Mauricio Pesutic, actor: "TVN asumió la lógica del mercado y eso no tiene que ver con su rol"

Autor: Isabel Plant

El ícono de las teleseries nacionales acaba de aterrizar en el área dramática de Mega, tras 22 años en el canal estatal.

“No te esperes grandes revelaciones, si yo no soy tan importante”, dice Mauricio Pesutic, frente a un café cortado. El actor, de 66 años, cuatro hijos, está tratando de bajarle el perfil a la conversación de hoy: la primera en que habla de televisión y de su vida, desde 1992. Enemigo de las entrevistas y de las grabadoras -“demórate todo lo que quieras en tomar notas”-, Pesutic sólo rompió su eterno silencio en 2010, para hablar brevemente de teatro. Pero hoy hay cosas que contar: este año hará su teleserie número 40, en su nuevo canal, Mega, hasta donde llegó en la grúa masiva de la directora María Eugenia Rencoret. “Después de tantos años, trece en Canal 13, 22 en TVN, no es poco. Es un cambio notable y notorio”, dice él, explicando el porqué está sentando aquí, ahora, en este mall, tomando café. 

Y esto es lo que se puede decir de Mauricio Pesutic: es un lector primero, luego un escritor, actor y dramaturgo. Puede citar a Brecht y a Borges, sin que por eso suene engreído; puede elogiar animadamente un programa de televisión, como también puede decir, sin el filtro de relaciones públicas y lugares comunes que muchas veces abundan en los de su gremio, lo que piensa de las teleseries hoy -nada muy bueno-, de su ex canal hoy -nada muy bueno-, del teatro chileno hoy -nada muy bueno. Mauricio Pesutic sabe de conversar, no de simplemente responder. 

Nacido en Punta Arenas, viene de una familia de clase media, descendiente de inmigrantes (madre española, de apellido Pérez). Quizás la historia que hay que resumir hoy comienza cuando se va a estudiar a Concepción. No actuación, no teatro: Ingeniería Matemática. 

“El estudiar matemáticas te hace ver y pensar en las cosas de una manera particular. En este medio, lo que campea es la intuición, pero a ratos echo de menos la racionalidad. Me acuerdo de la primera clase, y la primera frase del Doctor Del Canto: ‘En matemáticas la intuición no sirve para nada’. Pero en la creación es lo más importante”, recuerda Pesutic. Fue tras el cuarto año de carrera que decidió venir a Santiago y estudiar cine en la Escuela de Artes de la Comunicación de la Universidad Católica. Llegó a la capital a vivir a una casa compartida en Bellavista, ya sin la ayuda monetaria de su padre tras el cambio de rumbo, y es estudiando dirección de cine, que se dio cuenta de la necesidad de saber trabajar con actores. Y ahí entró a estudiar paralelamente Teatro. Y ahí, junto a Raúl Osorio, formó el Taller de Investigación Teatral, el TIT, y ahí nació la obra insigne, la que resucita una y otra vez con distinto elenco, la que fue llamada una especie de Esperando a Godot local: Los payasos de la esperanza (1977). “Yo entré al teatro recién a los 27 años”, dice Pesutic y resume: “Las cosas más importantes de la vida pasan sin que uno las busque”. 

¿Cómo era estudiar teatro en los 70 en Chile?

En términos creativos, era más fácil: se sabía en contra de quién estabas. La denuncia de las atrocidades. Operaba la autocensura, lo que te ayuda a generar códigos para poder decirlo, sin despertar alarma en los censores. El teatro siempre ha sido difícil, como cualquier creación. Critica algo, porque es una mirada sobre la vida. Sugiere algo. 

¿No tenía miedo?

¿Miedo de qué? Nunca me ha gustado el panfleto, así es que no eran así mis obras. 

¿No se entendía el mensaje anti dictadura, cree usted?

¡Si los milicos cachaban igual! Si te paras en el escenario y dices ¡Muerte a Pinochet!, te llevaban. Pero de la otra forma no podían, habría sido estúpido. Mira, si el teatro no hace la revolución. Quizás en tiempos de Brecht, cuando podía aportar a la discusión social. Pero hoy, con internet, con la televisión, el teatro no genera pensamiento y crítica. El teatro hoy no conquista. 

¿Cree entonces que la escena teatral hoy es muy plácida?

Es fome. Hay una tendencia a buscar la dramatización de la “vanguardia” extranjera. Y se ha dejado de hacer lo que se hacía en dictadura, con la aparición de nuevas formas de teatro que tenían que ver con nuestra realidad; Griffero, el Ictus, planteaban algo diferente, que tenía que ver con lo chileno. 

¿Y de los dramaturgos de hoy no se podría destacar a nadie?

Luis Barrales es muy bueno: ¿viste La mala clase? Y Allende, noche de septiembre, quedé impresionado con el texto. Y Guillermo Calderón (Neva), sin duda.

