Martínez-. La prioridad es conservar adecuadamente los materiales y tener todas las condiciones óptimas para que el archivo esté siempre disponible para consulta pública. Actualmente ya gran parte de la documentación puede revisarse presencialmente”.

Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

Entrar en la cabeza de un escritor

En el centro líquido de esta colección están los 145 cuadernos. No se trata solo de borradores o textos inéditos —aunque los hay en abundancia—, sino de verdaderos espacios de ensayo y error. En sus páginas se cruzan proyectos literarios, anotaciones de lectura, reflexiones políticas, apuntes de clases, recuerdos personales, listas de pendientes y hasta asuntos domésticos.

“Es como entrar en la cabeza de Jorge Edwards. Sus cuadernos materializan su pensamiento en vivo”, afirma Martínez. “Muestran a un escritor que investigó, leyó (mucho, muchísimo), preparó clases, reunió referencias, ensayó ideas y volvió una y otra vez sobre sus propios materiales antes de sentarse a escribir o reescribir sus libros -cuenta Martínez-. También dejan ver algo que suele quedar fuera de la imagen pública de un escritor, la continuidad entre vida intelectual y vida privada. En un mismo cuaderno pueden aparecer notas sobre Borges, Kundera, Sor Juana o Umberto Eco, junto con ideas para futuras novelas o una lista de compras para el hogar”.

Los cuadernos del autor. Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

Entre otros, destacan los apuntes del curso sobre Pablo Neruda que Edwards dictó en Colorado State University en 1985 y las anotaciones para su libro Adiós, poeta (1990), su propia biografía sobre el hombre de Residencia en la tierra, de quien Edwards fue gran amigo. Con este material, se puede observar que la relación con Neruda —literaria, diplomática, política y personal— adquiere nueva profundidad. “Los cuadernos, las cartas y las anotaciones permiten seguir cómo Edwards volvió sobre Neruda en distintos momentos, como figura central de la literatura chilena, como amigo, como interlocutor político y como parte decisiva de su propia experiencia vital. Ahí el archivo puede aportar mucho, porque permite leer esa relación desde sus documentos de trabajo y desde las huellas materiales de su proceso de escritura”, apunta Martínez.

En otro rincón aparecen los manuscritos. En ellos, el visitante curioso podrá observar cómo el escritor volvía a ellos una y otra vez. “Aparece un Jorge Edwards que nunca dejó de editarse a sí mismo ni de volver sobre su propia obra -dice Martínez-. Sobre todo en las reediciones, encontramos documentos que permiten seguir sus decisiones de reescritura años después de la primera publicación”.

Manuscrito Persona non grata Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

La joya de la corona es el manuscrito original de Persona non grata, el libro de 1973 donde Edwards dejó testimonio sobre sus experiencias como embajador chileno en Cuba. Su mirada crítica del régimen castrista le valió la crítica y la polémica con la izquierda latinoamericana. “Se trata de una obra, como bien sabemos, que intervino en una discusión política e intelectual muy intensa. Revisar sus manuscritos, sus correcciones posteriores y las distintas capas de trabajo puede permitir entender mejor cómo Edwards construyó esa voz testimonial y cómo volvió a leer ese episodio en momentos posteriores de su trayectoria”, explica Martínez.

Otro punto relevante es la copiosa biblioteca personal del escritor con cerca de 2.000 volúmenes y que la UDP resguardará íntegra. En palabras de Martínez, esta colección muestra el lector inquieto que era Jorge Edwards. “En primer lugar, muestra la amplitud de sus lecturas. Es una biblioteca muy diversa, formada por libros de literatura, ensayo, historia, política y otros campos que acompañaron su trabajo intelectual durante décadas. También llama la atención la cantidad de ejemplares dedicados o autografiados por sus autores, porque permiten ver no solo qué leía Edwards, sino también con quiénes dialogaba”.

“Para nosotros es importante conservar esa biblioteca de forma íntegra. No se sumará de manera dispersa a la colección general, sino que mantendrá su condición de biblioteca de intelectual. Eso permitirá consultarla como un conjunto y observar, en su propia organización, las lecturas, vínculos, intereses y recorridos que acompañaron la obra de Edwards. La biblioteca estará disponible para consulta hacia fines de este año en la Biblioteca Nicanor Parra”.

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Esto no es casualidad, puesto que Edwards tuvo una gran relación con el mundo editorial más allá de solo publicar libros. En España, tras el golpe de 1973, trabajó en la editorial Seix Barral. De vuelta en Chile, fundó la distribuidora Fernández De Castro, que fue la gran responsable de traer títulos de editoriales extranjeras al país, como Anagrama, Acantilado, Tusquets y otras; además tuvo su propia librería, Nueva Altamira.

