Los Prisioneros: llega el libro con la historia no contada de su éxito en Perú
El periodista Alejandro Tapia publica su segundo texto acerca del grupo, No Necesitamos Banderas: Los Prisioneros en Perú, donde descifra el fenómeno del trío en ese país: su azarosa llegada, sus shows masivos, el seguimiento que les realizó la dictadura de Pinochet, sus memorables apariciones en TV y la vez que estuvieron cerca de morir.
Sobre la segunda mitad del show de Los Prisioneros en la Plaza de Toros de Acho de Lima -el 19 de septiembre de 1987, ante 12 mil personas y en su primera visita a Perú-, Jorge González introdujo el hit Por qué no se van con su habitual reivindicación latinoamericana frente a la hegemonía colonialista europea, aunque esta vez la proclama adquirió un significado distinto.
“Atención, atención. Escuchen. Los que sueñan con Nueva York, con Europa, se quejan de nuestra gente y de nuestra ropa. Aquellos que viven diciendo ‘yo quisiera haber nacido en París, en Londres’, no en Santiago de Chile ni en Lima. A todos aquellos que están disconformes con ser sudamericanos, cantamos Por qué no se van”, alertó el cantante.
En un solo mensaje, el líder de los sanmiguelinos había logrado hermanar a los nacidos en Santiago y en Lima, las capitales de dos países históricamente enemistados por conflictos bélicos, limítrofes y políticos. Era una conquista de alcance colectivo, pero también una victoria mucho más propia: como pocos fenómenos en las décadas recientes, Los Prisioneros constituían un suceso artístico y social en ambas naciones, y le hablaban por igual a jóvenes que habían crecido en lugares eventualmente distintos, bajo dos idiosincrasias que se habían mostrado los dientes durante un siglo. Aunque en Chile la estatura de la banda es mayúscula y excede hasta hoy lo musical, Perú es el otro país de la región donde su huella alcanzó una rúbrica colosal.
“En ese sentido, Perú fue el primer país sudamericano que se apropió del ‘mensaje prisionero’, al que le dieron su propio significado. En esa década, tanto peruanos como chilenos padecieron las consecuencias de la pobreza, violaciones a los derechos humanos, falta de oportunidades, desempleo, desigualdades sociales y un mar de precariedades: unos en democracia, otros en dictadura (…) Al parecer, las afinidades, inquietudes e idiosincrasia de los ciudadanos de ambos países no eran tan diferentes como durante años aseguraron las autoridades de Chile y Perú. Para estos ‘sudamerican rockers’, el Perú fue una nación en la que se sintieron en casa, un lugar donde percibieron que su fama podría tener alcance continental”, corrobora la introducción de No necesitamos banderas: Los Prisioneros en Perú, el nuevo libro del periodista y editor de La Tercera Sábado Alejandro Tapia, el segundo de la agrupación luego de su elogiado Ya viene la fuerza. Los Prisioneros 1980-1986.
En la nueva entrega, que se editará en Perú bajo Borrador Editores y también tendrá un tiraje en Chile, Tapia inscribe una cantidad abundante de detalles nunca contados del vínculo entre los hombres de Sexo y Perú, fragmentados en cuatro grandes momentos: su primer aterrizaje en 1987 bajo el éxito de los discos La voz de los 80 y Pateando piedras; su segunda vez con el nuevo elenco que en 1991 daba vida al álbum Corazones; el retorno en 1998 de Jorge González y Miguel Tapia con el fugaz proyecto Los Dioses; y el canto final que significó a principios de los 2000 el paso de su formación histórica tras los recitales de reencuentro en el Estadio Nacional de Santiago.
