Apocalipsis ahora
Existen dos versiones sobre cómo fue que Pedro Lemebel y Francisco Casas eligieron el nombre “Yeguas del Apocalipsis” para la dupla que formaron y que los instalaría en la historia de las artes visuales. Lemebel contaba que se les ocurrió durante una Semana Santa de 1987 después de ver alguna película peplum, tipo “Ben Hur” o “El manto sagrado”, que les dio la idea de un nombre con reminiscencias bíblicas. Casas, por su parte, explicaba que el bautizo ocurrió durante una resaca después de una noche de fiesta. Habrían estado conversando sobre el sida, epidemia considerada por alguna nota de prensa como uno de los cuatro jinetes del apocalipsis, es decir, una señal de destrucción a gran escala. Del modo que fuera, el nombre escogido involucraba la idea de un cambio de época que Lemebel y Casas estaban empeñados en anunciar bailando sobre vidrios rotos, recitando los nombres de los detenidos desaparecidos en una oscura habitación subterránea, cabalgando desnudos sobre una yegua vieja o dibujando con fuego estrellas de neoprén en la vereda. Cada acción de arte era el anuncio caótico de un final inminente, una revelación profética encarnada por dos artistas marginales con vocación para el escándalo.
El martes pasado el Museo de Bellas Artes inauguró “Desbocadas”, una retrospectiva de la obra efímera de la dupla que sacó las performances de las galerías de arte y los teatros para llevarlas a las fiestas y la calle. La inauguración fue ante un público incondicional que repletó el salón central del museo. Francisco Casas, la yegua sobreviviente, fue ovacionado y respondió saludando a la distancia como su alter ego Dolores del Río lo hubiera hecho (la yegua ausente era María Félix). Casas vistió un camisón con la imagen de Lemebel caracterizado como la Virgen del Carmen, un acto de veneración insolente y piadosa del cronista cuya madre era devota de esa advocación mariana. La muestra -que estará abierta hasta abril- es un reconocimiento de la institución que ocurre 35 años después de que el mismo museo censurara el video “Casa particular”, de Gloria Camiruaga, en el que Las Yeguas del Apocalipsis participaron, cancelando también la performance programada por Casas y Lemebel para acompañarlo. Era 1990, la democracia había regresado, pero la libertad de expresión permanecía en una cuarentena, desafiada de cuando en cuando por artistas para los que no había fondos concursables, ni institucionalidad alguna de apoyo. Las Yeguas eran parte de una generación de artistas, escritores, críticos, actores y actrices -algunos de ellos presentes esa tarde- que padecieron la dictadura y que entendían muy bien que su trabajo era tan inútil como para llevarlo a cabo como si se tratara de una labor que marcaba la diferencia entre la vida y la muerte. Finalizada la Guerra Fría, las condiciones cambiaron, la dictadura terminó, hubo derrumbes de utopías, desengaños y un espejismo de bienestar global levantado sobre el capital y el consumo.
Ahora vivimos en medio de un nuevo apocalipsis, ya lo ha estado anunciando Donald Trump cada vez que apoya y respalda las operaciones de una policía migratoria que caza personas a diestra y siniestra por la nación campeona de la libertad; cada vez que amenaza con arrebatarle Groenlandia a Dinamarca y que propone reemplazar la ONU por una Junta Internacional de la Paz encabezada por él y formada por sus incondicionales. El fin del viejo orden es lo que estamos viviendo, advirtió esta semana Mark Carney, el primer ministro de Canadá en su discurso en el Foro Económico de Davos. Tal como en la novela “El orden del día”, del francés Éric Vuillard, el relato que recrea las reuniones y cócteles que encaminaron a las potencias a la Segunda Guerra Mundial, es evidente que en este momento hay quienes están firmando acuerdos y sellando compromisos que nos arrastrarán a todos a una época distinta: lo usual es que solo algunos sean beneficiados, mientras muchos más serán sacrificados. Ese es el escenario que esbozaba el primer ministro canadiense, quien dijo una frase especialmente significativa para las naciones pequeñas como la nuestra: “El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”.
El retorno de Lemebel y Casas al museo por la puerta ancha puede interpretarse, siguiendo el curso de su propia historia, como el anuncio de otro cambio de época para nuestro país, uno para el que no ha habido profetas a la altura de aquel par de locas ochenteras que supo apuntar a la herida y dibujar la cicatriz.
Lo que ha caracterizado el último lustro ha sido una resignación anémica de los circuitos culturales, un regurgitar de viejas fórmulas en diversos formatos con obras que llevan a escena consignas para convocar a quienes de todos modos acudirán al llamado. La rebeldía cultural se refugió en los últimos años en un oficialismo inánime que no abrió ningún camino ni impulsó ningún cambio más allá de quienes, en provecho propio, resolvieron la ecuación imposible entre exigirle solidaridad al pueblo, y ejercer la más mezquina de las individualidades puertas adentro. Esa particular manera de asumir la creación artística, cultivada en conferencias y cócteles de gestión cultural, ya comenzó a vivir su propia resaca, pero dudo que quienes la padecen hoy cuenten con la imaginación y la energía para enfrentar con honestidad lo que se viene: la rudeza de un gobierno electo que hará recortes presupuestarios y cuyos simpatizantes prometen batallas culturales. En alguna parte deben estar los artistas encargados de tomar la posta de las Yeguas y dar cuenta de este nuevo apocalipsis. Quizás ya estén haciéndolo en algún lugar lejos del museo y de los cócteles, a distancia del poder político y a contracorriente de las consignas que tantos repetían cuando la rebeldía, más que alimentarse de pensamiento crítico, se nutría de fotos en Instagram y de la satisfacción de estar a la altura de la moda.
Lo último
Lo más leído
Plan digital + LT Beneficios por 3 meses
Comienza el año bien informado y con beneficios para ti ⭐️$3.990/mes SUSCRÍBETE