Vuelta a clases: los costos de un año perdido

Los estudiantes de Chile se vieron obligados a aprender desde sus casas durante ocho meses por la pandemia. Pero hubo algunos a los que esa medida afectó más que a otros. ¿Cómo aprende un alumno de un liceo técnico si no puede acceder a un taller? ¿Qué efectos tiene en su carrera? Con el retorno a clases estas semanas, varios están averiguando esas respuestas.



Dos cursos más allá, en el cuarto medio A de Construcciones Metálicas, estaba su pareja, Misael Galindo (19), con el que llevan más de un año juntos. Él también tenía planes para este 2020: quería sacar rápido el año para ponerse a trabajar y, en paralelo, entrar a estudiar Ingeniería en Construcción en alguna universidad o centro de formación técnica, dependiendo del puntaje que sacara en la Prueba de Transición Universitaria (PTU). Un proyecto que tenían pensado entre los dos era que, una vez que estuvieran trabajando, se fueran a vivir a la playa o incluso habían pensado en España. “Lo que siempre le digo a la Pascale es que tiene que aprender a disfrutar, porque trabaja todos los días”, dice él riéndose.

Pascale Prat (19), alumna del taller de Mantención de Aeronaves del Colegio Bicentenario Complejo Educacional La Reina.

La primeras semanas de marzo la vivieron con ese mismo entusiasmo. Eso hasta el 16 de ese mes, cuando se cancelaron las clases y la pandemia llegó a alterar sus metas. Lo primero que sintió Misael Galindo fue frustración: parte de las cosas que le gustaban de cuarto medio era que pronto podría estar trabajando. Pascale Prat al principio lo encontró entretenido: tendría más tiempo para ella y podría levantarse más tarde. Pero con el correr de los meses, eso comenzó a cambiar.

De un momento a otro, ambos se dieron cuenta de algo: ninguno tendría el año que habían imaginado.

Misael Galindo es la pareja de Pascale. Ambos estudian en el Complejo Educacional La Reina y llevan un año juntos.

Problemas en casa

En el Colegio Bicentenario, Complejo Educacional La Reina, siguieron con clases online tanto para las materias básicas de Lenguaje y Matemáticas, como para los módulos teóricos de cada una de las especialidades. A esas clases, Misael y Pascale le pusieron atención al principio, sobre todo a las de su taller. Sin embargo, de a poco surgieron problemas: donde vivía Misael junto a su papá y hermanos, en Villa La Reina, no había Internet. Sólo podía conectarse con su teléfono, porque él no tenía acceso a un computador. Así que optó por ir a recoger las guías físicas que entregaba el colegio todas las semanas. Eso, sumado a que su papá tuvo que cerrar el taller de cerrajería que tenía -a causa de la cuarentena- hizo que tuviera que salir a la feria como vendedor ambulante, dejando los estudios como segunda prioridad. “Las cosas no se iban a pagar solas, y en mi casa yo fui el único que ayudó a mi papá”, cuenta Galindo.

En Peñalolén, Pascale Prat y su familia ya venían con problemas mucho antes de la llegada del Covid: en junio del año pasado, Carabineros llegó con una orden de desalojo a su casa por un problema judicial que tuvo uno de sus familiares. Desde ahí que ella, junto a su mamá y su hermano mayor, estaban viviendo de allegados donde un vecino que los recibió. Con la cuarentena, compartir esos espacios se volvió incómodo. Por lo que en julio decidieron cambiarse a un departamento en Lo Hermida, donde pagan $ 300 mil de arriendo. Ese gasto adicional hizo que ella también dejara de lado sus estudios. Además de ayudar a su mamá, que es vendedora ambulante, creó un emprendimiento de mascarillas con diseño que comenzó a vender por redes sociales. A ese negocio después se le sumó Misael, que había tenido problemas con la pareja de su papá. Así que decidió irse a vivir con ella al departamento de Lo Hermida.

Pese a que el colegio les entregó a ambos un chip con Internet inalámbrico para solucionar el problema del acceso, había algo que faltaba y que ni el Internet más ilimitado podría cubrir: Pascale necesitaba el sistema eléctrico de las avionetas que había en el colegio y Misael de a poco perdía la práctica, porque ya no tenía un taller donde soldar. Eso hizo que de a poco se fueran insegurizando respecto de sus aprendizajes. “Ahora dependía de uno aprender. Porque no era como cuando uno venía al colegio, que te enseñaban todo y estábamos metidos en los aviones. En la casa es distinto, es todo más difícil”, dice Prat.

Los alumnos del taller de Mantención de Aeronaves en su primer día de clases, retomando la práctica que no tuvieron durante ocho meses.

No fueron los únicos. Su compañero Sebastián Ramos también empezó a preocuparse por los costos de estar tanto tiempo lejos del taller. “El mayor miedo es no ejercer la profesión que a uno le gusta y para la que uno estudió. Es no cumplir con la expectativa de vida que uno tiene”, dice él. A veces los temores estaban dentro de la misma casa. Le pasó a Juan Wormald: su padre, de 38 años, y sin ninguna enfermedad de base, se contagió de Covid y quedó con ventilación mecánica por tres semanas en el Hospital del Salvador. “Uno está en otra. Hubo un momento en que no supimos nada de él, no sabíamos ni cómo estaba, ni qué le estaban haciendo. Entonces despertarme y ver que no estaba conmigo por semanas hizo que mi mente estuviera en otro lado”.

