Sylvia Earle: Criatura del mar

Bióloga marina, oceanógrafa, exploradora, la científica estadounidense ha dedicado su vida a la investigación y protección de los océanos. Con más de 80 años, sigue tan activa como siempre. Estuvo de visita en Chile para apoyar una petición de área marina protegida en Isla de Pascua y para el lanzamiento sobre el Cuarto Congreso Internacional de Áreas Marinas Protegidas (IMPAC4), que tendrá lugar en nuestro país en septiembre.

Entre los muchos superpoderes congregados en el gremio de los superhéroes, es probable que los menos añorados sean los de Aquaman. Pocos parecen menos asombrosos que su capacidad telepática para comunicarse con los seres del océano, al que se suman algunos otros, todos de adaptación submarina: puede respirar bajo el agua; tiene una dureza corporal que lo torna invulnerable a la alta presión y la baja temperatura; su oído funciona como un sonar para ubicarse en la oscuridad.

Pero si alguien alguna vez anheló esos dones, de seguro fue Sylvia Earle, lo más cercano a una versión femenina del paladín acuático. Nacida en 1935, Earle ha estado vinculada a los océanos desde niña y se ha sumergido en ellos para conocerlos y explorarlos. Como científica, es una botánica marina especialista en el estudio de las algas, y ha descubierto muchas especies. Como exploradora y oceanógrafa, ha sido una buzo dedicada y ha dirigido decenas de expediciones; más de una vez ha vivido bajo el mar: hacia la década del 70 formó parte del proyecto Tektite (dos semanas a 18 metros de profundidad en las Islas Vírgenes); casi diez años después, descendió hasta más de mil metros, en Hawái, marcando un récord de profundidad en inmersión en solitario. Fue la primera mujer en dirigir la NOAA (agencia atmosférica y marina de Estados Unidos), entre 1990 y 1992. El año 2009 fundó la iniciativa Mission Blue, que busca proteger y recuperar los mares por medio de la creación de áreas marinas protegidas, los “puntos de esperanza”, que, para el año 2020, resguarden el 10 por ciento de los océanos del mundo. En el documental Mission Blue (2014) se cuentan detalles de esta labor y de su vida.

Hace unos días Earle estuvo en Santiago. Venía a entregar su respaldo al trabajo de la Mesa del Mar (o Te Mau o Te Vaikva o Rapa Nui) para su petición de un área marina protegida en Isla de Pascua. Además, fue figura central en la ceremonia de lanzamiento del Cuarto Congreso Internacional de Áreas Marinas Protegidas (IMPAC4): las reuniones que cada cuatro años congregan a los actores más importantes en la conservación marina del mundo, el cual, este año 2017, se realizará en Chile, a comienzos de septiembre.

La conversación fue en suelo firme, aunque ella pronto iría al mar. Tal vez Earle, como Aquaman, se debilita si se queda en tierra mucho tiempo.

¿Cómo cree que se ve más bonito el mar: sobre o bajo la superficie?
Oh, es hermoso de principio a fin. Y es importante también. Tímidamente, ha empezado a ser más apreciado debajo de la superficie que lo que nunca fue antes. Ahora es posible llegar donde antes era imposible: la capacidad de bucear, el equipo de buceo autónomo, los submarinos. Aunque, por otra parte, incluso en los submarinos, sólo arañamos la superficie.

¿En serio?
Pocos submarinos se aventuran más allá de los 500 metros; muy pocos llegan a los seis mil metros de profundidad (algún submarino ruso, japonés o francés) o los siete mil metros (como hizo un submarino chino) y mucho menos a los 11 mil metros que alcanzan en sus zonas más profundas los océanos. Una gran cantidad de aviones, todos los aviones de líneas comerciales, vuelan a más de 10 mil metros de altura. En cierta forma estamos como en los “comienzos de la aviación” respecto de las profundidades marinas. Recién empezamos a hacer en el océano lo que hemos hecho en el cielo.

