El “Rechazo” aún no logra articularse en una coalición
Para que las fuerzas que confluyeron en el “Rechazo” puedan consolidar un proyecto político de largo plazo se requiere construir una mirada común, lo que no parece sencillo cuando ni siquiera los partidos que conforman el gobierno han logrado constituir una coalición.
La conmemoración de los cuatro años desde que tuvo lugar el plebiscito constitucional -el llamado “4-S”, donde la opción “Rechazo” se impuso por un aplastante 62%- ha sido motivo de especial celebración por parte de sectores que entonces resultaron triunfantes, recordando la enorme transversalidad que tuvo dicha votación y el acierto de haber detenido en forma contundente un proyecto constitucional que habría refundado de un modo totalmente incierto al país. Allí confluyeron sectores de la centroizquierda -la cual se fracturó en forma irreversible-, todos los partidos del mundo de la derecha y también núcleos identificados con el PDG, además de millones de independientes que no se vieron reflejados en la propuesta de la extinta Convención.
A partir de dicho resultado fue evidente que el viejo clivaje del “Sí” y el “No” quedaba definitivamente atrás, para dar paso a un nuevo parteaguas en nuestra política, esta vez entre el mundo del “Apruebo”, donde estarían aquellos sectores que siguen añorando cambios radicales en el modelo socioeconómico del país, y del “Rechazo”, conformado por quienes se oponen a las lógicas refundacionales y favorecen mantener las bases esenciales de lo que ha sido el modelo de desarrollo que ha seguido Chile.
Dada la enorme votación y trasversalidad que recogió el “Rechazo”, algunos vieron la posibilidad de proyectar políticamente a estas fuerzas, y en cierto modo tal idea encontró algo de base luego del contundente triunfo de José Antonio Kast en la presidencial de 2025 -con el 58% de los votos- así como en el intento inicial por tratar de configurar un gabinete que procurara reflejar la amplitud de miradas que estuvieron por el “Rechazo”.
La realidad, sin embargo, ha demostrado las dificultades para poder darle una proyección política a todo ese mundo, lo que desde luego quedó reflejado en que el Partido Nacional Libertario no forma parte del gobierno, solo un reducido sector de la centroizquierda se integró al gabinete del Presidente Kast, y el PDG ha seguido su propio camino, sobre todo luego de que su líder obtuvo un inesperado tercer lugar en la primera vuelta de las presidenciales pasadas. Además, en estos casi seis meses de gestión han sido evidentes las constantes fricciones entre el Partido Republicano y Chile Vamos, al punto que ni siquiera ha sido posible conformar una coalición de gobierno propiamente tal -una idea que sobre todo ha sido resistida por los republicanos-, algo de suyo inédito desde el retorno a la democracia.
Lo concreto es que más allá de la mística que el “Rechazo” genera entre sus partidarios, al cabo de estos cuatro años aún sigue al debe la articulación de esta mirada de país en un proyecto político compartido, un claro reflejo de que para que ello sea posible no basta con oponerse a reformas radicales. La lógica “anti” fue funcional para ganar un plebiscito y rechazar las malas ideas que contenía el proyecto constitucional, pero no alcanza para efectos de consolidar una propuesta política a largo plazo, porque para ello necesariamente se requiere construir un proyecto común. Ha costado asimilar que hay una enorme diferencia entre articular un 62% para rechazar, y movilizar esa misma mayoría para un proyecto político. Esta tarea sigue pendiente, y desde luego no será sencilla de lograr, porque en el mundo del “Rechazo” hay distintas miradas ideológicas, algunas de muy difícil conciliación.
Además, es complejo imaginar una proyección a largo plazo si ni siquiera el propio gobierno es capaz de estructurarse en torno a una coalición. Sorprende que aún no se aquilate que esta carencia tiene negativas repercusiones, ya no solo para efectos de facilitar la construcción de un proyecto político compartido a largo plazo, sino que la falta de una estructura que permita una mejor conducción política le genera un evidente desgaste al propio gobierno, donde no debería sorprender que los mayores daños provengan de errores propios, fruto de la descoordinación o el afán de imponer determinadas visiones, sin tomar en cuenta el parecer del resto de los partidos. Con ello se ha minimizado la importancia de la institucionalización de la política, ilustrando la diferencia entre juntarse para hacer gobierno y gobernar bajo la estructura de las reglas propias de una coalición.
Naturalmente que estos problemas del oficialismo distan mucho del cuadro de desolación en que se encuentra sumida la izquierda -la cual fue el gran soporte del “Apruebo”-, que tras estos cuatro años aparece ahora desarticulada, encontrando su razón de ser en aparecer como una oposición inflexible frente al gobierno de Kast y la “ultraderecha”, pero sin capacidad de articular propuestas propias y mucho menos de poder proyectarse hacia el futuro. Este sector no solo está pagando las consecuencias del mal sabor que dejó el gobierno del expresidente Boric, sino que también enfrenta el costo de haberse desconectado de las verdaderas necesidades de los chilenos, al haber promovido o avalado reformas radicales que terminaron por ahuyentar a muchos. Si bien este cuadro de debilidad en que está la oposición probablemente facilita el quehacer del gobierno, no debería ser excusa para dejar pasar la oportunidad de impulsar los cambios que permitan funcionar bajo la lógica de una verdadera coalición.
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