El escritor italiano Roberto Saviano, en su libro Cero,Cero,Cero, donde hace una meticulosa investigación global del poder y el alcance del tráfico de drogas, llega a la desoladora conclusión de que perseguir a los distribuidores de cocaína es una guerra perdida, que la criminalización es un gran negocio para los delincuentes y propone, con dolor y señalando que es lejos de ser una solución ideal, legalizar la cocaína. Al menos, señala el autor de Gomorra, se evitarían miles de muertos al año. La propuesta de Saviano es tan cínica como realista: por más que se persigan a los grandes cárteles, siempre terminarán cayendo los menos, dejando regueros de cadáveres en la berma.

Sin ser del todo simétrico, el problema del dopaje en el deporte profesional es similar. El último caso, doloroso para nosotros, es la presencia de anabólicos en un control sometido a Nicolás Jarry. Fue suspendido por la ITF y contrató a uno de los abogados más prestigiosos para que lo defienda. Hace algo más de un año cayó Natalia Duco y su brillante carrera terminó de manera abrupta y dramática. Hoy participa en un reality de cocineros. La lista de deportistas chilenos es larga, incluye a todas las disciplinas, y tuvo su primer hito en el bullado positivo del pesista Jacques Oliger, quien perdió sus tres medallas de plata en los Panamericanos de Caracas 1983 y tuvo que retirarse.

El fenómeno del dopaje es mundial y profundo. La WADA, la agencia internacional para el control, funciona muy parecido a la DEA. Vigila, ataca y sanciona. Tiene laboratorios y agentes en la gran mayoría de los países miembros del COI. Todos los deportistas de élite saben que cualquier día, a cualquier hora, pueden caer los oficiales controladores de las agencias antidopajes locales para solicitar una muestra de orina. Esto genera situaciones tragicómicas, como atletas escapando por ventanucos del baño, frascos quebrados por casualidad, incluso burdos métodos de engaño, como penes de goma rellenos con orina o, como me contó un médico especialista ya retirado, el caso de un ciclista famoso y ganador de la Vuelta de Chile, quien andaba con una bolsita con orina de su mujer para eludir los controles. No hace demasiado tiempo, cuando llegaron a controlar a Natalia Ducó a un entrenamiento, se produjo una escabechina entre los oficiales y su fallecida entrenadora, Dulce Margarita García, donde no faltaron los insultos, las corridas y los manotazos al aire.

El dopaje es como el correcaminos y la WADA como el coyote. No tiene posibilidad de atraparlo. Cada vez se refinan más los métodos de elusión, así como lo sofisticado de las drogas, existiendo substancias creadas ex professo para tapar otras sustancias. Como ocurre con el tráfico de drogas, por cada deportista atrapado, hay centenares que superan los controles. En los últimos años, el COI y la WADA han apretado las clavijas duramente y esa razón tiene a Rusia fuera de todos los campeonatos mundiales. Pero tener un gran chivo para sacrificar a los dioses en ningún caso atenúa demasiado el problema, menos lo arregla. En el último mundial de atletismo en Qatar, la mágica desaparición de los fondistas de Kenia y los velocistas masculinos de Jamaica, muestran cómo, ante las ofensivas de los organismos, tácticamente los sospechosos se repliegan, esperando una nueva avanzada. Llamativo fue lo ocurrido con la fondista holandesa-etíope Sifan Hassan: ganó los 1.500 y los 10.000 de manera espectacular en el mismo momento que su entrenador, Alberto Salazar, una especie de Pablo Escobar del dopaje que entrenaba a Mo Farah, era suspendido cuatro años de toda actividad por la Usada. En ese caso, todos miraron para el lado.

Como en el tráfico de drogas, podría haber una solución cínica, tipo Saviano, con el dopaje: bajar los brazos y permitirlo con la única restricción de que no atente contra la vida del deportista. Una solución, claro, que solo cambiaría los problemas actuales por nuevos problemas. Unos monstruos serían reemplazados por otros monstruos.

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