A dos años del estallido



SEÑOR DIRECTOR

Este 18 de octubre se cumplen dos años del llamado estallido social. Desde el punto de vista del territorio y de las ciudades, sin analizar sus causas, tenemos un país con heridas físicas sin cicatrizar como consecuencia. Lo sucedido es como una enfermedad autoinmune, en que un organismo se ataca a sí mismo: hay un mal, una falla de funcionamiento y el ser se autoagrede. Los ataques al territorio han producido daños irreparables y heridas imborrables.

En Santiago, su corazón vial se atacó hasta dejarlo desolado. Se destruyeron estaciones del Metro, edificios notables y patrimoniales se quemaron y redujeron a escombros, la piel de los edificios se rayó hasta dejarla irreconocible.

Es entendible que haya descontento en parte de la población y que se manifieste para darlo a conocer; pero destruir la propia ciudad es incomprensible.

La ciudad es el hábitat de todos sus habitantes. La calidad urbana influye directamente en la calidad de vida de su población. Romperla, degradarla, quemarla, llenarla de basura denota una enfermedad de la sociedad.

Visto desde la arquitectura, deriva en una peor calidad de vida, especialmente de los más vulnerables, donde la propia ciudad es el lugar de esparcimiento y de desahogo que no tienen en sus hogares. Llama la atención que, más allá de las carencias y problemas, no haya ningún cariño por una ciudad que es nuestra, nos representa y ha tomado varios siglos y enorme esfuerzo en construir.

Hay que buscar el remedio del amor por nuestro país y su naturaleza, su cultura, su historia, sus ciudades y su patrimonio. Nadie, cuando comprenda que todos estos bienes son para su bienestar, debiera atacarlos en desmedro de sí mismo.

José Domingo Peñafiel

Miembro de la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA)

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