Usted fue una de las primeras personas en probar el buceo autónomo en los Estados Unidos. ¿Cómo fue eso?
Antes de practicar el buceo autónomo tuve la oportunidad de bucear con una escafandra de cobre. Éramos vecinos de un buzo recolector de esponjas de mar en el Golfo de México. El hijo de este buzo y mi hermano mayor tomaban prestado el equipo y pude probar con ellos el respirar bajo del agua. Al año siguiente estaba en una clase de biología y el profesor tenía uno de los dos primeros tanques de aire para buceo en Estados Unidos, de manera que pude sumergirme, después de dos horas de instrucción que instaba a respirar “naturalmente”. Así lo hice y continuó respirando naturalmente. Después de miles de horas de buceo submarino y de haber vivido bajo el agua varias veces, aún recuerdo ese primer hálito bajo el agua: fue un buen comienzo y todavía no termina.

En su libro The World is Blue escribió: “Todo el mundo, en todas partes, está inextricablemente conectado y depende totalmente de la existencia del mar”. ¿Es así?
No tendríamos la Tierra, como planeta, sin los oceános. Estaríamos como en Marte, un lugar no muy amigable para los humanos. Mucho del oxígeno de nuestra atmósfera proviene de los organismos del océano. Por supuesto que otros organismos en tierra son importantes, como los bosques. Pero si se quitan los océanos, se quitan las condiciones de sustento de nuestro sistema vital. De manera que todos somos criaturas del mar. Necesitamos el océano tanto como un pez o una ballena.

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¿Ve alguna diferencia entre su labor científica y como activista?
No me veo a mí misma como una activista. Soy una científica que comunica el estado del mundo con la mejor información que puedo encontrar, no sólo a mis colegas, sino a cualquiera que quiera oírlo. Es la evidencia que he tenido el privilegio de ver durante los muchos años que me he internado en el mar. Sólo estoy compartiendo lo que he visto. La gente decidirá lo que decidirá, pero se toman mejores decisiones si se conocen los hechos, la evidencia.

¿Cuál es el principal concepto errado que tenemos sobre los océanos?
Yo creo que es la ampliamente extendida creencia de que el océano es demasiado grande para echarse a perder, que nada que los seres humanos puedan sacar o poner en él lo afectará demasiado. Así, creen que no hay de qué preocuparse respecto del océano, mucha gente ni siquiera lo ha visto o lo ha tocado nunca, de manera que no están conscientes de que el océano sí los toca a ellos, en cada respiración que hacen, en cada gota de agua que beben, están absolutamente conectados con el océano.

¿Está el mar realmente en peligro?
El mar, y todo el mundo, está verdaderamente afectado por la actividad humana de formas que socavan la manera en que el mundo funciona a nuestro favor. Necesitamos entender que los patrones de los ciclos del agua, del oxígeno, del carbono, que la química del planeta mismo está configurada por la propia vida. Los científicos llaman a esto la “bio-geo-química” que hace del planeta un lugar habitable para los humanos. Otras formas de vida no necesitan esto que nosotros damos por descontado. Llegamos a un planeta que estaba bien para nosotros y lo estuvo por un muy largo tiempo, no deberíamos, en unas pocas décadas, alterarlo en nuestra contra.

¿A eso responde la idea de crear “puntos de esperanza”?
Sí, son espacios con una importancia aumentada y si están protegidos, podrán tener una mayor resistencia. Hasta el siglo XX la capacidad del ser humano de modificar el paisaje y el océano era mucho menor que lo que la tecnología actual permite. Ahora es posible hacer en pocos días lo que antes tomaba meses o años. Así, la deforestación, la pérdida de humedales, los estragos en las áreas costeras, tenemos un potencial destructivo a una escala que nunca tuvimos antes. La población mundial ha crecido a una escala también sin precedentes y la ocupación gradual y para nada inocua de la humanidad sobre la tierra también se ha producido en el mar.

¿Cuáles son actualmente las políticas más importantes para preservar los océanos?
Para solucionar los problemas es útil saber cuáles son los problemas. Sabemos que los océanos y el planeta están calentándose, al quemar combustibles fósiles en exceso. Y esto tiene consecuencias: estamos afectando dramáticamente nuestro medio ambiente e interfiriendo en los ciclos naturales. Estamos alterando la naturaleza de la naturaleza. Ponemos material tóxico no sólo en la atmósfera sino también en los océanos, acidificándolos. Sabemos las causas del calentamiento y la acidificación. Esa sería una primera política: usar otras formas de obtener energía, a través del viento o a través del sol. Otra, sería la protección de la fauna del océano: reducir la presión de la pesca comercial que no sólo afecta a los peces que se buscan, sino a otros seres (peces, aves, mamíferos y tortugas). Por último, sería importante considerar la descarga de residuos en el mar.

