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Roberto Carlos en el Movistar Arena: Parches en la memoria

El brasileño es una leyenda viviente cuya obra es fundamental entre lo mejor del pop romántico universal del último medio siglo.


Roberto Carlos (77) regala flores mientras la docena de músicos acompañantes sigue interpretando Jesuscristo. El público baby boomer, que prácticamente ha repletado el Movistar Arena la noche del domingo, se agolpa cerca del escenario celulares en mano para grabar a uno de los mayores astros de la canción popular de Brasil, una leyenda viviente cuya obra es fundamental entre lo mejor del pop romántico universal del último medio siglo.

El gentío se divide entre quienes desean capturar su figura y aquellos que se marchan, aún cuando falta el bis con clásicos entre clásicos como Amada amante y Un millón de amigos. Han pasado casi dos horas de concierto agridulce, un reencuentro que desde el primer minuto arrojó dudas que no competen directamente a la superestrella brasileña respecto de su perfomance, sino a una banda propensa a las florituras improcedentes y a la mesa de sonido con la brújula perdida para capturar el volumen y la mezcla precisa en un cancionero que siempre tuvo la constante de la elegancia, el garbo, la lenta e irresistible confabulación de melodías memorables, coros a fuego y arreglos sutiles, coronados por la tranquila voz de una figura septuagenaria sin mayor merma en su caudal.

En el medley introductorio, una carta de presentación típica en estrellas de esta envergadura con citas a sus mayores títulos (entre varios, Luis Miguel hace lo mismo), quedó establecido que la sección de bronces tronaba y lo mismo la batería con la caja y los toms muy arriba, más un exceso de redobles desdibujando cualquier trazo de sutileza de la restante ornamentación musical. Emociones, la primera canción de la noche, demostró que la voz también era víctima de los desbarajustes. Entre los constantes movimientos del micrófono sujeto al pedestal -tic habitual en Roberto Carlos-, y la torpeza de la mesa, aquel primer clásico solo triunfó por su peso histórico.

El cantante se mostró locuaz de inmediato. Hizo bromas sobre su edad para dejar la caída con Qué será de ti, coreada al unísono, lo mismo los versos “el hombre que sabe querer” de Cama y mesa. Siguió una partida en falso de Detalles por problemas en la guitarra acústica de Roberto Carlos.

Los primeros acordes fueron algo erráticos y finalmente la contundencia de la pieza se impuso a una débil versión, experiencia que se transformó en una constante: las canciones son tan clásicas que la memoria y el cariño termina parchando los baches.

Desahogo se vio envuelta en fanfarrias innecesarias y solo la cancha del brasileño que dialoga con el público para explicar cómo funcionan los deseos en hombres y mujeres, hace olvidar los malos arreglos.

Prosiguen más clásicos como Lady Laura, Cóncavo y convexo y El gato que está triste y azul, esta última siempre acompañada de la anécdota sobre su curiosa letra que el astro dice no comprender. Después hubo espacio para dos canciones nuevas del álbum Amor sin límites publicado el mes pasado, primero un dueto con Alejandro Sanz para Esa mujer, seguida de Llegaste junto a Jennifer López. “Y hasta canta”, bromeó Roberto Carlos cuando repasó las cualidades de J-Lo. Aunque se trata de buenas composiciones nuevamente la mesa de sonido las hizo picadillo. Cada vez que era el turno de la pista grabada del invitado, la desproporción en los volúmenes apabulló la voz en directo.

Los clásicos volvieron con La Distancia, interpretada en una mezcla de portugués y español, una de las constantes de la noche. “Gardel es realmente fantástico”, mencionó el ídolo antes de interpretar El día que me quieras, no sin antes apuntar que en la época del famoso tanguero los avances del sonido eran prácticamente nulos. Una paradoja en una cita en que los encargados del ítem, a pesar de la tecnología reinante, enturbiaron una noche que pudo ser perfecta. El ídolo y los éxitos eternos eran parte de la invitación.

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