El mito de la derrota que sirvió a Pinochet

El 26 de marzo de 1977, Perú venció a Chile 2-0 en el Estadio Nacional de Lima sellando su clasificación al Mundial de Argentina. Durante los festejos, sucedió algo que pudo cambiar el curso de la historia.

Fue el periodista y escritor chileno Luis Urrutia O’Nell, alias Chomsky, el encargado de desenterrar esta vieja historia de fútbol y espionaje. Corría el año 1977 y las selecciones de Chile y de Perú se jugaban su clasificación al Mundial de Argentina sobre el pasto del Estadio Nacional de Lima. Todo a un solo partido.

En los últimos tiempos, las relaciones bilaterales entre ambos países se habían enturbiado por completo. La tensión fronteriza era máxima, lo que confería al pleito válido por las Eliminatorias mundialistas un cariz doblemente beligerante.  “Faltaba poco más de un año para el centenario de la Guerra del Pacífico. Los dos últimos dictadores peruanos habían hecho llamados patrióticos sobre la importancia de recuperar los territorios perdidos y la superioridad bélica en blindados de Perú era clara. Con la Enmienda Kennedy, ningún país podía vender armamento a Chile, por lo que Perú, en ese minuto, tenía una gran ventaja”. Así comienza la contextualización histórica que Chomsky comparte con El Deportivo volviendo a caminar sobre las huellas que él mismo recorrió en su investigación y que terminaron dando forma a la tercera parte de Historias secretas del fútbol chileno, volumen que recoge este episodio.

El modus operandi

Se vivían tiempos convulsos en Sudamérica. El Régimen Militar de Augusto Pinochet llevaba cuatro años instalado en el poder en Chile; dos más de los que contaba el también dictador Francisco Morales Bermúdez al frente del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas en el país incaico. “Fue en ese tiempo cuando Chile se enteró de que Perú tenía una base aérea camuflada bajo la arena, en Arequipa. La Joya”, prosigue Chomsky, comenzando a desenmascarar el plan estratégico diseñado por el Servicio de Inteligencia del Ejército de Chile: “Todo se preparó con mucha antelación. Para el partido de Santiago, que se había jugado 20 días antes, fue la primera vez que Pinochet fue al Estadio Nacional. Lo hizo para que Morales Bermúdez hiciera lo mismo 20 días después, en Lima. Desde Chile, a través de centros religiosos, se hicieron llegar decenas de televisores a centros comunitarios de Perú, que tenían señal pero no el aparato, para que todos pudieran seguir el partido”, revela. 

De manera que, el 26 de marzo de 1977, la selección chilena dirigida por Caupolicán Peña aterrizó en Lima para librar la última batalla por el liderato del Grupo 3, que daba acceso directo al Mundial de Argentina. “Siempre ha sucedido que cuando se viaja a Perú la selección chilena no es recibida muy cordialmente. Y aquella vez no fue una excepción”, confiesa, a propósito del trascendental encuentro, Rodolfo Dubó, integrante de aquel combinado chileno de finales de los 70.

A la Roja le bastaba con un empate para clasificar, pero mientras los jugadores realizaban ejercicios de calentamiento tratando de evadirse del clima hostil que dominaba el estadio, en algún oscuro despacho de Santiago alguien aguardaba un desenlace distinto. 

Con Morales Bermúdez en el palco presidencial del estadio, Chile sólo logró oponer resistencia a su adversario durante 45 minutos. El elenco de la banda sangre, con goles de Sotil y Oblitas, dejó el encuentro visto para sentencia en el complemento. El propio Elías Figueroa, presente también sobre el césped en aquella aciaga noche limeña, no titubea a la hora de reconocer la superioridad peruana: “Nosotros no anduvimos bien, no jugamos bien, y Perú nos ganó con justicia”. 

El gran festejo

“En Eliminatorias, Chile y Perú tienen toda una historia. En algunos momentos se generó una situación conflictiva porque entre los dos países, al margen de la parte deportiva, se vivían otro tipo de animosidades en lo político. Y los partidos no eran sólo la consecuencia de los 90 minutos sino que también influían las posiciones gubernamentales de cada país”, destaca al respecto otro de los integrantes de aquella selección chilena, el  central Alberto Quintano. 

