Beatriz Sánchez antes de la política

Beatriz Sánchez viene de una sobrecalificada familia de académicos, pero un temprano embarazo puso en duda sus propios planes universitarios. En la Universidad de Concepción, donde llegó en 1989, no tenía gran vocación política y era percibida como “cuica” por algunos de sus compañeros. En 1996 entró a Radio Chilena, estación del Arzobispado. No tuvo problemas en adherir a la editorial de la Iglesia. Así se formó Beatriz Sánchez.

Beatriz Sánchez (46) siempre tuvo una vara alta, un reflejo en el interior del hogar que implícitamente le decía que tenía que responder en una sala de clases. Su padre, Alfredo Sánchez (74), no solamente era un profesional que estudió Historia y Geografía en la Católica de Valparaíso en tiempos en que no muchos chilenos pasaban por la universidad. También fue un hombre que, con el paso del tiempo, se dedicó a acumular posgrados: desde un PHD en geografía en el Reino Unido hasta un doctorado, también en Geografía, en la Complutense de Madrid, con algunos magísteres entremedio en la Católica de Santiago. Su madre, Beatriz Muñoz (72), se graduó de enfermera, pero nunca ejerció. Se dedicó toda su vida a la investigación en temas relacionados con medicina.

Pasados los 70 años, ambos siguen involucrados con la academia en la Universidad de Valparaíso.

Si algo define el origen de Beatriz Sánchez es ese: la academia. El interés por estudiar, por obtener calificaciones que permitan aspirar a más. Algo de eso entendió su hermana Manola (44), quien después de terminar Ingeniería Comercial en la Adolfo Ibáñez de Viña del Mar se fue a hacer un MBA en negocios a Harvard y vivió en Perú, Argentina e Inglaterra trabajando como consultora, para luego volver a Chile como decana de la Escuela de Negocios de la misma UAI, puesto al que renunció el año pasado. Ahora es parte del directorio del Bci.

Todo ese peso familiar se sintió cuando Beatriz Sánchez quedó embarazada a los 19 años de un compañero, Pablo Aravena, en primer año de Periodismo en la Universidad de Concepción.
Las expectativas eran demasiado altas y con el embarazo Sánchez creyó que les había fallado rotundamente a sus padres. Aunque no abortó, Beatriz Sánchez admitió en un programa de televisión que la desesperación la hizo intentarlo. Unos amigos estudiantes de Medicina le pasaron un remedio que inducía el aborto. Lo tomó, pero no funcionó. Fue en ese momento en que, según Sánchez, junto a Aravena, hoy su marido por 28 años, “dimos el paso de afrontar lo que viene”.

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A la Beatriz Sánchez que entró a estudiar Periodismo en la Universidad de Concepción se le recuerda por algunos rasgos: usaba una mochila naranja, la ropa más o menos ancha y un abrigo plomo. ¿Maquillaje? Casi nunca. ¿Música? De fogata, principalmente Silvio Rodríguez. Cuentan que en los carretes universitarios le daba sueño temprano, rasgo que se mantiene hasta hoy.

Periodismo en la Universidad de Concepción era una carrera con algo de historia, pero nueva. La escuela recién había reabierto en 1989, el primer año de Sánchez en la universidad, luego de ser cerrada en 1973, el año del golpe. Quizás por eso, quienes entraban a Periodismo estaban en una situación precaria. Como todavía no había un edificio habilitado, los estudiantes debían ir a clases en un teatro que la universidad tenía en el centro y las pocas máquinas de escribir que se disponían, estaban en mal estado. En ese contexto, los alumnos se sentían como estudiantes de segunda clase en comparación a las carreras que venían de antes.

Víctor Vargas, además de ser el padrino de Diego, el primer hijo de Sánchez, también se convirtió en presidente del centro de alumnos de la escuela. Aunque nunca militó en algún partido recuerda que, con su amigo Pablo Aravena, quien hoy trabaja en Deportes de El Mercurio, eran “bien de izquierda”. Vargas venía de Quillota y Aravena, de La Florida. El mundo de Sánchez, por otro lado, en el Colegio Saint Paul de Viña del Mar, en la subida de Agua Santa, parecía más protegido en comparación al contexto socioeconómico de ellos.

“Para nosotros era muy cuica”, dice Vargas recordando a la Beatriz Sánchez de la universidad. “Era socialdemócrata, medio de centro, pero nunca participó en política formalmente en la universidad. Su manera de ayudar era alojando gente en su departamento para los paros, por ejemplo”.

Sánchez, quien declinó participar de este perfil, recordaba a principios de este mes en Mentiras Verdaderas su personalidad política a su llegada a la Universidad de Concepción. “Me sentí pollo, yo no sabía nada”, admitió a Ignacio Franzani.