En todo ese derrotero, el impacto Prisionero en Perú se desplegó desde muchos ángulos y trenzó historias disparadas en direcciones disímiles. Fueron un paradigma para la movida “subte” peruana que vio en ellos al ejemplo de una banda incubada desde cierto underground y que luego abrazó la gloria comercial facturando melodías bailables, sonando en radios y fichando por sellos multinacionales, aunque sin traicionar su esencia contestataria; en Lima sentían que podían hablar con algo más de libertad sobre la dictadura de Augusto Pinochet en los 80 y también de los tormentos privados que afectaron el núcleo del grupo en el decenio posterior, sin sentirse acosados; aceptaron protagonizar espacios de televisión de alta sintonía, situación algo impensada en sus primeros años en su tierra natal; advirtieron que la capital peruana lucía una escena mucho más vibrante que Santiago, un epicentro artístico no oficial de los sonidos hispanohablantes (“estaba pasando más en Lima que en Santiago”, declara González en el volumen); y gozaron de un furor inusitado que estallaba en hoteles y presentaciones, donde incluso fanáticas intentaron besarlos en pleno escenario, despachando una auténtica “prisioneromanía”.
Alejandro Tapia sigue: “El impacto que tuvieron Los Prisioneros fuera de Chile, y en especial en Perú, no había sido abordado de manera exhaustiva ni con tanto detalle. Esta investigación tiene el mismo espíritu de mi primer libro, es decir, revela aspectos desconocidos de la historia del grupo a través de más de 70 entrevistas a testigos presenciales y el acceso a archivos inéditos. Fue fundamental poder haber observado grabaciones que la banda hizo en Perú con cámaras de video 8, mirar las dinámicas internas más privadas pero muy valiosas. Mi inspiración inicial fueron los libros que se han escrito sobre el impacto que tuvieron Los Beatles en Estados Unidos. Me parecía muy interesante contar un aspecto de la historia de un grupo bajo la óptica de personas de otro país. Además, me importa muchísimo la narrativa, el relato, cosas que no siempre son valoradas en la literatura musical en Chile”.
En el mismo texto, el propio Jorge González reconoce que la celebridad del trío en Perú merecía una mirada especial: “Todas las veces que fuimos a Perú fue super bueno, nos sentíamos unos héroes”.
Cómo llegaron Los Prisioneros a Perú
Pero para alcanzar ese Olimpo, el trayecto fue áspero. Y como muchos triunfos -sobre todo en la historia de la música-, el azar jugó un rol medular: el origen del éxito de Los Prisioneros en Perú no fue a través de Chile, sino que vía Argentina.
Jorge Luis Luján, conocido como el “Che Boludo”, era un joven peruano que estudiaba en Buenos Aires y que en sus días libres compraba discos para comercializarlos. A fines de 1985, entró a una tienda y se impactó con un vinilo que en su portada mostraba una foto en blanco y negro de tres jóvenes desgarbados que posaban en un entorno marginal.
Era La voz de los 80, del grupo chileno Los Prisioneros y aparecido un año antes en el mercado local: en tiempos sin Internet ni comunicación instantánea, Luján creyó que eran una banda peruana, por lo que compró el título y lo envío a Lima. Ahí llegó a manos de su amigo Ángel Ríos, un conductor radial que a principios de 1986 fue el primero en programar a los chilenos en una emisora peruana, Radio Miraflores FM. El tema debutante fue Sexo.
Pero si el despegue se dio desde Buenos Aires, las gestiones de su primera visita empezaron mucho más lejos, en España. Fue en ese país, en el Primer Encuentro Iberoamericano de Rock en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, donde el mánager de los músicos, Carlos Fonseca, le propuso al promotor peruano Walter Gonzáles armar un viaje a Lima. El ejecutivo fijó dos fechas: en la discoteca Reflejos y en la Plaza de Toros de Acho. Uno para una audiencia exclusiva, el otro para un público popular.
El libro es rico en anécdotas sobre el desembarco en Acho -concierto con rótulo de leyenda en la historia de la música peruana-, sobre todo con un aspecto ineludible: la cita rasguñó el desastre y estuvo cerca de cancelarse. Los equipos comprometidos no llegaron a la hora, los propios músicos mostraron una actitud displicente con los problemas, y el sonidista Pablo Allende amenazó con renunciar y devolverse a Santiago. “Todo era muy amateur. Estábamos aprendiendo a salir fuera de Chile”, rememora Miguel Tapia en el libro.
