Columna de Alan Pauls: "La sociedad directa"

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Imagino una sociedad que va al grano. Que no pierde el tiempo, no se va por las ramas, no se despista. Pienso en "ir al grano" y en todas las expresiones que expresan esa idea y declaran que la desean y que es deseable de por sí, por naturaleza, por esa segunda naturaleza que es el sentido común: "Al pan, pan y al vino, vino", "las cosas por su nombre", "poner los puntos sobre las íes". Pienso en las que eligen decir lo mismo por el camino de la negativa: "No gastar pólvora en chimangos", "no pedirle peras al olmo", "no andarse con rodeos", "no dar vueltas". No deja de ser irónico que el lenguaje apele a tantas metáforas -dé tantas vueltas- para promover las virtudes de la línea recta. Pero ¿qué sería ese milagro de concisión civilizatoria, esa cumbre de la sobriedad y la inmediatez social? Una sociedad directa, sin mediadores, nexos, transiciones ni nada que oficie de eslabón entre personas, situaciones, estados, cosas. Supongo que algo así, aunque con la imprecisión que las circunstancias urgentes imponían, era lo que imaginaban quienes gritaban "¡que se vayan todos!" -refiriéndose a la clase política y a toda figura de autoridad institucional- durante la crisis argentina de 2001-2002. Supongo que algo así, aunque con la vaguedad propia de un cociente intelectual desfinanciado, era el sueño que soñaba el expresidente Macri cuando pedía que se hablara menos y se hiciera más.

Políticos, lenguaje... Porque es ahí -decretan los entusiastas de lo directo- donde están los problemas: en el medio, "entre". Hay demasiadas cosas entre las cosas: el entre es el espacio de lo inútil, lo superfluo, lo excesivo, cuando no de la estafa, el robo, la traición, etc. Tributaria de ese diagnóstico, sin embargo, la sociedad directa no propone mejorar ese intervalo, ni refinarlo, ni siquiera simplificarlo o reducirlo: propone eliminarlo. (Es la tesis de los "liberales libertarios" con respecto al Estado, que radicaliza, continuándola, la posición antiintervencionista de los liberales tradicionales.) O bien propaga la ilusión de que lo elimina. Directo es mejor (básicamente más barato, en términos de costos económicos a la vez que afectivos, emocionales, libidinales), aun cuando los grandes éxitos de lo directo -Amazon, por ejemplo- no hayan abolido sino apenas reemplazado las intermediaciones, suplantando a los terceros materiales (tiendas, vendedores, distribuidoras) por los inmateriales (digitales), que, como nunca se recordará lo suficiente, dependen de cientos de miles de kilómetros de cables y conexiones y de miles de satélites -puede que invisibles, sí, pero tan materiales como el teléfono, la cosa que más tendemos a creer que hemos perdido en la vida contemporánea.

Mientras la sociedad (la democracia) directa reclamada en la calle por las insurrecciones populares siga siendo una promesa, una de esas fiestas de primavera que no tardan en ser cooptadas por la más rancia institucionalidad, hablemos de la única que no es un sueño, y que en rigor es la parodia pesadillesca de aquella: una sociedad tinderizada, donde entre el/la que desea y el objeto de su deseo, cualquiera sea, no hay más que aire, vacío, nada que un pase de cut & paste no sea capaz de saltearse sin dejar huellas, ninguna instancia ni contingencia que pueda terciar entre ellos y, eventualmente, problematizarlos. Calcada sobre el modelo de Grindr, precursora gay del fast dating que ahora hace furor entre los corazones desesperados del mundo (hétero), la app de citas Tinder es otro gran éxito de un ideal de lo directo que se las ingenia muy bien para disimular las condiciones que requiere para ejercerse. Caucásico bien dotado de 45 da con la nórdica skinny de 30 que buscaba (y viceversa, es de suponer) y da con ella ahora, ya, en el acto, y ese "encuentro" de tal para cual, que realiza el sueño platónico de la reunión de las dos mitades perdidas del andrógino original, se da el lujo de prescindir de todos los agentes propiciadores conocidos: amigos comunes en papel de celestinos, azares de la vida, eye contact casual, charlas de sala de espera o ascensor -ni hablar de cafés, tragos, películas, salidas al teatro o a cenar, meras variables que abultan los costos de producción del amor o, más modestamente, quizá, del desahogo.

Una vez más, el razonamiento es económico: no hay peor enfermedad que el desequilibrio presupuestario, y no hay optimización genuina que no implique un plan de reducción de costos. Tinder promete ahorrarnos la búsqueda, los errores de casting, las presentaciones incómodas, el rubor que delata, los malentendidos, las tomas de decisión, las sospechas; en otras palabras: esa extraordinaria porción de incertidumbre que encierra salir al encuentro de otro. De ese problemita se encargaban, no hace tanto tiempo, dos instituciones subvaluadas: la prostitución y las propias manos. Tinder, encima, vende relacionalidad y nos chantajea en términos morales: el que está solo, ahora, es porque quiere (así como en el que no viaja, en la era de las low cost, es porque no quiere), lo que confina al orden de lo individual-privado condiciones y razones que son en gran parte de orden social. Es obvio, sin embargo, que todo eso que nos ahorramos con Tinder lo pagamos -caro o no, está por verse, pero lo pagamos- haciéndonos adictos al teléfono, que más que un intermediario pasa a ser nuestra prótesis, nuestra principal terminal erótico-nerviosa. (Cuando bajamos una app, escribe Paul B. Preciado, no la bajamos a nuestro celular, sino directamente a nuestro aparato cognitivo; de ahí que el móvil sea "uno de nuestros más íntimos y accesibles tecnoórganos externos").

