Agresiones en espacios universitarios
Esta semana vimos la indignante agresión a la ministra Ximena Lincolao en la Universidad Austral. Junto con ello, múltiples muestras de rechazo a la violencia -ejercida por un grupo de estudiantes-, reflejan que hoy no hay margen para estos hechos. Algo elemental, que sonaba a disparate en la época de gloria del estallido y el llamado “octubrismo”.
Además, la víctima de esta lamentable situación es nada más ni nada menos que la primera ministra de origen mapuche de nuestra historia, lo que resulta aún más paradójico. Este tipo de hechos no es nuevo, el propio Presidente Kast sufrió situaciones similares en algunas universidades en el norte de nuestro país, por lo que es tiempo de decir basta.
Probablemente sigamos escuchando múltiples lamentos de sectores de la hoy oposición, pero que hasta hace poco evitaban condenar este tipo de prácticas tan comunes en algunos campus universitarios. Lo ocurrido no puede entenderse como un hecho aislado: las universidades son un lugar donde debiese primar el debate de ideas y el pluralismo se ejerza dentro de los parámetros de una democracia, situación que el ataque a la ministra invalida de un plumazo.
Lo visto en la Universidad Austral se asemeja más al comportamiento de fanáticos que a la necesaria deliberación política. Junto con ello, que dicha acción nociva sea ejercida por estudiantes y jóvenes, lo hace aún más lamentable.
Dicho esto, resulta interesante ahondar en una dimensión poco atendida de este tipo de situaciones que cada vez son más comunes en algunas universidades públicas: la articulación política que hay detrás. A medida que se conocen los sucesos, podemos ver que la “manifestación” no fue algo fortuito, sino que aparecen los grupos sobre ideologizados que habían bajado sus lienzos durante casi cuatro años a la espera de un objetivo que contraviniera sus demandas o posturas políticas. ¿Qué nos muestra ello? Que nunca hubo luna de miel posible y que ni la sal ni el agua recibirá la administración Kast de parte de dichos sectores.
Si en 2011 el movimiento estudiantil tuvo a los tumbos al primer gobierno del Presidente Piñera, el 2019 fueron múltiples “actores sociales” con una agenda política que contribuyeron a presionar a un gobierno que no logró sobreponerse a la crisis que enfrentaba.
El hilo conductor resulta evidente, una izquierda articulada y una centroderecha a la que le sobra técnica, pero le falta política. Por el lado de quienes queremos que esto cambie, solo hay un elemento positivo que se puede sacar de este indignante episodio: es tiempo de contribuir a la articulación de movimientos políticos en las universidades y decir basta a la flojera de la derecha en estos espacios.
Quienes adscriben a dicho sector político se restan de desafíos de formación de cuadros, reclutar nuevos militantes y transmitir testimonios en lugares adversos como las universidades públicas, sindicatos o distintos lugares donde una acción política bien entendida puede contribuir a trazar horizontes y metas comunes entre los distintos actores.
Por Hugo Jofré, investigador Instituto Libertad
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