Balance de cuatro años de gobierno
La administración de Gabriel Boric concluye no sólo con una evaluación económica negativa, sino también con un magro balance político para su sector, que obtuvo su peor resultado electoral en unas presidenciales desde el retorno a la democracia.
Los gobiernos se miden por sus resultados. Eso es lo que determinará el juicio a las autoridades que hoy asumen y también lo que define a las que hoy concluyen sus cuatro años en el poder. Una administración, esta última, que llegó a La Moneda no sólo encarnando una nueva generación, sino también representando a un grupo político que por primera vez se hacía cargo de gobernar el país. La alternancia entre dos bloques de centroizquierda y centroderecha que había dominado la escena política desde el retorno a la democracia quedaba atrás con el ascenso de una izquierda más dura representada por el Frente Amplio y el Partido Comunista, que si bien ocupó cargos de responsabilidad en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, por primera vez estaba al mando.
El discurso refundacional que marcó el inicio de su gestión, se vio sin embargo, seriamente golpeado tras la derrota en el plebiscito del 4 de septiembre de 2022, que sepultó las aspiraciones por aprobar una Constitución que promovía temas no sólo ajenos a las preocupaciones ciudadanas mayoritarias sino también a la tradición republicana chilena, como la plurinacionalidad o la creación de un sistema de justicia paralelo, que la mayoría de los chilenos rechazó. El resultado de la consulta fue una clara señal de desconexión entre las nuevas autoridades y la realidad del país. Para la población, más que temas identitarios, la prioridad estaba en asuntos cotidianos, como la inseguridad.
Pero más allá de la falta de sintonía, manifestada en el resultado del 4/S -que obligó a enmendar rumbo y reforzar la presencia en el gobierno de sectores de la ex Concertación antes demonizados- la administración del Presidente Gabriel Boric mostró, además, serias falencias de gestión -que el propio mandatario saliente ha reconocido estos días- y un discurso sobre la superioridad moral -explicitado por el exministro Giorgio Jackson- que chocó con la realidad. La nueva generación en el poder, que cuestionaba las malas prácticas de sus antecesores, se enfrentó primero al caso Democracia Viva y los escándalos de líos de platas que golpeó al corazón del FA y luego a las denuncias contra el exsubsecretario Manuel Monsalve, demostrando que estaban lejos de tener un estándar moral y valórico distinto.
En términos de resultados, el gobierno de Gabriel Boric no sólo deja el poder con el segundo crecimiento económico promedio más bajo desde el retorno a la democracia, sino también con una cifra récord de déficit estructural para un periodo sin crisis, que llega al 3,6% del PIB, legando un escenario de severo estrés fiscal. Una realidad que se suma a las desprolijidades mostradas en el manejo de temas sensibles, como quedó en evidencia en las postrimerías de su administración, con lo sucedido con el cable submarino chino.
El balance negativo, sin embargo, no se da sólo en términos económicos o de gestión del Estado. En términos políticos los resultados tampoco lo favorecen. No sólo uno de sus mayores logros, la aprobación de la reforma previsional, se consiguió tras renunciar a sus aspiraciones iniciales de acabar con las AFP, sino que terminó reforzando el sistema. Además, su sector político deja el poder tras haber sufrido en las pasadas elecciones presidenciales la mayor derrota electoral desde el retorno a la democracia. Una clara señal del descontento ciudadano con su gestión.
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