El duro anochecer de Santa Olga, el pueblo devastado por los incendios

De una localidad que ayer tenía mil casas hoy apenas quedan escombros y cenizas. A menos de 24 horas de que las llamas arrasaran el poblado de la Región del Maule, éste es el relato de La Tercera desde el símbolo de la tragedia del megaincendio.

Están ahí. Escapando o cuidando lo que hasta apenas unas horas atrás eran sus casas, o a medio camino, buscando una salida hacia un lugar que no llegó. En Santa Olga, el pueblo de cuatro mil habitantes que esta madrugada fue prácticamente consumido por las llamas, las víctimas se cuentan por decenas y están como mudos testigos de una tragedia que ocurrió a toda velocidad. Son los perros, gatos, gallinas y otros animales, cuyos cadáveres enlutan a un pueblo que, desde las cenizas en el piso hasta el color del cielo, hoy está teñido de un tono gris.

El aire aprieta las gargantas, y el olor a humo hace que la sensación de ahogo sea un recordatorio de lo que pasó hace apenas unas horas. Eso y la diferencia inmediata de temperatura, porque al entrar a Santa Olga la brisa fría del atardecer maulino da paso a un extraño calor que pesa en el cuerpo y se nota sobre todo en los pies, la zona que está en contacto con lo que fue arrasado por las llamas.

Santa Olga, a 15 kilómetros de Constitución, pudo ser uno más de los tantos casos en que los avisos de las redes sociales no se cumplieron. Hace tres días, muchos de sus cuatro mil habitantes vieron escépticos cómo la Onemi y la Conaf recomendaban una evacuación preventiva y voluntaria. Ayer, con la realidad encima y el caprichoso cambio de dirección del viento, debieron huir con lo puesto para salvarse.

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Algunos habitantes siguen en sus casas, o lo que eran sus casas hasta ayer. Una familia se toma de las manos y llora, como un momento de quiebre y catarsis. Más a lo lejos, un grupo de siete jóvenes de Talca trata de ayudar a recuperar las pocas pertenencias que el fuego perdonó a los habitantes del lugar. No hay muchas personas, porque para llegar a Santa Olga hay que pasar una serie de controles. Y porque, también, no hay mucho que recuperar.

Hace siete años, también en un verano, Santa Olga fue azotada por el terremoto del 27-F. A pocos kilómetros de la mayor tragedia que dejó ese día, los muertos por el tsunami en la Isla Orrego, los habitantes del pueblo debieron levantarse desde el suelo. Pero incluso ahí había cosas que salvar entre los escombros. Tras el fuego de ayer, quienes buscan sólo atinan a mover los escombros de un lugar a otro, sin demasiada organización, para poder salvar un poco de loza, casi lo único que aguantó la marea de fuego.

Mientras varios canales transmiten en directo y algunos curiosos se acercan a mirar lo que quedó, la imagen que más conmueve de lo que queda en pie de Santa Olga es la de las familias que se aferran a su espacio, a lo que queda de su vivienda, buscando de alguna manera un hogar la noche después de que el fuego les arrebatara una parte de sus vidas.

Quizás la mejor muestra de ese mensaje es una ajada, rayada y algo sucia bandera chilena, cuyos vívidos colores destacan en los tonos grises y sepias del paisaje. Está afuera de lo que quedó de una casa, al lado de una mochila, y tiene cuatro palabras que ya fueron usadas hace siete años en Santa Olga y que hoy vuelven a sonar como la realidad y la esperanza: “Nos levantaremos otra vez”.

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