Vargas recuerda que el primer año en Concepción, Sánchez vivió en pensiones. Su padre trabajaba como académico en la universidad desde 1984, pero el año en que Sánchez llegó ahí, le tocó estar fuera de Concepción. Ese fue el año del embarazo. “Nos turnábamos para ayudarla”, recuerda Víctor Vargas. Aunque estudiar y tener un hijo con solo 19 años no era fácil, Sánchez tuvo una compañera, Priscilla Castelli, quien hoy vive en Montreal, Canadá, que también tuvo un embarazo cercano al de la hoy precandidata del Frente Amplio. Como madres y estudiantes, ambas se apoyaron durante el proceso.

En segundo año su padre, Alfredo Sánchez, retornó a la ciudad. Ambos vivieron en un departamento de calle Paicaví, una de las calles principales de Concepción. El padre viajaba todos los fines de semana a ver a su esposa y a su hija menor en Viña, mientras Beatriz viajaba más espaciadamente. Sánchez padre, además, fue profesor de historia de Sánchez hija. Dicen que fue raro para ella, pero que para Sánchez padre, un profesor exigente, su hija fue una alumna más.

Vargas recuerda que uno de los primeros indicios de una Sánchez más política ocurrió cuando un grupo de estudiantes se tomó la escuela sin hacer una consulta previa. “Ella estaba indignada porque no se había consultado la toma en una asamblea”, cuenta Vargas. “Logró que hubiese votación y la toma se levantó porque había ganado la opción de no tomarse la escuela. Al final, la Bea tenía razón”.

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Quienes viven en Viña del Mar conocen al Saint Paul como un colegio de elite, pero progresista en comparación a muchos de los colegios particulares de la ciudad. El valor anual del arancel por alumno hoy es de tres millones de pesos. Beatriz Sánchez, por ejemplo, fue compañera del hijo de Luis Cambiaso, el dueño de Té Supremo. Ese fue el colegio que los padres de Beatriz y Manola eligieron para ellas. La misma Sánchez ha admitido en entrevistas que vivía “una vida de burbuja en Viña” y que la discusión política en su casa “era contenida durante los 80”. Lo importante eran las notas.

Su hermana Manola, por ejemplo, en una entrevista a la revista Liderando Empresas, recuerda haberle dicho a su madre, a los 22 años: “Yo quiero ser gerenta general, y antes de los 30 años te puedo apostar que voy a aparecer en la portada de una revista de negocios”.

Salvo por un intermedio de un año, en 1981, cuando la familia entera acompañó al padre a hacer un posgrado en Nottingham, Inglaterra, la infancia de Sánchez transcurrió en Viña. Allá fue a un colegio católico donde sus compañeros irlandeses hablaban abiertamente contra la monarquía. Sánchez ha dicho que volvió distinta, que ese año en el Reino Unido le cambió la personalidad.

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Aunque Sánchez estuvo un par de años en Radio Bío Bío al comenzar su carrera, fue su paso a Radio Chilena en 1996, con 25 años, el que termina por empezar a dar forma a la carrera de Sánchez. A Radio Chilena, que era manejada por el Arzobispado, llega como periodista política cubriendo Concertación. Jaime Coiro fue el editor general de la radio esos años y fue quien llevó a Sánchez a trabajar con él. Coiro entrega un par de datos: “A pesar de ser agnóstica, Bea entró a la radio adhiriendo al manual editorial correspondiente a un medio de la Iglesia. Nunca tuvimos un problema, porque el editorial se hacía a través de entrevistas”. Coiro agrega: “Ella era muy respetuosa de los rituales católicos y me acuerdo que decidió bautizar a su segundo hijo, Sebastián, en gran medida por respeto a la fe de su familia”.

Fue en la Chilena donde conoce a su potencial contrincante, Alejandro Guillier, y donde pasan a conducir un programa juntos, de 7 a 9 de la mañana. Según Coiro, esperaban de Guillier algo de divismo por venir de la televisión. “Pero esto de la estrella no existía en él e hicieron una buena dupla con Bea”, afirma. Coiro, además, recuerda que Sánchez fue la primera mujer ancla de la radio, lo que le trajo resistencia de un grupo de auditores. “La Chilena había pasado a ser una radio de noticias las 24 horas y la voz de una mujer podía no hacerles sentido a algunos en esa época”.

Coiro da sus razones para optar por Sánchez en ese puesto: “En el periodismo de la transición pocos periodistas iban más allá del comunicado y ella tenía un talento para ir más allá en el reporteo y en la entrevista”.

Sánchez también es recordada por algunos compañeros por recibir a los practicantes y guiarlos durante los meses que duraba la práctica. Alguna vez bailó flamenco, danza que estudiaba a fines de los 90, en una fiesta en la casa del mismo Coiro. Aunque la radio se vendió a mediados del 2000, los trabajadores de la Chilena de diferentes generaciones hacen un evento todos los años. Beatriz Sánchez asiste regularmente. Los últimos han sido en la parcela de los padres de la periodista Fresia Soltof, en la zona de Talagante.