Eso que imagino no está lejos, por supuesto. No es una utopía ni una distopía, ni siquiera una novedad. Es una sociedad de mercado, y ni siquiera una particularmente desarrollada. Una sociedad eficaz, que piensa que no lo será si no se deshace de los nichos de vacilación que la detienen, demoran, distraen, paralizan. Experiencias dilemáticas como el amor, el deseo, el encuentro sentimental, siempre trabajadas por la duda, la fragilidad, el error de cálculo, que la sociedad directa propone dirimir sometiéndolas a la misma lógica que rige o debería regir -si todo funcionara bien, si entre uno y otros no brotaran siempre esos aguafiestas que lo arruinan todo- la convergencia entre un consumidor necesitado y el bien, el servicio, la ilusión, la creencia o el placer que cancelarían -no sin renovarla, igual que una sustancia adictiva- su necesidad. No es difícil dejarse tentar por la perfección de ese encuentro sin resto, sin sobras, sin desperdicio. Es el prototipo mismo del éxito. Porque ¿qué es el éxito si no algo que no deja nada afuera?

Pienso en Tiempos modernos, de Chaplin, en particular en esa escena (cito de memoria) en que Charlot, enajenado por la monotonía infatigable de la línea de montaje que lo esclaviza, usa las llaves con las que ajusta tuerca tras tuerca tras tuerca para remachar los botones que una mujer lleva en la ropa a la altura de sus pezones. El trabajo es una condena; el sexo, un placer. Pero hay un punto en el que condena y placer son lo mismo, y es el punto en el que tanto uno como otro son lo que son, un fenómeno de pura adecuación, un engarce, nada más ni nada menos: uno, el gesto mecánico (del trabajo) de ajustar una pieza mecánica; el otro, el gesto mecánico (erótico) de "operar" una parte del cuerpo de una mujer. Son el mismo gesto (que el humor popular supo inmortalizar con un clásico de la metalurgia soez: la cópula del tornillo y la arandela). Esa evidencia, en 1936, era el blanco del statement crítico de la película. Ochenta y tres años después, ya no hay rastros de crítica. El espíritu capitalista que en Chaplin transfería la eficacia de la línea de montaje fabril a la producción de gestos eróticos es el mismo que hoy transfiere el culto de la inmediatez de la esfera del consumo al campo del ideal amoroso o sexual. Solo que lo que para Chaplin era una forma más o menos revolucionaria del horror, para nosotros es algo así como un paso adelante. Hijo tal vez del fracaso y el desencanto, pero un logro. Un poco como los psicofármacos, enérgicos y proactivos, frente a las maltrechas disciplinas psi, tan devotas del pasado y los laberintos del lenguaje. Ya no perdemos tiempo, no nos hacen el cuento, nadie nos vende buzones. Como el delantero ante el arco, el cliente ante la góndola, el macho priápico o la hembra en celo ante el trozo de carne que los aplacará, estamos todos (todos tenemos la posibilidad de estar) frente a frente con lo que queremos. ¿No soñábamos con eso?

Yo, la verdad, no. Y aclaro que yo me muevo más cómodo en vastos supermercados anónimos que en almacenes de barrio atendidos por sus dueños, en el tête-à-tête con pirámides de ofertas mudas y cajas automáticas que en la conversación o el regateo con empleados, en el penoso peregrinar en busca de un precio o un producto que en el calor de la consulta entre humanos. Cuando estoy en una ciudad que no conozco, prefiero ensimismarme en un plano de Google o un mapa de papel -esa ignominia de gente embalsamada- antes que exponerme preguntando por una calle al primer desconocido que pase. Quiero decir: yo también tengo miedo, yo tampoco sé nada, yo no voy siempre adonde quiero. Pero si me dieran a elegir entre mi miedo y la certeza de que entre lo que quiero y aquello con lo que me encontraré no habrá desajuste alguno, nada que sobresalga o cuelgue un poco, ninguna rebarba imprevista que me sorprenda, desconcierte o incluso decepcione, elegiría mi miedo, una y mil veces. Los paladines de la optimización dirán que es por romanticismo, por esa superstición anacrónica según la cual lo que está un poco mal siempre es mejor, más verdadero, más "humano", que lo que está bien del todo. Puede ser. Es también, a su modo, la tesis de The go-between, una vieja película de Joseph Losey en la que un niño de 13 años oficia de correo entre dos amantes forzados a la clandestinidad por la diferencia de clase. Mercurio teen, el chico, se la pasa yendo y viniendo con esquelas incandescentes, verdaderas bombas de tiempo que no tardarán en detonar, mientras se enamora de la aristócrata (Julie Christie) y se deja fascinar por el granjero (Alan Bates). El entre, en efecto, es siempre la sede del problema; pero lo es porque es también la sede de la posibilidad, la potencia, la invención inesperada.

Si prefiero la rebarba, el remanente, el residuo indeseado -una sociedad de sobras y de entres- antes que el cálculo más eficaz, es simplemente porque veo esos deslices no como desperfectos externos, palos en una rueda que funcionaría mejor sin ellos, sino más bien como elementos esenciales, constitutivos, que hacen que un todo -una sociedad- nunca se cierre sobre sí misma, nunca sea una trampa ni una tumba. Son puntas de un ovillo que espera ser desenredado, enigmas o promesas con las que no contaba y que me desafían. ¿Por qué querría sacármelas de encima? No quiero que nada ni nadie me las ahorre, mucho menos con el argumento de que, ahorrándomelas, podré dedicarme a lo que realmente vale la pena. ¿A qué? ¿A trabajar más, a pavear por Facebook, al home banking, al gimnasio? No. Yo no tengo nada mejor ni más importante que hacer.

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