Alguien que observó muy de cerca esta dimensión fue su sobrino nieto, Antonio Echeverría, curador e Investigador. “Se refirió muchas veces durante su vida, ya sea en conferencias, entrevistas, sus memorias, o bien en fragmentos de novelas, sobre las lecturas a las cuáles retornaba recurrentemente. ‘Stendhalista y Montagnista’, se autodefinía. La obra de ambos -Stendhal y Michel de Montaigne- fueron muy presentes a la hora de definir su pensamiento y manera de escribir. Del segundo admiraba su capacidad para comenzar escribiendo sobre una cosa, después desviarse y referirse a cualquier otra. Siguiendo con la genealogía de los franceses, pienso por cuánto los nombró a lo largo de su vida, que la lectura de Paul Valery y de Marcel Proust fueron muy determinantes también. Insistía también en la importancia de releer el Quijote de la Mancha, y particularmente pienso -probablemente de una de las últimas veces que lo ví- que me insistió que debía leer las Memorias de ultratumba, de François-René de Chateaubriand. Lamentablemente ese encargó aún no lo he podido cumplir”.

Echeverría también señala que entre esa copiosa biblioteca, había un volumen al que Edwards le tenía particular afecto. “Recuerdo una vez que me convocó a almorzar en el Squadritto, que solía estar en la calle Rosal, donde se encuentra aún su distribuidora. En esa ocasión, llevó un libro extraño de su biblioteca. La primera, y en ese entonces única, edición del Diccionario de Chilenismos escrito por Zorobabel Rodríguez en el siglo XIX. El motivo del almuerzo terminó siendo la necesidad imperiosa de reeditar este ejemplar. Lamentablemente fue una empresa que no prosperó, pero si estaría muy contento de saber que hoy existe una nueva edición en circulación”.

Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

La correspondencia

En abril de 1966, desde su casa en París, un compungido Mario Vargas Llosa le escribió a Jorge Edwards para tratar de arreglar un enredo que había surgido entre ellos producto de la venta de un auto. “Querido Jorge. Siento que haya surgido ese inconveniente con el auto. Pero creo que lo podemos arreglar. No tenía la menor idea que no se podía vender el Renault mientras hubieran letras pendientes. Como éstas me las cobraban mensualmente por medio de mi banco descontándolas de mi cuenta, pensé que no habría problema”. Meses más tarde, en julio de 1966, ya en Lima, al parecer el asunto se había arreglado, y en otra misiva, el hombre de Conversación en La Catedral le habla de literatura. “Me alegra saber que estás escribiendo a diario y que el libro de cuentos avanza. Estoy seguro que será un buen libro”. Y le remata: “No seas tan flojo como yo para contestar. Escríbeme pronto”.

Carta de Mario Vargas Llosa. Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

Cartas con figuras como Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa o Gabriel Valdés son las que se pueden consultar en este archivo. En ellas, queda claro que lejos de separar literatura, política, diplomacia, amistad y cotidianeidad, estas dimensiones se entretejían constantemente en la vida de Edwards. Por ejemplo, con Mario Vargas Llosa hay intercambios que van desde la venta de un auto, la posibilidad de usar un departamento en Londres, comentarios sobre la vida política peruana, congresos de escritores o la crisis recurrente de las revistas culturales. “En una carta de 1972, Vargas Llosa lee un manuscrito de Edwards, le elogia el final de la historia y le propone encontrarse en Roma. En otra, comenta la reunión del Pen Club en Nueva York y la reacción de algunos escritores ante la fama de Pablo Neruda. Son cartas que muestran una amistad literaria muy activa, pero también una red intelectual latinoamericana en movimiento, marcada por viajes, crisis políticas, mudanzas, congresos, editoriales, revistas y lecturas compartidas”, cuenta Martínez.

Las cartas con Pablo Neruda por cierto ocupan un lugar fundamental. “El poeta habla sobre sus viajes, exposiciones que ha visitado, problemas con algunas editoriales, su salud, su renuncia a la embajada en París y su permanencia en la Unesco -dice Martínez-. También le da recomendaciones a Edwards sobre su futuro laboral. Edwards, por su parte, le responde sobre asuntos prácticos, como el envío de un automóvil a Chile, pero también sobre sus propias dudas respecto de posibles traslados diplomáticos. En esas cartas aparece un Jorge Edwards situado en una trama muy concreta de literatura, diplomacia y política internacional que muestra, además, cómo Chile estaba plenamente inserto en los debates de la Guerra Fría”.

