José Miguel Varela, larga vida y buena memoria

Estuvo en la Guerra del Pacífico, de la Araucanía y la Civil de 1891, y dejó su testimonio.

Hacia el final de Un veterano de tres guerras, José Miguel Varela señala que ha vivido bajo 20 gobiernos (los enumera) y puede recordar lo más importante que pasó en ese tiempo, “porque Dios me premió con larga vida y buena memoria”.  

En su larga vida fue testigo lateral o protagonista involuntario en algunos de los momentos estelares -no sólo por sobresalientes, sino también por la estela que dejaron- de la historia chilena: la Guerra del Pacífico, las últimas campañas de la pacificación de la Araucanía y la Guerra Civil de 1891. Como a Forrest Gump, el azar parece llevarlo a sucesos y encuentros singulares. Si el primero se entrevista con Kennedy o saluda a Nixon, el segundo se cruza con el presidente Balmaceda o con uno de los escasos médicos que podía salvarlo. Pero Forrest Gump es un personaje de ficción y Varela, uno real. O eso parece.

José Miguel Varela (1856 – 1941) existió. Y tuvo buena memoria, aunque su relato podría haber sido ignorado. Un veterano de tres guerras se compuso en base a las notas que, hacia la década de 1930, un amigo de Varela tomó de conversaciones con él. En los años 60, ese amigo las entregó a su nieto, Guillermo Parvex, quien no las leyó sino hasta 2004. Al ver su valor, se dedicó a transcribir los cuadernos, darles un orden y estilo unitario y corroborar su veracidad histórica.

Se relata fundamentalmente la vida militar de Varela. En 1879, con 22 años, abogado recién titulado, se alista como voluntario en la Guerra del Pacífico. La vinculación al ejército se alargará por más de tres lustros, aunque pudo combinar su labor de soldado con la de profesor. 

De su vida personal habla poco: se deduce que quedó tempranamente huérfano y tuvo algunos noviazgos frustrados. No es tan escasa sus referencias al Santiago de la época: lugares y calles, algunas costumbres, modas y adelantos (la inauguración del alumbrado eléctrico).

En la Guerra del Pacífico participa en las campañas de Tarapacá, Tacna, Lima, de la Sierra. Es miembro del Regimiento Cazadores de caballería. La primera vez que entra en combate siente miedo, la noche antes y antes de la batalla (lo sentirá en todas las demás). Describe la experiencia física de matar a otros.

Siempre logra toparse con personas memorables. En la ocupación de Lima se le encargó seleccionar las obras de la Biblioteca Nacional de Perú que se enviarían a Chile. Se le aparece el subdirector de la biblioteca, nada menos que Ricardo Palma, quien ya había empezado a publicar Tradiciones peruanas. Las relaciones son inicialmente ríspidas, pero se suavizan. Palma decide colaborar para salvar libros repetidos (también escondía otros de día, libros que Varela buscaba de noche). Conoce además a Arturo Villarroel, “Capitán Dinamita”, ya de muletas, con muchos viajes e idiomas; funciona como jefe de la “brigada de chinos” (habla su lengua) que se había unido a los chilenos. Es un famoso desactivador de minas. En 1884 Varela sabe de la explosión en Santiago que lo dejó malherido: desactivando cargas de artillería, pues le fue muy difícil trabajar después del conflicto. En esto Varela insistirá: el descuido del Estado chileno con los soldados durante y después de la guerra.

Tras el conflicto Varela es destinado en Angol, en el sur. Le toca ver el bandidaje (muchas veces por veteranos de guerra convertidos en bandoleros) y los últimos alzamientos indígenas, ya debilitados. El ingeniero belga Gustave Verniory en Diez años en la Araucanía (1975) recordará que un prohombre de la zona, José Bunster, se jactaba que con el producto de sus destilerías había hecho más por la pacificación de los indios que todos los ejércitos chilenos.

Más de una vez Varela se topa con el militar Hernán Trizano, quien despierta encontradas opiniones entre historiadores y coetáneos sobre su labor de mantención del orden. La de Varela es muy negativa. En 1885 conoce a José Rafael Balmaceda, hermano de José Manuel, quien se convertiría en presidente de Chile. Este lo designa jefe de la Comisión Repartidora de Tierras Fiscales. Algunos poderosos de la región usaban artimañas para usurpar a los indios sus territorios. Al oponerse a aquéllos y favorecer a éstos, se ganó enemigos. 

Varela, en sus recuerdos, menciona a Verniory (que no lo menciona en los suyos), porque le ayudó en un asunto. También habla en varias oportunidades de Manuel Bunster, aunque debe ser la mayor parte de las veces, José, su padre.

Al producirse la Revolución de 1891, Varela se enlista en la fracción del Ejército leal a Balmaceda. En la batalla de Placilla es herido gravemente. Escapa a Santiago y por dos años es perseguido, casi el mismo tiempo que le tomó curarse de sus heridas.

Curiosidades de Varela. Según él, en 1891 estaría el origen de la expresión “darse vuelta la chaqueta”: los desertores volteaban sus chaquetas cuyos forros eran de color parecido al de los rebeldes. Reafirma a Pereira Salas: el origen del “bistec a lo pobre” estaría en el restaurante santiaguino Papa Gage. Parece muy actual su sensibilidad por los animales: un par de caballos que quiso y cuidó mucho; más tarde un perro.

En 1893 es rehabilitado. Viaja a Estados Unidos y Europa. En Italia conoce a la hija del cónsul chileno en Mesina y se casan en 1894. Se instala en Angol como abogado, es padre de dos hijos. Enviuda en 1903. Culmina con las celebraciones del centenario de la independencia, en 1910, con los desfiles de veteranos del Pacífico, donde ve las miserables condiciones de vida de la mayoría de ellos.

¿Cuán cuidadosa es la transcripción y edición? El libro entrega sólo dos muestras de las notas originales manuscritas. En una no figura una frase que habría dicho Ricardo Palma (“ahora el jefe es usted señor oficial”) y en la otra, lista a los latifundistas del sur con nombres y apellidos (por cierto, se lee “José Bunster”); en el impreso aparecen “familias” con su sólo apellido.

En las páginas finales (que saltan hacia 1940) Varela informa que se casó por segunda vez, tuvo más hijos, se trasladó a Valdivia, dedicándose a notario y a obras filantrópicas. Tuvo su primer auto en 1923, pero siempre prefirió los caballos.

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