Por Pablo Retamal N.Claudia Piñeiro: “Muchas mujeres llegan a la última parte de la vida mejor acompañadas por amigas que por parejas”
La aclamada escritora argentina publica El canto invisible, una historia que cruza la pérdida, la escucha atenta y las tensiones políticas entre abuelos progresistas y nietos libertarios. En charla con Culto, aborda el germen del libro, la vigencia de la amistad femenina en la madurez y repasa la reciente adaptación chilena de Catedrales para Prime Video.

Una app en su celular fue lo que a la escritora argentina Claudia Piñeiro (66) le disparó la idea de una novela. Así lo cuenta a Culto: “Todo empezó una tarde en que una amiga que vive en Madrid, la periodista Berna González Harbour, me invitó a una cena en su casa. Allí, otra amiga de ella también periodista, Irene Lozano, estaba con una app tratando de confirmar qué pájaro era el que cantaba en ese atardecer. Yo no conocía esa app, la bajé y desde entonces se convirtió en una obsesión, no sólo para saber cuáles son los pájaros que cantan a mi alrededor en mi casa, sino también cada vez que viajo para descubrir especies que no conozco”. De esta forma, Piñeiro comenzó a escribir una novela que acaba de ver la luz, El canto invisible (Alfaguara).
Nombre relevante de las letras argentinas, Piñeiro ha obtenido el Premio Clarín de Novela, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, y fue finalista del Booker Prize en 2022. Recientemente, su célebre novela Catedrales fue adaptada a serie, vía Prime Video, con una producción chilena.
Pero volvamos a El canto invisible. Acá seguimos la historia de Julia, una editora que trata de terminar un libro que su amiga Marina, dejó inconcluso antes de fallecer. Marina era una reconocida bióloga y especialista en bioacústica. Pero Julia además descubre que su amiga guardaba un secreto. Esto al mismo tiempo que debe lidiar con su nieto que es de postura política conservadora, contraria a la suya.

¿Qué encontró en el canto de los pájaros que le permitió contar esta historia?
Hay algo muy interesante que es lo que trabaja Vinciane Despret en su libro Habitar como pájaros: definir el territorio de cada uno no con peleas violentas sino a través del canto. Eso fue un concepto que me empezó a colonizar. Y luego también la metáfora de que el canto de los pájaros no es el único canto que a veces está como sonido de fondo sin que le prestemos verdadera atención. Hay tantos otros “cantos” que están a nuestro alrededor y no escuchamos, hasta que una determinada situación explota en nuestras sociedades y nos sorprende.
En la novela aparece mucho la idea de escuchar. ¿Qué significa realmente escuchar al otro para usted? ¿Es algo que hemos ido perdiendo?
Es compenetrarse de verdad con lo que nos están diciendo. Que su discurso no sea un murmullo que fingimos escuchar, pero al que no le prestamos atención. Esto se da también en mi sociedad con los jóvenes que votaron al gobierno actual. Al principio, algunos de nosotros nos enojamos, nos parecía imposible que defendieran el modelo que defendían, les pusimos determinados adjetivos para descalificarlos, pretendías tenerlos lejos y luego te encontrabas en tu familia que algún joven al que querés y que votó en las antípodas de lo que a vos te gusta. Esto le pasa a Julia, la protagonista de la novela, una mujer progresista que tiene un nieto libertario, o al menos que votó a este gobierno. Pero hasta entonces, hasta que se manifestó lo que su nieto pensaba en su voto, ella no había escuchado sus quejas, su desilusión, su miedo con respecto al futuro, y no era consciente de cómo el mundo estaba en falta con esas generaciones. Que puedan conversar no hará que ni ella ni él cambien su forma de pensar, pero sí que se puedan encontrar en algunos puntos comunes no menores.
La amistad de décadas entre Julia y Marina es el corazón íntimo de la novela. ¿Qué le interesaba explorar de las amistades femeninas largas?
La amistad es un vínculo afectivo trascedente. Que se celebra en tiempos felices, pero cuyo tremendo valor aparece en los tiempos más oscuros. Y, en muchas casos, una de las relaciones elegidas más largas, testigo de casamientos o parejas de distinto tipo, hijos, divorcios. Creo que muchas mujeres de la edad de las protagonistas de El canto invisible llegan a esta última parte de la vida mejor acompañadas por amigas que por parejas. Me interesa mucho esa complicidad invalorable e incondicional.

