Columna de Fernando Villegas: Nicanor

‘My name is Ozymandias, king of kings; Look on my works, ye Mighty, and despair!’ Nothing beside remains. Round the decay of that colossal wreck, boundless and bare The lone and level sands stretch far away (Shelley).

Cuando muere alguien del calibre de Nicanor Parra es imposible decir ni escribir nada relevante en su memoria. Para intentarlo -jamás con éxito- están las consabidas alabanzas del panegírico, ejercicio nunca falto de una fuerte fragancia a burocracia funeraria. El trabajo sólo es accesible cuando fallece cualquiera de nosotros, ciudadanos corrientes sin otro mérito que tal vez haber sido decentes; en casos así y precisamente porque no hay nada que decir se puede impunemente decirlo todo. Por eso, en términos de su reputación, casi nadie deja de estar en mucho mejores condiciones cuando muerto de como lo estaba cuando vivo.

Pero, ¿qué se hace, qué se dice con y de los Parra? El mismo pidió que ojalá nada. “Cuidadito con velarme en el salón de honor de la Universidad de Chile o en la Casa del Escritor…”. Es lo que dijo. A veces no es necesario solicitarlo, porque de eso se encarga la indiferencia. Con Mozart no hubo cortejo ni discursos, sino sólo una fría y lluviosa tarde y el acompañamiento de los sepultureros; en otras, en cambio, como con Nicanor Parra, el sepelio toma un carácter de evento público con banderas a media asta, días de duelo oficial e innumerables discursos y homenajes. En ambos casos, sin embargo, no hay absolutamente nada, ni palabras ni ceremonias, que les haga justicia o injusticia. Es como hacerle gestos o venias al monte Everest.

Cada sílaba dicha a propósito de ellos es una gastada redundancia.

Los curas prometen la vida eterna y los eruditos la supervivencia de la obra. Estos últimos nos dicen, con una razón algo manoseada pero cierta, que la esencia de la vida de un genio es su obra y por eso los antipoemas de Nicanor gozarán para siempre la plenitud de la vida, vigentes y relucientes hasta el fin de los tiempos. Es verdad; la genialidad de “soy el individuo” ni ha muerto ni morirá. Podemos con confianza y sin menoscabo, nos aseguran, recitar la obra completa del difunto y aquí no ha pasado nada.

En breve, nos quieren conformar con lo incorruptible de sus méritos y talentos, pero como sólo somos humanos y no el dios hindú Krishna contemplando con tranquila ecuanimidad las obras de los hombres, incluyendo sus sangrientas batallas, ese desapego está fuera de nuestro alcance. La desaparición en cuerpo y alma de Nicanor o de Mozart nos parecen abrumadoras e inconcebibles pese a la eternidad de la sinfonía Júpiter y pese a lo imperecedero de “soy el individuo”. Así somos; quisiéramos respirar siempre el aire que ellos respiran como queremos respirar sin fin el de nuestros seres queridos. Por eso no será ni con la obra convertida en monumento de mármol ni con engoladas oraciones fúnebres de secretarios de actas de la literatura que nos vamos a conformar. Sentimos, sencillamente, que el mundo se ha hecho más rasca. Es a Parra en cuerpo y alma, todo junto, lo que queríamos, su palabra, su mirada y genial desplante, el hombre al que podíamos oír y abrazar y besar en la frente. A ese es al que echamos de menos. Allá Dios con su eternidad. Parra ya no estará aquí y tendremos que digerir la dimensión de esa pérdida, no exorcizarla con palabrería acerca de su obra. Poco interesan las acrobacias proferidas por autoridades, acólitos, discípulos, admiradores y esos fastidiosos turistas líricos que se pasaron la vida hurgueteando a su alrededor. Al menos de eso Parra al fin se ha librado. Los artificios funerarios nacidos de una mera costumbre y protocolo, la consagración de las antologías, la momificación de sus antipoemas, nada reemplazará al ingenioso hidalgo.

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¿Por qué entonces escribo esta columna? Supongo que sólo hago como todo deudo al lado del féretro, el pariente del fallecido que en el velorio relata anécdotas del difunto como si con eso pudiera resucitarlo siquiera un poco. A fin de cuentas es lo que siempre hacemos cuando invocamos, a veces obsesivamente, el recuerdo de un momento de júbilo. Es el pequeño pero aun así válido equivalente a la sinfonía Júpiter y a “Soy el individuo”.

