Reseña de Libros: de Claudio Bertoni a Rodrigo Costas
Ayayai, el nuevo libro de textos breves del poeta de Concón, donde escribe con humor y melancolía sobre el amor, el dolor y erotismo; un conjunto de cuentos que hace una suerte de historia íntima de los 90 en clave gay, y un libro ilustrado en torno a la individualidad y la colaboración, en las lecturas de la semana.
Ayayai, de Claudio Bertoni (Overol)
El poeta sale al jardín y se detiene ante una flor. La observa con calma y atención, y escribe: “Acabo/ de estar/ acuclillado/ en el jardín/ viendo abrirse/ una flor amarilla/ al sol// le tomó/ casi media/ hora/ quedar/ totalmente/ abierta// esperando/ su correspondiente/ obrera”. En otro poema dice: “Estoy/ sentado/ al sol/ rodeado/ de florcitas/ amarillas”. Son escenas mínimas, pero en ellas se reconoce una de las virtudes de la poesía de Claudio Bertoni: la capacidad de revelar la belleza o el asombro en lo más sencillo, en lo frágil y minúsculo. El poeta reúne aquí un conjunto de textos muy breves: “Cada/ vez más:/ libros/ cortos/ (respirar/ es corto/ palpitar/ también)”, escribe, como si la brevedad fuera un reflejo también de la fugacidad. Entre la contemplación y el juego, entre el absurdo y la ternura, Bertoni escribe sobre el amor, el erotismo, el dolor y la espiritualidad. “Me/ gustaría/ -sin/ duda-/ no sentir/ ni la mitad de/ lo que siento”, anota. Y en otra página: “Mi mami sufre/ viéndome sufrir/ desde una fotografía”. También da forma a versos atravesados de melancolía y humor: “Espero/ que llame/ la mujer que/ quiero y llama/ la vecina para/ ofrecerme/ pan de/ pascua”.
Funeral en el Búnker y otros cuentos, de Rodrigo Costas (Lom)
Cada vez que podía, Fede sacaba a relucir su historia con el “rucio de la Carrá”. Una historia de los años 80, en Viña del Mar y según la cual, había vivido una aventura con uno de los bailarines de la cantante. Real o imaginaria, sus amigos no se atrevían a ponerla en duda, en parte porque Fede la contaba con gracia, seguramente por sus clases de teatro y en parte porque fue él quien los guió en el mundo que ellos recién descubrían: la fiestas Spandex, las discos gay, “y esa playa Luna a la que insistía que debíamos ir, que había que ir sí o sí, porque el nudismo es de lo más moderno, súper europeo, porque el cuerpo era hermoso y la dictadura había terminado ya aunque Pinochet siguiera instalado cada día en las pantallas y dejara tiritones a los Aylwin y a los Frei cada vez que le daba la huevada”. Este relato abre el libro de cuentos de Rodrigo Costas, que retrata a una serie de personajes en tensión con su sensibilidad y su entorno. De algún modo, en sus páginas puede leerse una historia íntima de los 90 en clave gay, escrita con desenfado, humor y un gran oído. El libro cierra con un cuento formidable, que da título y tal vez sea el mejor del conjunto: la alegre y triste despedida de una época.
Nifú Nifá, de Pablo Schalscha (Escrito con Tiza)
Nifú y Nifá son manos hermanas. “No son ni buenas ni malas:/ Nifú imagina, Nifá calcula./ A veces se ponen de acuerdo/ para hacer cosas de humanas”. Nadan juntas, juegan, tratan de coordinarse para anudar los cordones de las zapatillas. “Nifú es la mano derecha/ pero frente al espejo sospecha./ Nifá le recuerda/ que su reflejo es la izquierda”. A partir de una idea sencilla, Pablo Schalscha escribe y dibuja un relato sobre la identidad, las diferencias y la colaboración. El relato avanza en versos breves, diálogos y juegos de palabras, acompañados de las ilustraciones que refieren al universo del cómic y el diseño. “Las manos no solo sirven/ para hacer un aeroplano./ Muchos inventos nacen/ cuando nos damos una mano”, dice el texto, que invita también a mirar y valorar el trabajo hecho a mano.
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