Crítica de teatro: Orlando

En la obra se recrean los elementos característicos de la novelista, su ritmo musical, las exploraciones de los estados de ánimo, los recuerdos.




Orlando es una condensación de la novela homónima de la escritora inglesa Virginia Woolf, que ahora adaptó y dirigió Víctor Carrasco. Su historia es una curiosa mezcla de sencillez y misterio: su protagonista es un personaje que refiere su monólogo cuando ha cumplido 400 años, alguien a quien se le ha negado la posibilidad de suspender el curso vital y descansar de sus tribulaciones. Orlando, que dice amar la soledad, dialoga consigo mismo y recorre un extenso pasado que se inicia a finales del siglo XVI y termina en 1928, con la decadencia del imperio británico. Durante su trayecto ha observado la caída de reinos y de personas, el levantamiento de ciudades y la irrupción de la modernidad.

En la mitad de los siglos vividos, este antiguo guerrero inglés, exitoso y favorito de la corte, despierta un día convertido en mujer. Es el personaje que el espectador tiene ante sus ojos. Modifica su oficio y se dedica a la literatura, aunque no varía su percepción del entorno ni la sensibilidad ni los íntimos dolores. De alguna manera, aquí reside el foco del relato, que dice que la historia de la humanidad es siempre la misma, al margen de quién la viva y en qué momento. Esto explica, en gran medida, por qué a Borges le gustaba tanto este libro que incluso tradujo al español.

El protagonista, entonces, acarrea anhelos, padecimientos y goces como los de cualquier persona, persigue sueños de grandeza, se enamora, se desilusiona, renace una y otra vez.

El montaje se desplaza en un escenario casi vacío y a la manera de oleadas sucesivas que actúan por efecto de la acumulación. Al igual que en El vicio absurdo, basado en textos de Virginia Woolf y que en 1993 dirigió Rodrigo Pérez, en Orlando se recrean los elementos característicos de la novelista, su ritmo musical, las exploraciones de los estados de ánimo, los recuerdos y la fragmentación del discurso narrativo.

El desempeño de Claudia di Girólamo y de Víctor Carrasco confirman su trabajo en obras de esta naturaleza en los últimos años: intimista, sobrio, contenido, lejano a cualquier estridencia o exceso. A medida que la hora de duración del espectáculo avanza, hay una ascendente e intensa introspección dramática, un viaje de siglos por la profunda historia de la humanidad. Uno de los estrenos destacados del año.

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