El Charro Moreno

Autor: Chomsky

En 1988, los enviados especiales a Asunción se alojaban en el Hotel Guaraní, cinco estrellas, a un valor de 50 dólares diarios. Yo lo hacía en el Plaza Hotel, al lado de la estación de trenes y frente a la Plaza Uruguaya, donde se estacionaban medio centenar de prostitutas. No tenía aire acondicionado ni piscina, pero costaba ocho dólares al día. Con el dinero ahorrado, viajé por primera vez a Buenos Aires.

Esos días en la capital bonaerense, caminaba con los ojos bien abiertos, admiraba los kioscos gigantescos, recorría las calles y las librerías abiertas hasta la madrugada y en cada boliche en que escuchaba a personas 20 años mayores que yo hablando de fútbol, me colaba en la conversación y les hacía preguntas. La atención dispensada siempre fue ejemplar, seguramente motivada por la curiosidad del provinciano que tomaba apuntes en su libreta.

Un tema recurrente fue quién era el mejor jugador argentino de la historia. El primer lugar, lejos, pertenecía a José Manuel Moreno, seguido por Antonio Sastre (astro en Brasil) y el maestro Adolfo Pedernera. También incluían al paraguayo Arsenio Erico, el ídolo de Alfredo di Stéfano. La pregunta de cajón era: “¿Y Di Stéfano?”. La respuesta nunca cambió, acompañada por un gesto de desdén: “Un sprinter (velocista), él era la Saeta Rubia”.

Me contaron que en River Plate al joven Di Stéfano lo hacían jugar Moreno y Pedernera. Cuando fue a préstamo a Huracán, lo alimentó el Tucho Méndez. Y en Millonarios de Colombia, de nuevo Pedernera, ahora con Antonio Báez. Cuando llegó a Real Madrid, Di Stéfano empezó a jugar como Moreno y entonces se transformó en el rey de Europa.

Primero de interior izquierdo (10), después de interior derecho (8), Moreno brilló por su calidad, temperamento, estrategia, juego aéreo y capacidad goleadora. Integró la delantera más célebre de River Plate, llamada la Máquina: Juan Carlos Muñoz, Moreno, Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau.

Dueño de una personalidad exuberante dentro y fuera de la cancha, que lo hizo ser apodado Fanfa (por fanfarrón), su carisma  alcanzaba a las mujeres, el baile y la bohemia.  La dimensión de Moreno, quien dio vueltas olímpicas en Argentina (River Plate), México (España), Chile (Universidad Católica) y Colombia (Independiente de Medellín), y fue dos veces campeón de la Copa América, se refleja en el hecho de que durante cinco meses de 1959 la revista El Gráfico hizo  una serie sobre su vida, en 21 capítulos semanales. “Un día llevé a mi vieja a una casa en Morón. La fue a ver como para alquilar. Comentó que era linda, pero que debía ser cara. Cuando llegó a la cocina encontró un cartel que decía: “Mamita, esta casa es suya”, rezaba uno de ellos.

Sergio Livingstone, su compañero de habitación en las concentraciones de Universidad Católica, me relató una anécdota de Moreno en su paso por México, donde heredó el nombre de Charro: “Una noche discutió por una vedette con un parroquiano en un cabaret y salió a la calle a pelear. Le advirtieron que se trataba de un boxeador profesional, Kid Azteca (Luis Villanueva), y Moreno no se inmutó. ¿Y qué pasó?, le pregunté. ‘Nos fuimos una y una”.

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