Kipchoge, el maratonista inalcanzable: 36 años, segundo oro olímpico y el mundo a sus pies

Kipchoge flamea la bandera de Kenia y sonríe por su segundo oro olímpico. (Photo by Charly TRIBALLEAU / AFP)

Ganador de la prueba del maratón, el keniata revalida su victoria en Río y vuelve a poner su nombre en la cima del planeta. Nadie es mejor que él y en Tokio quedó claro. Terminó los 42 kilómetros de competencia en dos horas, ocho minutos y 38 segundos.


Cuando Eliud Kipchoge trota, el mundo se paraliza. Con 36 años, el corredor keniano es una leyenda viviente de la disciplina. Dueño del récord mundial y ahora de dos oros olímpicos, su figura genera fanatismo alrededor del globo. Por eso la victoria en Tokio se recibe con aplausos pero sin asombro. No rompió la marca planetaria, pero sí demostró que es uno de los elegidos. Único, imponente, inalcanzable.

En el kilómetro 25, su silueta comenzó a despegarse del pelotón. Ya había sido líder tras media hora de competencia, pero había perdido la punta. Algo que después no volvió a suceder, corrió como nadie, marcando las diferencias con los mortales. Verlo es un placer y casi una obligación. Es uno de esos deportistas que definen generaciones y disciplinas. De figura esbelta y sonrisa tímida, Eliud solo se preocupa de correr, su motivación e impulso de vida.

Cuando avanzaba a paso agigantado por las calles de Sapporo, pensaba en su récord mundial conseguido en Berlín 2018 y en su oro en Río 2016. También volvía a sus victorias en tres de los grandes maratones (Chicago, Berlín y Londres). Por su cabeza transitaban los recuerdos de una carrera que lo ha mantenido 18 años en la élite y que hoy lo revalida como el mejor exponente en la historia del maratón.

Kipchoge y la mirada del público nipón. (Photo by Yasuyuki KIRIAKE / POOL / AFP)

Incluso cuando pasaba por el kilómetro 35, ya muchos pensaban que iba a poder bajar de las dos horas de tiempo y por fin homologar el logro que había conseguido en octubre de 2019 al marcar 1h59m40.

Pero Japón no es Viena. Bajo un clima asfixiante, que incluso obligó a llevar la prueba lejos de Tokio, fue el mayor rival en esta competencia. Uno que atacó piernas y cabezas en estos Juegos.

Eliud no se fatigó, siguió a un ritmo ensordecedor, ya no por el récord, pero sí por la gloría olímpica. Fue tal la diferencia con sus rivales que las cámaras televisivas muchas veces prefirieron mostrar la batalla por el segundo y tercer puesto, que el recorrido final del keniata. Su victoria era un hecho, ya nadie podía arrebatársela.

Y cuando cruzó la meta, el marcador mostró su tiempo: Dos horas, ocho minutos y 38 segundos. La postal lo mostraba solitario, inalcanzable. Trotó un par de metros más y se posó sobre los fotógrafos. Soltó una sonrisa de satisfacción y le mostró al mundo el rostro de un bicampeón olímpico y un ganador absoluto.

La soledad de lo extraordinario. Kipchoge llegando a la meta. (REUTERS/Feline Lim)

El podio quedó completado por Abdy Nageeye de Países Bajos y Bashir Abdi de Bélgica. Ambos asaltaron las medallas en el cierre de la carrera, aprovechando el agotamiento de Lawrence Cherono y Ayad Lamdassen.

Nacido en el Valle del Rift, ese condado mágico si de corredores de larga distancia se trata, Kipchoge desde pequeño encontró su pasión. Él mismo dice que lo que cambia es el entrenamiento, pero la técnica se mantiene. Los 42 kilómetros son su terreno natural. Nada le afecta, nada lo desmarca del objetivo. Puede estar en Tokio o en su querida Kapsisiywa, pero él es el mismo. Trota de manera segura, imponente. Siempre solo, con el mundo y sus rivales mirándolo desde atrás.

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