Arrau, entre el psicoanálisis y su hijo Klaudio

Claudio Arrau (1903-1991), aquí en una imagen de los años 50, fue al psicoanalista durante medio siglo.

El perfil biográfico de Marisol García sobre el pianista chileno alumbra capítulos desconocidos de su vida.

Después de que Claudio Arrau (1903-1991), su mujer y sus dos hijos abandonaron Alemania en 1940, aún quedaba otro Arrau en Berlín. Su nombre era casi el mismo de su padre, a excepción de una letra: se llamaba Klaudio Arrau, hijo de su primer matrimonio con la soprano letona Erika Burkewitch. Klaudio moriría oscuramente en 1949 a los 20 años en la República Democrática Alemana.

El escasamente conocido episodio es parte del libro Claudio Arrau, de la periodista Marisol García (Canción valiente) y que a su vez es parte de la colección Hueders Chilenos, dedicada a personajes relevantes del país. Recién salido del horno, el volumen de 64 páginas ilumina en forma sucinta y ágil la existencia del más grande de los músicos clásicos del país. La autora hablará sobre la publicación hoy a las 19.30 h en la librería del GAM, con el músico y académico Juan Pablo Abalo.

El libro no solo recoge algunos hitos conocidos (entre ellos su viaje a Alemania a los 8 años gracias a gestiones del gobierno de Pedro Montt o su regreso triunfal a Chile en 1984), sino que aborda capítulos nebulosos y de los que tarde y mal se habló. Uno es su citado hijo Klaudio, al que el pianista chillanejo nunca se refirió en público, pero otro no menos curioso es un arresto que el músico sufrió en 1957 en Sydney (Australia). Fue multado con cinco libras por “comportamiento ofensivo” hacia un policía encubierto en los baños públicos del parque Lang. En rigor se trataba de un eufemismo para tipificar lo que en ese tiempo era considerado un delito de conducta homosexual.

Hijo del médico Carlos Arrau y de Lucrecia León, Claudio Arrau nunca conoció a su padre, quien murió tras una accidente a caballo cuando el futuro músico tenía sólo 13 meses. Como él mismo lo diría más tarde, la ausencia del estricto padre le alivianó el camino: según Arrau, su progenitor no habría aceptado que tomara la música como su profesión.

Es en ese momento cuando entra a jugar un rol definitivo en su vida doña Lucrecia León. La madre hizo todo lo posible para que su hijo menor se transformara en pianista, desde llevarlo a dar un recital en La Moneda hasta buscarle el mejor profesor en Berlín tras descartar a otros: el primero se quedaba dormido y el segundo era tan volátil que más bien desalentaba al chico.

Los maestros de Arrau

El libro de Marisol García deja en claro además que al mismo nivel tutelar de Lucrecia León estaban otros dos alemanes que conjugaban conocimientos enciclopédicos, espíritu inquieto y sentido de la disciplina: el profesor de piano Martin Krause y el psicoanalista Hubert Abrahamson.

Krause, un discípulo de Franz Liszt con altos estándares de exigencia (al primer síntoma de falta de talento de sus alumnas les sugería que se casaran) llegó a decir que “Arrau sería su obra maestra”. Vio talento innato, le inculcó máxima disciplina (el chileno decía que lo dejaba “llorando por siete días”, pero que “lo ayudaba a esforzarse”) y nunca cobró por sus clases.

Abrahamson, un alemán de origen judío al que posteriormente Arrau ayudaría durante la persecución nazi, fue precisamente su segundo padre intelectual tras la muerte de Krause en 1918. Según el texto de García, ese fue un punto de no retorno en la vida del pianista de Ñuble: la desaparición de su maestro lo sumió en una especie de depresión e inseguridad que bien podría haber desestabilizado para siempre su prometedora carrera. Sólo Abrahamson y sus varias sesiones semanales de psicoanálisis pudieron acabar con los bloqueos y el nerviosismo, con las dudas de todos los días.

Arrau decía de él que era “parte gurú, parte padre, parte hermano mayor” y mantuvo aquellas consultas durante medio siglo.

Para la autora, Arrau le debe a estos dos hombres formados en la maciza cultura germana de vueltas de siglo, su eterna inquietud intelectual. Krause, además, lo llamó siempre a empaparse de los contextos culturales y sociales donde las obras habían nacido, fueran de Bach, Beethoven o Arnold Schoenberg. No es raro entonces que frente a sus contemporáneos virtuosos del piano como Vladimir Horowitz o Artur Rubinstein el chileno luciera siempre como un intelectual, un pensador más que un showman del instrumento.

“Arrau tenía una mente libre y atrevida, de la que saltaban chispas de ingenio y de humanista. Es un hombre que suele ser admirado por su talento y conquistas, pero que sigue siendo muy poco conocido en su personalidad”, dice Marisol García.

Donde sí se pudo ver su personalidad fue en el último de los tres conciertos que ofreció en el Teatro Municipal en su retorno a Chile tras 17 años de su ausencia. En realidad, y tal como lo describe el libro de García, la situación era tan difícil que era imposible no notar incomodidad en el rostro del maestro de 81 años: el general Pinochet apareció sin previo aviso en el palco presiencial, de inmediato se escuchó por los altavoces el himno nacional y Arrau debió esperar con la mirada perdida en ninguna parte antes de empezar su sonata de Beethoven. Demás está decir que no cantó la canción.

El pianista chileno había sido siempre un opositor al régimen militar y en sus recitales de retorno evitó los contactos oficiales. Esa visita le cayó como un balde de agua fría. En cualquier caso el concierto fue de primera: su disciplina era infalible y a prueba de todo. A Arrau, que usaba trajes hechos a medida y jamás comía antes de un concierto, lo tenía en plena forma una rutina que se forjó en sus años de Alemania. Consistía en dormir 10 horas diarias, practicar yoga, privilegiar las frutas y, sobre todo, nunca dejar de practicar en el piano.

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