El señor de las teleseries

Pesutic entró a la televisión a actuar en el programa infantil El tío Alejandro, en 1979. Pero fue en 1982 cuando debutó en el género que lo ha hecho un hombre famoso, el de las teleseries, con un papel en Alguien por quién vivir, de Canal 13. Y en 1984 vino el rol quizás no más popular, sino el más culto, en la teleserie más de culto de la televisión chilena: Los títeres, de Sergio Vodanovic, donde interpretaba al periodista Néstor, el enamorado histórico de Artemisa (Claudia Di Girólamo). “Es la teleserie mejor escrita de la historia. La hizo Vodanovic solo, no como ahora, que son equipos de guionistas que se pasan escaletas y entre todos arman. Ahora, con excepciones, en una escena un parlamento lo puede decir un personaje u otro y la escena sigue tal cual. Ahí no, ahí cada personaje tenía un modo de hablar, una sicología, era una obra de teatro de 90 capítulos. Podías estudiar, profundizar. Yo le puse al personaje también. Néstor se mandaba un discurso en una escena, yo le puse de mi cosecha, diciendo que los periodistas estaban vendidos a los dueños de diarios, al sistema político; llegó carta de reclamos de las escuelas de periodismo al canal. Fue la única vez que he podido decir algo en una teleserie, tenía una mirada crítica sobre la realidad. 

Hay algo que le acomodó del género, para llevar 30 años haciendo una teleserie tras otra. 

Bueno, hay que vivir ¿no? Pero por sobre todo,  yo me entretengo mucho haciendo lo que hago. Como escribo, de repente le trato de meter a los personajes. Hay personajes “saco”, que le pones y pones lo tuyo. Y hay otros que son los de palo, de hueso. “El Chingao” (Amores de Mercado), por ejemplo; ese lenguaje le gustó a la gente, todavía me dicen “Chingao” en la calle. Muchos términos los saqué de un diccionario de coa carcelario de Vicuña Cifuentes, de 1910. El final lo escribí yo, me dejaron hacerlo. Al principio se suponía que lo tomaban unos tipos a los que les debía plata, le daban una paliza. Le dije a la Quena que el “Chingao” no podía terminar así. Vi hasta los planos, la línea del tren, el tren pasando, en la próxima toma él ya desaparece. Nadie sabe qué pasa al final con “El Chingao”, queda abierto. Me encanta igual el melodrama clásico, por ejemplo, Las mil y una noches la encuentro notable, la tradición de lo mexicano, de lo venezolano, es delicada, discreta. Hoy, muchas veces en la escritura de teleseries se confunde ritmo con velocidad. Se escriben escenas cada vez más cortas, sin desarrollo dramático. En Los títeres había escenas de tres páginas, cuatro y más páginas. 

La madrastra tiene escenas que duran un siglo… 

Es que Moya Grau se “iba al chancho” (se ríe). Pero volviendo a Las mil y una noches, no ves pechugas ni cama. No sé, te hace pensar si la gente no querrá ver cosas más recatadas. 

Pesutic llegó a TVN en 1992, para Trampas y caretas (“Me habían ofrecido irme antes, pero no quería, por los milicos”, explica). Llamó a Vicente Sabatini, se unió al área dramática, y luego de algunas teleseries, se pasó al equipo que supervisaba María Eugenia Rencoret. 

¿Por qué enganchó tan bien con Rencoret?

Porque me escuchaba mucho, con las inquietudes respecto de los personajes. Me ponía atención. 

¿Cree que con tanta opinión, puede ser considerado como un actor complicado?

¿Por qué complicado? Lo que pasa es que el que nace chicharra muere cantando. Como escribo, es casi de sentido común escénico hacer sugerencias y también ayudar a los compañeros. Pero trabajo bien, y soy bueno para el leseo en el set, no paro. Lo pasan bien los camarógrafos cuando estoy ahí. 

Entonces irse a Mega, su nuevo canal, ¿fue solo por seguir a María Eugenia Rencoret?

Por seguir a un equipo completo, con el que venía trabajando por 20 años. 

Con dos décadas en TVN, ¿cree que el canal cumple hoy con el rol estatal?

Siempre pensé que TVN debería preocuparse, más allá de cualquier cosa, de lo cultural. Y creo que no se preocupa casi nada. Asumió la lógica de mercado, y eso no tiene que ver con su rol, busca números azules a como dé lugar. No me parece bien.

¿Y cómo ha sido el aterrizaje en Mega?

Estamos recién empezando, hay un ambiente muy cálido. Yo nunca había trabajado aquí, son buenos los cambios. Va a ser una buena experiencia para todos, para el mercado. 

¿Pero cree que el mercado da para cuatro canales, con tres teleseries cada uno?

El medio no da, entonces hay que ver qué pasa. Lo que se va a imponer es la calidad, y finalmente, de eso se trata el trabajo que queremos hacer en Mega. Piensa igual, todos se acuerdan de Amores de mercado como el máximo peak de rating, pero no sé si era por el producto en sí. En ese entonces había menos cable y los niños y adolescentes no estaban tan ocupados como hoy. Era o teleseries o nada; hoy hay más opciones.

¿Y usted, ve televisión?

Veo muy poco, de vez en cuando los noticiarios y encuentro absurdo que duren una hora y media. Con 20 minutos basta y sobra, y el que quiere profundizar que vaya a la prensa escrita. La prensa amarilla y la prensa roja se han tomado nuestra televisión, y el mal gusto a la mayor parte de los programas de entretención, para no hablar de los de farándula. No hay noticias internacionales: Chile parece una isla. En fin, ya se sabe: la inteligencia tiene límites, la estupidez no.

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