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Juan Guerra fue despedido de la ADN a fines de 2014, justo en medio de una demanda contra la empresa por el uso de multiRut. Esa vez, el directorio de la radio no consultó el despido con el director de la radio, Pablo Aranzaes. El despido terminó sacudiendo al equipo. Mitzi Belmar, quien trabajó como productora de Sánchez por cuatro años en varios de sus programas en ADN, recuerda cuando ella se enteró del despido. “La Bea no caía, decía que no creía que fuera verdad”, recuerda Belmar.

Beatriz Sánchez había sido llevada por Aranzaes en 2008 desde Radio Cooperativa. En ADN, Sánchez reeditó la dupla que había hecho con Alejandro Guillier en Radio Chilena a principios del 2000 y fue donde más trascendió el trabajo que hizo con Fernando Paulsen, quien también renunció, en parte, por la situación de Guerra. Eso sí, las razones de Paulsen, quien tenía pensado derivar en la comunicación estratégica para trabajar con Juan Pablo Hermosilla, fueron diferentes de las de Sánchez. Paulsen lo explicó en un comunicado en noviembre de 2014: “El acelerador de mi decisión fue la petición de renuncia a Juan Guerra, para mí el mejor periodista temático de la radiofonía nacional. Conversé con la dirección de la radio y no entendí las razones de su despido. Ese elemento hizo acelerar una decisión que, probablemente, hubiera tomado en dos años más. No me gusta lo que ocurrió y no quiero disimularlo”.

La renuncia de Beatriz Sánchez, por otro lado, tuvo que ver, en buena parte, por un tema de lealtad con Pablo Aranzaes, el director de la radio en ese entonces. Juan Guerra, quien después de una batalla legal de tres meses fue reintegrado a la radio, lo explica: “La Bea solidarizó conmigo, pero su alma estaba con Pablo Aranzaes. Su renuncia era una manera de ayudar a la persona que la había llevado a la radio”.

Guerra recuerda que el gesto de la renuncia fue público, pero no recuerda haber hablado con Sánchez tras eso o de haber recibido algún mensaje de apoyo. “Con lo que hizo, bastaba”, dice Guerra, quien recuerda a Sánchez como una periodista que “entendía la lógica de la calle, porque reporteó muchos años”. Ambos desarrollaron un nexo profesional, porque Guerra cubría educación en 2011, el año en que explota el movimiento estudiantil. “Ella apretaba particularmente a los entrevistados en temas de educación ese año. También era una punta de lanza en temas de feminismo”, recuerda Guerra.

Mitzi Belmar, su productora en varios programas en ADN, tiene otra teoría sobre su salida de la radio: “Sumado a lo de Juan, se le estaban yendo sus amigos con los que trabajaba. Pablo Aranzaes, Fernando Paulsen y después salió Gabriel Pizarro, el director de prensa, muy cercano a ella. Yo creo que no le vio mucho sentido a seguir en la radio con esos espacios vacíos”.

Belmar y Guerra la recuerdan comiendo siempre productos sanos: yogur, cereales, ensaladas. También por andar siempre con una botella morada con agua. Mantener el peso le importaba. “Si le ofrecías galletas siempre te decía que no”, dice Belmar. También la describe como una periodista emocional. Dice Belmar: “Para los 40 años del golpe le tocó entrevistar a su amigo Fernando Paulsen por la muerte de José Carrasco Tapia, amigo de Fernando, asesinado en represalia por el caso degollados. Mientras Paulsen hablaba, se empezó a emocionar y vi cómo la Bea también se empezaba a quebrar. Tuve que ir a un corte comercial”.

Además, en su paso por la radio hubo una transformación clave. Entró fumando en 2008 y renunció como una no fumadora en 2014.

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Pocos de los que trabajaron con Beatriz Sánchez en sus años de radio se imaginaron una aventura presidencial suya. “Jamás en la vida la imaginé de candidata”, dice una ex compañera de Radio Chilena. “No me lo habría imaginado hace dos años”, dice Jaime Coiro, editor de la misma radio. “Pero hace algunos meses lo empecé a encontrar posible”. Víctor Vargas agrega que su amiga tomó el riesgo de la candidatura sabiendo que puede ser un ticket sin retorno al periodismo. “Es complicado que vuelva a ocupar el rol que tiene ahora”, dice. “Probablemente, se tendría que reinventar desde una posición más editorial o derechamente seguir en política. La Bea tomó un riesgo y lo tomó asumiendo todas las consecuencias”.

Beatriz Sánchez ya cambió de piel.

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