Carta de Pablo Neruda. Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

Otras cartas muy interesantes son con el destacado político Gabriel Valdés (DC), las cuales permiten seguir la recepción que tuvo Persona non grata. “Valdés lee el libro, reconoce la calidad literaria de Edwards, pero cuestiona lo que considera una mirada excesivamente subjetiva e injusta hacia el proceso cubano. Edwards le responde y defiende su posición. Ese intercambio permite ver cómo Persona non grata como un punto de fricción dentro de una izquierda intelectual latinoamericana que todavía discutía intensamente el significado de la Revolución cubana. El archivo permite reconstruir esa discusión no como una abstracción ideológica, sino como una controversia entre personas que se escriben, se leen, se corrigen y se interpelan”.

También hay cartas familiares que revelan la dimensión íntima, por ejemplo, las que atraviesan la enfermedad y muerte de Carmen, madre de Edwards. “Como decía Ricardo Piglia, para entender la literatura hay que preguntarse de qué vivían los escritores”, recuerda Martínez. Además, hay cartas de Enrique Lafourcade, Jorge Teillier o Carlos Germán Belli. Hasta existe una carta del célebre Arthur Miller e incluso una del general Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército (lo llama “Estimado amigo”).

Carta del general Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército. Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP. Archivo UDP

Por supuesto, en este archivo hay material inédito que podría ser publicado en alguna oportunidad. Así, por ejemplo, un escrito llamado Despedida en Lisboa. “A primera vista, ese suele ser uno de los aspectos que más interés despierta en un archivo literario, sobre todo para sus más fieles lectores: la posibilidad de encontrar textos nuevos. En el caso de Jorge Edwards, hasta donde hemos podido revisar, hay cuentos, crónicas, apuntes, narraciones más largas y otros documentos que eventualmente podrían ser estudiados con miras a una edición”, explica Martínez.

“En este momento seguimos trabajando en la organización, descripción y revisión del archivo, aunque ya hay investigadores que han venido a consultarlo. Las decisiones editoriales vendrán después, cuando exista una evaluación más completa de los materiales y siempre en conversación con los herederos y titulares de derechos de autor. El valor del archivo, por ahora, está precisamente en esa apertura, pues permite volver a Edwards desde sus papeles, sus ritmos de trabajo y las huellas materiales de una vida dedicada a la escritura. No descarto, por ejemplo, que un libro posible sea una biografía de Jorge Edwards a partir de su archivo”.

Despedida en Lisboa, manuscrito inédito de Jorge Edwards. Fondo Jorge Edwards, Archivos UDP.

¿Se puede consultar el archivo de Edwards? La respuesta es sí. A través de la plataforma digital Archivo de Autores (arau.udp.cl) se podrán revisar algunos contenidos de manera online, los que se irán subiendo de manera progresiva. “Me interesa insistir en que la digitalización es solo una de las estrategias para dar acceso y visibilidad a un fondo documental -dice Martínez-. No reemplaza la consulta presencial, que sigue siendo clave para la investigación, porque los documentos producen sentido también desde su materialidad. El tipo de papel, las marcas de uso, las correcciones, los soportes, las formas de ordenamiento y las relaciones entre piezas que muchas veces se perciben mejor en el trabajo directo con el archivo”.

Además, los materiales también tendrán visibilidad a través de publicaciones, exposiciones, clases, investigaciones y actividades públicas. “Estamos desarrollando los primeros bocetos para una futura exposición sobre el Archivo Jorge Edwards. También estamos avanzando en una colaboración con Princeton University para que el fondo de Jorge Edwards conservado allí pueda dialogar con el que hoy custodia la UDP, siguiendo una línea de trabajo que ya desarrollamos conjuntamente en el Archivo Digital José Donoso”.

¿Tenía Jorge Edwards conciencia de que su biblioteca y sus materiales podrían eventualmente ser parte de un archivo universitario cuando él ya no estuviese? Responde Antonio Echeverría: “Pienso que sí. La lectura de su obra nos recuerda siempre esta constante atención por el devenir del tiempo. De la presencia del pasado en el presente, y de la posibilidad de la escritura como herramienta para entrar a través de esos espacios abandonados. Su gran admiración por las universidades, y la experiencia que tuvo al circular internacionalmente por ellas en su vida, ya sea por premios o invitaciones, le debió haber permitido observar cuán importante es el cuidado de los legados y la relevancia de que se resguarden en lugares fértiles, donde las papeles, cuadernos y otros objetos, sean despertados por la curiosidad y atención de las nuevas generaciones. Creo que esto último fue muy determinante. Quiso rodearse de los jóvenes, conocerlos y escucharlos, para encontrar una nueva suerte de esperanza. Y bien pienso, las universidades son los lugares donde ese gran deseo de futuro se aloja”.

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