El desafío de habitar las bibliotecas

Desde hace más de 10 años, la Dibam ha impulsado un fuerte programa para dotar de modernas bibliotecas a todo el país. Ya no quieren que sólo presten libros.

Llegaron a preguntarle si estaba loca, pero Dina Carripán sabía que era lo más sensato del mundo: las mujeres necesitaban herramientas. Ellas mismas se lo decían. Un martillo, un desatornillador, un serrucho, etc., implementos básicos a los que una madre soltera o una dueña de casa de Tirúa, un pueblo pesquero de la VIII Región, rara vez tenían acceso.  Entonces, Dina postuló a un fondo del Consejo del Libro para tener una caja de herramientas, junto a los libros de la Biblioteca Municipal de Tirúa, que dirige hace más de 20 años. No mucho después se ganó otro fondo y adquirió máquinas de coser. También las necesitaba la comunidad. 

“La biblioteca es el corazón del pueblo”, dice Carripán al celular, evitando el teléfono fijo que está en la sala de lectura principal: ahí hay demasiado ruido. Ahí en la Biblioteca de Tirúa, los niños van a hacer las tareas, personas entran y salen con libros, otras revisan internet, algunos se acomodan en los sillones y se ponen a conversar. Están en una nueva sede desde que el terremoto de febrero de 2010 echó abajo la anterior. Como el tsunami también se llevó las herramientas, Carripán quiere pedir de nuevo recursos al Fondo del Libro para reemplazarlas. 

Parte de una red de casi 450 bibliotecas públicas en todo el país en convenio con la Dibam, la de Tirúa encarna el modelo que desde más de una década se está impulsando: más que silenciosos edificios dedicados únicamente a prestar libros, las bibliotecas pretenden ser centros culturales que funcionen como puntos de encuentros para la comunidad. “Las bibliotecas tienen que dejar de ser vistas como lugares únicamente de cultura. De literatura, libros y poesía”, dice Gonzalo Oyarzún, subdirector de Bibliotecas Públicas. Y enfatiza: “Hoy, sobre todo, sirven para entregar lecturas. Múltiples lecturas. Y su desafío es cambiar a las personas, afectando su vida social y económica”. 

Convencido de que las bibliotecas “son el mejor lugar del mundo”, Oyarzún lleva una década liderando lo que podría ser la política cultural pública más constante impulsada desde los 90: después de la creación de la multidisciplinaria Biblioteca de Santiago, en 2005, se han invertido más de $ 21 mil millones en la construcción de tres bibliotecas regionales (Antofagasta, Los Lagos, Aysén), 15 comunales y 12 sucursales del Bibliometro. La suma es la antesala de los $ 98 mil millones que se destinarán, entre 2015 y 2025, para levantar bibliotecas que cubran todo el país. 

En contraste con ese programa de inversión, hay un par de datos sombríos para el panorama bibliotecario. Según el estudio de Comportamiento Lector 2011, del Centro Microdatos de la Universidad de Chile, un 85% de los chilenos dijo que en el último año no visitó una biblioteca. Dos años después, la Encuesta de Participación y Consumo Cultural del Consejo de Cultura informó de una caída: mientras en 2005 el 23,8% de las personas dijo haber concurrido a una, en 2012 la asistencia sólo llegó a 18,3%. “No entiendo la baja”, dice Oyarzún y muestra un dato: entre la medición de las dos últimas cifras, se abrió la Biblioteca de Santiago, que suma, año a año, casi 800 mil visitas. 

Más que encuestas, Oyarzún prefiere “datos duros y auditables”. De esos, Bibliotecas Públicas cada vez tiene más. Por ejemplo, según su Informe Estadístico, en el primer semestre del 2014 se prestaron 928.785 libros, 7,1% más que el mismo período del 2013. Del total, 50,98% se hizo en Santiago y 58,7% fueron títulos literarios. Por ahora, cuenta Oyarzún, saber cuánta gente los visitó, se puede muy parcialmente. Con portales contadores de personas en sólo 15% de las bibliotecas, en siete meses de 2014 los ingresos suman 930 mil. “Si hacemos un proyectado al país, ello nos debiese dar sobre 9,3 millones de visitas”, dice. 