Finalmente, el concierto empezó con retraso, aunque enfrentó otro contratiempo. Sobre el final de El baile de los que sobran, una pedrada impactó cerca de Claudio Narea. “¡Quién fue el imbécil!”, soltó de vuelta el guitarrista.
Después, los chilenos retornaron al hotel con la instrucción de mantener las luces encendidas del transporte durante el camino para no ser confundidos con guerrilleros de Sendero Luminoso. No sería la única vez que esa organización armada se iba a cruzar en la vida peruana de la agrupación: en Ayacucho, Sendero Luminoso no permitía que artistas foráneos sonaran en las radios. Sin embargo, tres señales AM sí rotaban las composiciones de los sanmiguelinos. Según cuenta No necesitamos banderas, las letras de filo rebelde de los chilenos les permitieron sortear el veto y aparecer en el dial, por lo que contaron con el “visto bueno” de Sendero Luminoso.
La vigilancia de Pinochet
Las dinámicas políticas de la época serían el constante telón de fondo de sus travesías por Perú. Tras el show en Acho, la dictadura chilena monitoreó sigilosamente sus pasos y el embajador chileno en el país del norte, Juan José Fernández, emitió un informe de carácter reservado donde calificaba de “marxistas” a los músicos, y -atendiendo a algunas declaraciones que habían hecho en la prensa- enfatizaba en la “abierta crítica que hicieron al Supremo Gobierno, amén de expresiones negativas sobre la situación chilena”. También los tildaba de “arrogantes y groseros” y subrayaba que se habían explayado en términos “poco prestigiantes de su patria, tan poco representativos de la juventud chilena”.
Alejandro Tapia comenta: “Según los cables y documentos que conseguí, queda claro que la dictadura chilena estaba muy preocupada por el impacto del grupo en Lima ese año. Hay un cable secreto que los califica de ‘marxistas’. Sin embargo, al mismo tiempo, la embajada debió informar que los medios locales consideraron a los músicos como profesionales y que tuvieron una gran aceptación del público”.
Pero no todo fue cortocircuito político. Posiblemente la postal más memorable de su siguiente visita en 1991 fue la entrevista que ofrecieron para el programa Qué hay de nuevo, con Jaime Bayly, un cara a cara desconcertante donde el grupo -que ya contaba con sus nuevos miembros Cecilia Aguayo y Robert Rodríguez- se mostró despistado y aturdido, ofreciendo respuestas insólitas, secuencia que en los últimos años se ha vuelto viral.
¿Qué fue lo que pasó? Integrantes del equipo técnico habrían introducido pastillas para adelgazar en las cervezas que consumieron antes del programa, lo que los habría aletargado.
De alguna forma, el vínculo con la TV peruana siempre transitó por claroscuros. “Mostraron su lado más lúdico, aunque también protagonizaron situaciones incomodas”, califica el autor, recordando otro pasaje de antología: cuando Los Dioses pasaron en 1998 por el espacio Gisela contigo, conducido por Gisela Valcárcel, quien los obligó a presentarse con playback, lo que no estaba estipulado. González se negó una y otra vez, mientras la animadora hasta empezó a alentar al público para que clamara contra la banda: “Chilenos basura”, fue incluso uno de los comentarios. El impasse fue un escándalo en los días siguientes en algunos diarios del país.
Sobre el cierre, los shows de la era del reencuentro en los 2000 asomaban como los más serenos, aunque casi rematan en tragedia. En julio de 2002, Los Prisioneros se presentaron en el Jockey Club limeño ante más de 30 mil fans y, tras la cita, fueron invitados a la discoteca Utopía, situada a escasos metros.
En la madrugada, justo cuando los chilenos podrían haber estado en el lugar, el recinto fue consumido por un incendio donde murieron 29 personas. Pero Jorge, Claudio y Miguel optaron por ir a descansar. El destino dictaminó que la historia de la banda debía seguir. No sólo la propia, sino también la construida con letras mayúsculas en tierras peruanas.
*No necesitamos banderas: Los Prisioneros en Perú estará disponible en Chile para preventa a partir de este domingo 14 de junio en la web www.clubdefans.cl Hay sólo 50 ejemplares disponibles, ya que el libro tendrá una publicación mayor en Perú.
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