Bastardo sin gloria




El cáncer imaginario del constituyente de la Lista del Pueblo Rodrigo Rojas Vade es un vivo retrato, una cuasi alegoría de nuestra idiosincrasia nacional, en la que las mentiras se propagan con la misma facilidad que su ahora conocida enfermedad venérea.

Su mendaz acto performativo lejos de ser una excepción confirma la regla. ¿O alguien acaso olvida la herida autoinferida por otro Rojas, el “condor”, gran arquero chileno que arruinó su carrera al simular ser alcanzado por una bengala en el estadio Maracaná para evitar una derrota de Chile? Tampoco se puede olvidar la falacia de Gemita Bueno en el llamado Caso Spiniak quien, inducida entre otros por un sacerdote, fingió ser víctima de una agresión sexual por parte de un fallecido senador en una oscura trama política.

Pero no hace falta remontarse a episodios antiguos. Nuestra memoria es frágil y selectiva al extremo de obviar que la teatralización de la mentira por parte Rojas Vade fue una práctica reiterada en el contexto de la violencia delictual de octubre de 2019. Muestras hubo muchas, pero paradigmático fue el caso del falso centro de torturas en la estación Metro Baquedano.

La mentira en Chile es consuetudinaria. Ser o asumir el rol de víctima suma. Es un escudo protector que distorsiona o impide cualquier cuestionamiento a los hechos pues nos provoca una suerte de hipnosis o sugestión colectiva. Como es evidente, quienes se esconden detrás de las mentiras se sienten en control y superiores, pues en alguna medida la aceptación de ellas implica una gratificación narcisista, al poder manipular a quienes los idealizan (Meltzer). La mentira pervierte entonces toda relación política que a partir de ella se erige.

De allí la condición bastarda de estos hijos de “Plaza Dignidad”. A la violencia como vicio de origen de una nueva Constitución ahora suman el fraude, la mentira e ignominia, que enlodan la legitimidad del órgano constituyente.

El “pelao Vade” con su plurinacional mascarilla y falso catéter, propios de la nueva estética y moral que algunos quieren imponer, nos recuerda al personaje Edmund de Gloucester en la tragedia de Shakespeare, El rey Lear. Es el “hijo natural”, sin escrúpulos, dispuesto al asalto de la ambición desenfrenada. Como consigna su monólogo inicial: “Tú, naturaleza, eres mi diosa; mis servicios están obligados a tu ley. ¿Por qué habría de permanecer en la peste de la convención y permitir que la mezquindad de las naciones me prive de lo mío solo porque esté rezagado respecto a un hermano unas doce o catorce lunas?¿Por qué bastardo?” (Acto I, escena 2).

En palabras de Peter Sloterdijk, la luz del egoísmo confeso, se rompe en un amplio espectro de colores existenciales en los que el individuo se presenta como su propio maquillador. Episodios como los de Rojas Vade así lo demuestran.

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