Sebastián Ramos (19) sintió esa falta de práctica, lo que se tradujo después en una inseguridad frente a no poder cumplir con sus expectativas a futuro.

Julio fue el mes más pesado para Pascale Prat. Entre la mudanza y el fin del semestre comenzó a sentir que esa presión de cumplir en todos los ámbitos de su rutina diaria no se iba a acabar nunca. Y el peor momento llegó cuando su profesor envió las notas del taller al grupo de curso. Ahí notó que en su nombre no aparecía ninguna calificación, pues no había tenido tiempo de hacer ningún trabajo. “Me acuerdo que me volví loca y me puse a enviar los trabajos que no hice en todo el semestre, de una”, explica.

Pascale confiesa algo: “Pensé que iba a repetir”.

Operación retorno

Esteban Alarc sabía que perder los talleres presenciales generaría un costo inminente en los estudiantes de tercero y cuarto medio. El director del Colegio Bicentenario de La Reina estaba al tanto de las situaciones de la mayoría de los alumnos a través de los profesores jefes, que son los que tienen más cercanía con ellos. Por eso es que desde hace dos meses que llevaban organizando el plan retorno que se concretó el lunes 2 de noviembre. El suyo fue uno de los 753 establecimientos a nivel nacional que abrió sus puertas.

La gestión de los permisos no fue compleja. Había disposición desde la municipalidad y en el Mineduc ya tenían considerado que los terceros y cuartos medios serían los primeros en volver. Sobre todo en colegios técnico-profesionales, que suman 935 a lo largo de Chile, y que cuentan con un índice promedio de vulnerabilidad de un 93%. “Cada nivel tiene una justificación, pero combinando todo nos pareció que era muy importante darles prioridad a los terceros y cuartos medios, porque en el mundo técnico es muy relevante. Pero, además, porque los de cuarto medio no tienen cómo recuperar nada el próximo año, a diferencia de otros cursos que podrán tener reforzamiento”, explica el ministro de Educación, Raúl Figueroa.

Mario Cepeda, el coordinador de la especialidad de Mantención de Aeronaves, se emocionó con la llegada de sus alumnos. La cuarentena también lo tenía desmotivado. Pese a los mensajes de ánimo que enviaban en las reuniones de profesores, para él era una frustración ver cómo sus estudiantes perdían la confianza en ellos mismos por no estar aprendiendo en la práctica. “Esto nunca me había pasado y al principio me sentía culpable de no poder lograr mi objetivo, que era enseñar, y ellos no poder lograr el suyo, que era aprender”, comenta. Su par Mauricio Vásquez, en el taller de Construcciones Metálicas, también se frustró, sobre todo porque son los profesores quienes se encargan de conseguir las prácticas a los estudiantes una vez que salen del colegio. Él tiene claro que este año será distinto. “Yo voy al Parque Industrial y el empleador me dice ‘necesito un alumno con estas características’, entonces el alumno tiene que llegar preparado para ese perfil. En este caso no va a llegar bien preparado, porque uno tiene que enseñarle todo de nuevo. Entonces la gran pérdida fue ese desarrollo, las habilidades técnicas y sobre todo la seguridad”, dice Vásquez".

Muchos de los alumnos del taller de Construcciones Metálicas entran directo a las prácticas para después trabajar en el rubro.

Susana Claro, fundadora de Enseña Chile, comparte esa visión: “Cerca de la mitad de los estudiantes asiste a un liceo técnico-profesional, donde el aprendizaje se realiza por esencia a través del ‘hacer’. Algo mucho más difícil en la educación remota”. Por eso es que ella siente que el cierre de este tipo de establecimientos “tiene consecuencias mucho más graves para los jóvenes más vulnerados, incrementando el costo que la pandemia tiene en este sector”.

En el Mineduc están conscientes de que otro año sin clases no es sostenible. Por eso, a nivel nacional se ha evaluado la idea de cerrar el ciclo 2020 a finales de diciembre y enfocarse de lleno en el inicio del 2021 con un plan fuerte de reforzamiento y con la idea de que, ya en marzo, el país debiera estar preparado para mantener los colegios abiertos. Incluso si hay rebrotes.

Mientras eso ocurre, en el Complejo Educacional La Reina los profesores saben que cada minuto que pasa es crucial para recuperar lo perdido. Por eso es que ese miércoles 4 de noviembre Mario Cepeda intentaba poner al día a sus seis alumnos, que miraban el motor de una avioneta:

“Ya, chiquillos, mucho ojo con esta pieza. Ustedes tienen que saber que si esto no funciona ponen en riesgo a todas las personas del avión. Es distinto que un doctor que está operando. Porque ahí, si se equivoca, sólo fallece el paciente. Aquí son muchas las vidas que ustedes tienen en sus manos”.

Pascale Prat era una de las que observaban. Un poco más allá, Misael Galindo vestía un slack de mezclilla - traje especial para su taller- y junto a sus compañeros se preparaban para comenzar a soldar. Ocho meses después, los sueños de ambos siguen siendo los mismos. Sólo que tal vez deban verse forzados a postergarlos un poco. Pascale Prat piensa que tal vez deba retrasar la entrada a la universidad. Aún necesita ayudar a su mamá y mantener a su familia. Porque eso sí ha cambiado este año. Ahora aportar en la casa es un deber.

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