No fui ni pariente ni amigo de Parra, pero me permito y seguiré permitiendo la libertad de haberlo sentido siempre muy cercano a pesar de la enorme distancia entre su valía y la mía. Estuve con él sólo en tres aunque largas ocasiones y significaron más que amistades de toda una vida. En la primera me di el lujo de besarle la frente y en la segunda, en su casa de La Reina, ya se dignó contarme anécdotas como esta, la de “aquí vienen de vez en cuando unas chiquillas con amor por la poesía y que me solicitan “penétreme don Nica”. Mientras me lo contaba muy serio oía un casete que le llevé con La Ofrenda Musical de Bach y de un segundo al siguiente, lo juro, de las chicas que demandaban los favores de su penetración pasó a disertar sobre esa obra de Bach como si acabara de llegar de la corte de Federico Segundo. En la tercera ocasión, en su casa en la costa, me habló de relatividad y del rey Lear y lo hizo pasando de un tema a otro y de un idioma a otro, sin solución de continuidad, como si recitara un monólogo polifónico. Tal vez lo hizo así porque no se tomaba en serio ni me tomaba en serio y por eso le gustaba jugar a los idiomas, a los temas, pasar de la mecánica racional a la locura elogiada por Erasmo y a veces a la poesía. A esta última nunca la tomó muy serio. Sobre todo no la tomaba si era la habitual, la melodramática, la que se recita en los bares literarios de moda con los ojos en blanco, esa que retuerce semánticamente un lugar común para hacerlo parecer profundo y abusa de la credulidad de auditores que quieren aparecer como gente a la altura de las circunstancias. Me habló de eso y se rió de eso y de varios de sus cultores, aquí me reservo los nombres, pero sólo digo que ninguno era Zurita.

Zurita es tal vez el único gran talento lírico que nos va quedando.

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“Hay que volver a Shakespeare”, me recomendó a propósito del rey Lear. Apenas lo hizo sacó de un cajón la traducción que preparaba en ese tiempo y me explicó el porqué tal giro de lenguaje en vez de otro.

Entremedio desfilaron bandejas con vasos de vino y más tarde unas señoritas aparecieron y luego desaparecieron en el segundo piso. “Mis ayudantas” explicó Parra en tono pontifical. De las señoritas pasó a Arquímedes. “¿Sabías que estuvo a punto, él, un tipo del siglo III antes de Cristo, de desarrollar el cálculo infinitesimal?” me preguntó. Luego en su incansable e insondable mente apareció Bolaño. No hacía mucho había fallecido y lo tenía en alta estima. Sacó un artefacto que había hecho a propósito de Bolaño con una frase casi del último parlamento de Hamlet. Luego decretó: “Si Bolaño se hubiera quedado en Chile habría terminado escribiendo libretos para teleseries”. Y recordó cómo Gabriela Mistral se rehusaba volver porque “allá en mi país me van a tomar para el fideo”.

¿Quién hubiera podido jamás tomar para el fideo a Nicanor? Nadie, porque lo hacía él mismo. Tomó también para el fideo a sus lectores no una sino cien veces. Sus artefactos a menudo no son sino una brutal tomadura de pelo, aunque no eran sólo eso. Fue Nicanor, después de todo, el inventor del tren instantáneo a Chillán. El asunto siempre me ha hecho gracia y le pregunté cómo se le había ocurrido. Me explicó que no era broma sino una suerte de aplicación e ilustración de la teoría de la relatividad.

“Hay que entender el tiempo de otro modo” agregó, pasando entonces a conjurar las bases históricas del tema citando a Heráclito y su famoso “panta rei”.

Se hizo tarde. Las señoritas del segundo piso bajaron y proveyeron algo más de vino. Me acompañó a la salida, donde nos tomamos una foto. De eso han pasado 10 o más años, pero lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. No tuve ninguna premonición de que fuera a ser la última vez que conversaba con él y con toda razón porque vivió muchos años todavía. Esperé que existiera una cuarta vez, pero ya las estrellas no se alinearon como hubiera sido necesario. Mi premonición más exacta, de seguro, es que me tomó el pelo de principio a fin.

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