 Unas animosidades que quedarían patentes tras el pitazo final del brasileño Coelho y el comienzo del apasionado festejo del plantel peruano. “Tengo muy clara en mi cabeza la imagen del Presidente (Morales Bermúdez) dando la vuelta olímpica de rodillas. La alegría de toda la gente era tremenda, y lógica, porque acababan de clasificar al Mundial, pero lo del Presidente quizás fue excesivo”, rememora Dubó.

“No recuerdo demasiado. Nosotros nos marchamos en cuanto pudimos, pero entraron políticos a la cancha, algunos al parecer con alcohol encima. De lo que pasó o pudo pasar luego fuera, no sé nada. Escuché que se especuló con algo de tipo político, pero de esas cosas no nos enteramos los jugadores”, confiesa Elías Figueroa. “Nosotros estábamos siempre metidos en los partidos. Representábamos al país. Lo que pasó, lo empezamos a conocer después de años, eso de que detrás del partido había un gran mar de fondo”, ahonda Quintano, socio de Don Elías en el centro de la zaga chilena. 

Un mar embravecido que terminaría por desbordarse en la capital peruana cuando Morales Bermúdez, tras enfundarse la camiseta del capitán Julio Meléndez, comenzó a vociferar el himno nacional. La hinchada comprendió entonces que se trataba del momento perfecto para solicitar a su presidente una pequeña concesión: la suspensión del toque de queda que el mandatario había instaurado en el país. Los multitudinarios cánticos surtieron su efecto y el pueblo peruano pudo festejar tranquilo.

Un empate técnico

“Creo que ningún integrante de la Selección estaba enterado de la estrategia. Lo más curioso de todo es que, tras la publicación del libro, me llamaron de muchos países, pero nunca de Perú. Hubo una conspiración de silencio. Costaba mucho admitir que habían sido víctimas de un acto de espionaje del vecino”, manifiesta, a modo de tesis personal, Luis Urrutia, tras conseguir desenterrar una maquiavélica trama que había permanecido más de 35 años en la sombra: “Fue el resultado de una búsqueda que durante muchos años fue estéril. Un tema delicado, se excusaban las fuentes. La primera información era del año 98. Decían que había sido un domingo. Resultó ser sábado. Decían que había sido de día. Y resultó ser de noche. Me hablaban de un vuelo a Lima y fue un vuelo nocturno de Antofagasta a Arequipa, de unos 1.000 kilómetros ida y vuelta, violando el espacio aéreo”.

El plan de espionaje que el Servicio de Inteligencia  había trazado pudo llevarse a cabo aquella noche porque la euforia colectiva despejó el camino a los cazas. La premisa era simple: El enemigo debía estar distraído para poder ser espiado; y políticos, militares y civiles peruanos bajaron la guardia festejando. El Ejército chileno simplemente aprovechó su ocasión y coordinó su acción con la FACh. Así, la noche del 26 de marzo de 1977, mientras el pueblo peruano celebraba la clasificación de su selección al Mundial, Hawker Hunters chilenos sobrevolaron el espacio aéreo peruano y conseguieron recabar información vital para actualizar la obsoleta aerofotogrametría de que disponían sobre la base área La Joya. En otras palabras, consiguieron hacerse fuertes ante una hipotética  invasión enemiga. 

“No tenía idea de que eso había ocurrido. Yo le creo a Chomsky, porque lo conozco bien, pero los futbolistas siempre estamos al margen de todo lo que no sea fútbol”, se excusa Figueroa. “Yo no tuve conocimiento de aquello, pero sí que sé que en ese tiempo nos arengaban en el camarín no sólo nuestros directivos, sino también gente que estaba en el gobierno”, reconoce Quintano.

“En Argentina tenían lista la sede de Mendoza para Chile, así que, en fútbol, está claro que ganó Perú. En términos de geopolítica, es posible que ganara Chile”, finaliza Chomsky, zanjando de manera salomónica uno de los capítulos más apasionantes de esa rivalidad casi atemporal que peruanos y chilenos libran entre sí cada vez que saltan a una cancha de fútbol. Quintano lo tiene claro: “Este partido es un Clásico del Pacífico, le guste a quien le guste, y no un partido común y corriente”.

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