Entre lo inapelable del sistema brilla Bibliometro. Creado en 1996, hoy cuenta con sucursales en 22 estaciones de Metro y es el principal servicio de préstamo de libros del país: casi el 25% de todo Chile.  La idea, además, ha sido replicada en España, Canadá, Colombia y Brasil. “Rompió los muros de las bibliotecas y se instala donde pasa la gente”, dice Oyarzún. No es el único proyecto que lo hizo: hace 20 años, Teolinda Higueras consiguió una lancha y salió con una caja llena de libros a recorrer pequeñas islas en Chiloé. Es la famosa Bibliolancha. 

 Directora de la Biblioteca de Quemchi, Higueras recuerda que tras mucho pedir consiguió subirse a la lancha de Tesorería de la municipalidad. Llevaba libros y, desde el segundo año, un televisor que le había regalado Francisco Coloane y un generador. “Les pasaba un documental a los niños y monitos de premio”, cuenta. Dejaba los libros y volvía por ellos al mes siguiente, si es que lo permitía el clima. La rutina sigue hasta hoy, aunque ella ya no viaja. Su biblioteca ha crecido mucho: “Si no existiera este edificio, no sé qué haría la gente”, dice. 

Como en Tirúa, a la Biblioteca de Quemchi no todos llegan a leer: agricultores comparten semillas de papas, pescadores intercambian datos del clima, adultos mayores van a un taller de folclor, etc. La semana pasada, el escritor Oscar Barrientos recibió el primer Premio Nacional de Narrativa Francisco Coloane, que organiza la biblioteca, por la novela Carabela portuguesa. Ahora, Higueras trabaja en otro proyecto: llevar libros a los funcionarios de las pesqueras. “Estamos haciendo leer a gente que nunca había leído”, dice orgullosa. 

El caso de Higueras es especial. También el de Dina Carripán en Tirúa. No todos tiene su convicción. Por el contrario, suele plantearse que muchos funcionarios de las bibliotecas públicas, la mayoría municipales, carecen de la suficiente preparación para convocar a la comunidad y desarrollar planes de fomento lector. De hecho, sólo el 34% tiene estudios secundarios y el 14% universitarios, no todos de bibliotecología. “Sí, es cierto, tenemos una brecha muy grande de nuestros encargados de bibliotecas. Pero hemos tomado medidas”, reconoce Oyarzún y cuenta que, además de capacitaciones periódicas, también han abierto un Diplomado en Gestión de Bibliotecas Públicas, que el año pasado dictó la U. Alberto Hurtado y éste, la de La Frontera. 

Paralelamente, la infraestructura sigue creciendo. Mientras en Magallanes hay planes para reacondicionar la ex cárcel de Punta Arenas, la semana pasada, la Dibam anunció que en 2015 se llamará a licitación para construir en La Serena una biblioteca de 5.200 metros cuadrados. El modelo es la de Santiago, un centro de salas lúdicas que, además de libros, tiene centros multimediales, cafetería y salas de exposiciones abiertas a las iniciativas de la comunidad. Así es la de Antofagasta, que un mes después de su inauguración -en noviembre de 2013- aumentó en 300% el préstamo de libros en toda la región. 

A mediados de los 90, las bibliotecas tenían estanterías cerradas. Ahora están abiertas. Ninguna era tan ruidosa como la Biblioteca de Santiago. Por supuesto, no tenían computadores ni internet: hoy, 425 están conectadas por Biblioredes. Ahora reciben muchos más libros y más variados. La explosión de Bibliometro era impensada. “A estas alturas, creo que llevamos la mitad de la carrera corrida”, dice Oyarzún. “El desafío ahora es que las bibliotecas afecten la vida de las personas. Que las ayude. Que en las bibliotecas se hagan talleres para microempresas y hallen información sobre cómo cuidar a tu hijo recién nacido. Que se vuelva un lugar trivial, que ya no sea sólo un lugar para la gente inteligente, para los cultos o para los niños que hacen las tareas. La biblioteca es para cualquiera. Así, nadie tiene miedo a tomar un libro”.

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