1.056 vueltas al patio de la casa: la odisea del ganador del maratón índoor de Santiago

Juan Pablo Canevaro recorre el circuito casero de 40 metros que se ideó en su domicilio para completar el maratón después de 1.056 vueltas.

Juan Pablo Canevaro, ganador el domingo del seudo maratón de Santiago, kinesiólogo chileno y triatleta de 52 años, relata una experiencia que le llevó casi cinco horas y le hizo adelgazar dos kilos.


We are the Champions se escucha a todo volumen en una casa de La Florida. Vestido con una polera azul, Juan Pablo Canevaro (52) rompe una cinta que simula la meta. Luce transpirado, extenuado. Su señora, Claudia Miranda, sonríe con orgullo evidente. Daniela toca la tradicional campanilla como final de la corrida. Martín ondea la bandera chilena. Fabián le cuelga un CD en el cuello, una suerte de una medalla. Son sus hijos, que festejan. Los abrazos de familia en esta ocasión están permitidos.

Juan Pablo Canevaro, kinesiólogo, pasó de ganar el Ironman de Pucón 2019 en la categoría 50-54 años a imponerse este domingo en el seudo maratón de Santiago, la iniciativa con fines benéficos con la que Michelob Ultra trató de compensar la suspensión de la carrera atlética más popular de Chile. 42 kilómetros corridos sin salir de casa.

El año pasado nadó, pedaleó y corrió por Niza, en el Ironman. Ahora cambió ese paisaje maravilloso por los rincones archiconocidos de su propio hogar. Fueron 42,27 kilómetros recorridos en 4 horas 43 minutos y 24 segundos, según registró su GPS a través de una aplicación compartida que visaba la organización. 1.939, las calorías quemadas. “Me enteré de la carrera por un chat con amigos. Un excompañero mío, de los que salimos a pedalear los fines de semana, me escribió. Me metí y vi que había 5, 10, 21 y 42 kilómetros. Pensé que había que darle no más. Si se podía donar plata corriendo para ayudar a combatir el Covid, había que hacerlo”, explica.

Por cada kilómetro recorrido, la empresa daba mil pesos para ayuyar en la batalla contra el Covid-19. Canevaro completó 42. “No tomé ni desayuno. No me comí el típico huevo que consumo cada mañana con diferentes vitaminas. Lo que no voy a negar es que pensé hacer los 42K en 12 horas, parcelado. Teníamos hasta 12 horas para completarlo. Pero durante la carrera me fui motivando e hice todo de una”, presume.

El circuito lo definió al ponerse el short y la polera. Sacó el auto del estacionamiento. Esa sería la partida. Luego pasaría por la puerta trasera de la casa, deambularía por la entrada, para terminar dando la vuelta. “En total eran cerca de 40 metros por vuelta. Ni siquiera sé cuántas vueltas fueron. Fueron muchas”. Exactamente 1.056.

“Al principio me mareé. Fue difícil. Si te mostrara los tiempos, te darías cuentas que fue bien duro el arranque. Al principio mi marca era cerca de siete minutos por kilómetro. La segunda mitad de la carrera fue mucho mejor. Empecé a concentrarme en las curvas; una giraba para un lado y la otra para el otro para evitar cargarme hacia solo un lado. Las heridas empezaron a aparecer”, comenta.

Su señora ayudó con el agua. “Fue clave. Claudia me motivó harto. Al principio fue un vaso de agua cada cinco kilómetros, pero después de los 30, me daba uno cada tres. Me preparó un pan con miel y después, como en el kilómetro 35, me comí un plátano”.

Las dificultades de la carrera las sorteó escuchando a Roger Waters, entre otros, en una lista aleatoria de Spotify. “En lo mental fue súper fuerte. Te diría que es de las cosas más duras que he hecho. No tengo mucha paciencia. Piensa que estoy dedicado al ciclismo. Hay que tener mucha cabeza para un maratón. Siempre pensé que la haría en 12 horas, y no de una. Nunca pensé en retirarme, eso sí, porque las condiciones estaban buenas. Mi señora me estaba dando alimentación mientras corría”.

Su oficio de kinesiólogo le sirvió de estímulo: “Lo que me motivó fue ayudar. Yo trabajo en esto, trabajé en hospitales públicos. Es una lata las carencias que tienen los hospitales. Trabajé en terapias ventilatorias y tuvimos que hacer ventiladores con agua, hechizos, con mezcladores. Eran totalmente artesanales. Sé las carencias que hay en el servicio público. Uno tenía todo el día para hacer 42 kilómetros. Pienso que cualquier persona, parcelando la carrera, podía hacerla”.

Concluida la mini gesta, la familia festejó con una lasaña: “Soy vegetariano, así que no hice ningún asado para celebrar. No tocaba ir al supermercado hasta el día siguiente. Armamos la lasaña con lo que teníamos. Berenjena, queso y salsa de tomate. Había que recuperar fuerzas. Bajé dos kilos. Antes de la carrera pesaba 72 kilos. Después 70”.

Y cierra: “Amanecí machucado. Hace rato que no sentía estos dolores. En Niza no terminé así; fue menos traumático. Menos kilómetros y otro paisaje. Me imagino que tuve la misma sensación de los animales encerrados. Mi tiempo tampoco fue el mejor, pero eran otras circunstancias. Me queda la alegría de haber ayudado”.

Michelob Ultra informó que 2.000 participantes se inscribieron, sin especificar cuántos en los 42 k. Un quórum que llevó a la compañía estadounidense a aportar $12.600.000 a la Fundación Desafío Levantemos Chile (había dicho de tope diez millones).

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