Agua que no has de beber...
Déjala correr, dice el refrán. Pero en materia urbana debe ser justo lo contrario: mientras más agua contengamos y absorbamos en su origen (donde cae), menos correrá por las calles contaminándose, colmatando sumideros, saturando los colectores y generando estragos aguas abajo.
Santiago resistió los últimos temporales mejor de lo que esperábamos, y no fue solo suerte porque la isoterma 0º estuvo baja, sino también porque fuimos previsores. Desde 2004 el MOP ha implementado un Plan Maestro de Aguas Lluvias que ha ido construyendo, en silencio, una ciudad más resiliente. Buena parte de esa red se levantó con recursos públicos o aprovechando las concesiones viales: el anillo Américo Vespucio incorporó colectores interceptores que hoy alivian los anegamientos crónicos del norte y el sur de la capital. A ello se sumaron las piscinas de disipación de energía y decantación de la quebrada de Macul, los parques inundables Víctor Jara en el Zanjón de la Aguada y la Hondonada en Pudahuel. Y también obras realizadas por las empresas sanitarias como el colector interceptor del Mapocho o las piscinas de reserva de agua potable en Pirque, que aseguran suministro por varios días en caso de turbiedad en el río Maipo.
Pero el último temporal mostró una realidad más compleja: las obras bien planificadas funcionan, y ante los efectos del cambio climático deben ser prioritarias, incluso en ciudades donde no era evidente como en el norte de Chile.
Volviendo a Santiago, el problema es que esta protección aún está distribuida de manera desigual. Maipú, La Cisterna y otras comunas del sur-poniente, ubicadas en los puntos más bajos de la cuenca, siguen recibiendo el excedente de agua que escurre desde sectores más protegidos. Completar allí la red de colectores debiera ser prioridad. Pero limitarse a construir tuberías sería repetir la lógica del siglo pasado: sacar el agua de nuestra vista y trasladar el problema aguas abajo.
Aquí es donde los nuevos paradigmas de soluciones basadas en la naturaleza, o ciudades esponja, permiten una infraestructura más resiliente cuyos beneficios van más allá del daño evitado. Esta transformación puede corregir otra emergencia: la desigualdad urbana. Los barrios con menor bienestar territorial tienen menos áreas verdes, mayores temperaturas en verano y peores espacios públicos. Los colectores urbanos abiertos y parques inundables; plazas, platabandas, antejardines, estacionamientos y terrenos eriazos pueden incorporar pavimentos permeables, jardines de lluvia, microhumedales y arbolado que no solo generan una red de intervenciones capaces de reducir escorrentías, evitar la saturación de sumideros y recuperar humedad para los meses secos; sino también aumentar la masa arbórea y áreas verdes de esas comunas, reducir el efecto isla de calor y recuperar el mosaico ecológico urbano.
Programas como Bosques de Bolsillo del GORE o Eriazo Cero del Minvu van por ese camino: infraestructura social, climática e hidráulica. Un sitio abandonado convertido en parque puede infiltrar agua, aumentar biodiversidad, capturar carbono y devolver seguridad y encuentro a una comunidad. Lo que decidamos en la próxima década sobre cada plaza, cada antejardín y cada sitio eriazo definirá si la próxima lluvia nos encuentra preparados. El agua que no hemos de beber no debiéramos dejarla correr: hay que retenerla, infiltrarla y activarla en beneficio de todos.
Por Pablo Allard, decano Facultad de Arquitectura UDD
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