Julia y su nieto representan dos generaciones y dos miradas del mundo muy distintas, y él además es un joven de derecha. ¿Qué le llevó a poner esa tensión tan actual en el centro de una novela tan íntima?
Mis novelas siempre son muy contemporáneas. Mis personajes salen a las mismas calles donde yo camino y en el tiempo en el que vivo. Entonces se encuentran con los temas y conflictos que me encuentro yo, que nos encontramos todos. Es una situación muy común hoy en la Argentina, supongo que también en Chile, estas marcadas diferencias generacionales en el plano político. Lo vimos en las últimas elecciones de Brasil. Es un conflicto político que ingresa a la intimidad familiar y la condiciona.
¿Cree que el progresismo ha sido efectivo a la hora de transmitir sus ideas a las nuevas generaciones?
Creo que es evidente que no. No sólo al trasmitir sus ideas sino también al dar respuesta a las inquietudes de la sociedad en general y de la juventud en particular. Si no vemos y reconocemos nuestros propios puntos flojos, va a ser difícil salir de esta situación en que las derechas más o menos ultra invaden el mundo ofreciendo pececitos de colores.
¿Cómo se acercó a ese universo de jóvenes libertarios?
Conversé con varios de ellos, fue una gran experiencia. Me permitió entender que, a pesar de las fuertes diferencias que son innegables, conservamos lugares donde podemos encontrarnos. Muchos de los pibes que votaron a este gobierno argentino no coinciden con el presidente en sus ataques a la comunidad LGTB, a las mujeres, a la personas con discapacidad, a la educación o la salud pública. Lo eligen por el modelo económico, por desilusión con otras propuestas, y minimizan estos otros problemas aunque no los aprueban, lo sienten un costo inevitable que esperan se revierta. También leí mucho material de ciencias sociales que analizan este fenómeno.
¿Qué descubrió al intentar entender por qué piensan como piensan?
Además de los puntos de encuentro que señalé en el punto anterior, lo que más me llamó la atención fue su agradecimiento por ser escuchados.

Julia tiene 64 años y también aparece la idea de que, a cierta edad, las mujeres pueden volverse invisibles. ¿Qué quería decir sobre la vejez y sobre la manera en que miramos a las mujeres mayores?
El canto invisible no es un statement sobre la vejez, ni una declaración de principios. Pero en su escritura está la decisión de que el protagonismo de una novela, de la historia que quiero contar, lo pueden encarar dos mujeres de sesenta y pico de años. Mujeres que saben a la edad que llegaron y que, sin embargo, no se sienten viejas, están activas, con planes de futuro. Es mostrarlas a ellas y a la vez mostrar cómo la sociedad las mira; y las diferencias que surgen al comparar estas dos apreciaciones.
Hay una idea muy bonita en la novela: que un canto puede quedar registrado y alguien puede volver a escucharlo mucho tiempo después. ¿Siente que algo parecido ocurre con la literatura?
Sin dudas. Hay muchos que pensamos que lo que está pasando en el mundo hoy, con la cantidad de falsos relatos que dan vueltas por las redes y por algunos medios, quedará registrado en la literatura.

En otro plano, su novela Catedrales acaba de convertirse en una serie y la historia fue trasladada a Chile. ¿Cómo fue ver una novela tan argentina convertida en una historia que transcurre en Santiago?
Me encantó. Realmente fue una decisión muy acertada. Los actores y las actrices que trabajan en la serie están maravillosos, dieron con los personajes de una manera muy acertada y le sumaron valor. Y el traspaso a Chile se siente muy natural gracias a la dirección y a la producción que hicieron un trabajo impecable. Creo que esta historia, por cómo están en la actualidad Argentina y Chile con respecto a las leyes que regulan la interrupción voluntaria del embarazo y la tradición católica, encaja casi mejor en Santiago que en Buenos Aires.
¿Y qué le pareció la adaptación?
La adaptación es excelente, un trabajo magnifico de Silvina Fredjkes y Alejandro Quesada. Hay gente que cree que para ser fiel a una texto literaria hay que hacer un audiovisual lo menos apartado de ese texto. Y no es así, hay que tomar decisiones que hacen al ritmo, al suspenso, a la estructura. Mi novela está fragmentada en las voces de cada uno de los personajes, algo que no siempre funciona bien en audiovisual; había que juntar a esos personajes en tiempo y espacio. Y lo hicieron muy bien.

Después de escribir El canto invisible, una novela tan preocupada por la dificultad de escucharnos, ¿cree que la literatura todavía puede ayudarnos a entender a alguien que piensa muy distinto de nosotros?
Sin dudas. La literatura nos muestra mundos distintos, personas distintas, vidas distintas, nos hace ponerse en el lugar del otro, entender por qué alguien piensa o actúa como lo hace. Es una gran entrenadora de la empatía y del pensamiento crítico.
Finalmente, ¿cómo ve a la Argentina actualmente, con el gobierno de Javier Milei?
Mal. Los supuestos logros macroeconómicos que puedan ostentar desde el gobierno han sido conseguidos dejando a muchísima gente fuera del sistema, llevando a los jubilados a situaciones extremas, quitando subsidios a personas con discapacidad, reduciendo el presupuesto de la salud y la educación pública, despreciando la cultura. No se puede intervenir en los números de la macroeconomía sin tener en cuenta en lo más mínimo a las personas que viven en esa sociedad. A todo esto hay que sumarle el clima de hostilidad que genera un presidente que cada vez más seguido llama “inmundicia”, “mierda”, “escoria”, y otros insultos escatológicos equivalentes a periodistas, personas de la cultura, políticos, o lo que sea. Es agotador e injusto tener que soportar que el máximo representante de nuestro país se exprese de ese modo, y derrame hacia la sociedad la habilitación de discursos de odio. Los que lo defienden dicen “él es así”, “es su estilo”. Bueno, en todo caso un estilo que deberíamos repudiar con vehemencia todos, incluso quienes lo votaron.

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