¿Hay mucha basura en el mar?
Los residuos que va dejando el hombre, básicamente plástico, son sorprendentes: kilómetros de redes descartadas, botellas, vasos, etc. He visto por mí misma, en el fondo del mar, tazas, cucharas, zapatos viejos, bolsas. Un artista de mi país, Jackson Browne, señala en una canción: “Dicen que nada dura para siempre / pero todo el plástico que se ha hecho aún está aquí”. Y está aquí. Es un gran trabajo reparar el daño causado en unas pocas décadas (el plástico hizo su mayor aparición en la vida diaria hacia la década de los sesenta). No hay nada inherentemente malo en el plástico, pero debemos desarrollar la actitud de usarlo más de una vez y no de usar y botar.

¿El consumo humano de pescado afecta a los océanos?
El océano es tan grande que se supone que nuestro consumo no tendría mucho impacto en la vida del mar, pero sí lo podemos dañar, a medida que se desarrollan nuevos mecanismos de localización, captura y, sobre todo, comercialización de los productos marinos a nivel global. Es un problema de escala. Cuando yo era niña el pescado sólo se comercializaba a nivel local, el mercado funcionaba localmente, pero hoy en día se pueden encontrar productos en el mercado del otro lado del planeta. En Estados Unidos se importa la mayor parte de la vida marina que se consume. Algunas de las especies favoritas introducidas, como la tilapia o la carpa, crecen rápido, comen plancton, son muy “eficientes” (a veces se consideran una amenaza para el ecosistema dada a su predilección por el sustrato vegetal que sirve de alimento a otras especies), pero hay otros peces a los que les toma decenas de años llegar a la madurez, como un atún o una ballena.

Suele mencionarse el “róbalo chileno” como una delicadeza culinaria…
Es un nombre de marketing, no pertenece a la familia del róbalo; la idea es sugerir que si algo viene de tan lejos como Chile, debe ser bueno. Lo mismo ocurre con el llamado “reloj anaranjado”, que en la literatura científica se llama “cabeza de baba”: el mercado sabe que con ese nombre nadie lo comería y debe buscarle uno más lindo. A decir verdad, nadie lo comía antes de la década de los 80, cuando empezó a ser capturado. De ahí nació todo un mercado, es decir, alguien hace un negocio tomando la vida de especies del mar profundo, sin conocer nada de ellas, ni cuánto tiempo les toma llegar a la edad madura para reproducirse: al “róbalo chileno” le toma cerca de 20 años, al “reloj anaranjado” incluso más tiempo, 25 o 30 años; hay algunos, como el tiburón de aguas profundas que vive unos 400 años y no está maduro para reproducirse antes de 80 años. Es, quizá, un precio muy alto por degustar un pedazo de carne.

Uno de sus primeros artículos académicos sobre un alga nueva en las Islas de Juan Fernández…
Hummbrella, sí, la nombré en honor a un profesor mío.

Decía que buceó allí en 1965. ¿Fue la primera vez en el país?
Si, fue mi primera vez en Chile. Volví en 1968 y gracias a un buen amigo, Patricio Sánchez, pude recorrer también parte de la Patagonia. Y luego he venido muchas veces. Ha sido muy inspirador para mí porque la costa de Chile me recuerda a la de California, pero California cien años atrás. Chile tenía, y aún tiene, grandes puntos de interés natural y de gran hermosura. Chile, como país, es un gran punto de esperanza, si se mantienen sus condiciones y se reparan y evitan daños. Mañana viajo hacia otro hermoso punto de esperanza, la Isla de Pascua, espero reunirme con los rapa nui y escuchar de ellos sobre su pasado, presente y futuro; los isleños siempre viven más en contacto y camaradería con el mundo natural que los rodea.

¿Todavía bucea?
Por supuesto. Todavía respiro. Y espero bucear apenas llegue a Isla de Pascua.

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